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El precio de la libertad informativa: articulismo satírico y prisión de Jovellanos

Escrito por: David Felipe Arranz
Noviembre - Diciembre 2011

Vivimos tiempos de reformas necesarias en el mundo educativo que nunca terminan de planificarse de la forma más adecuada y nunca está de más echar la vista atrás y conocer las soluciones que, para atajar la ignorancia, pusieron en marcha los pensadores de tiempos no tan pretéritos en los periódicos y memoriales de su tiempo e inspirarnos en ellos, en los ilustrados que lucharon por una España más moderna y avanzada. Entre estas figuras, destacó por encima de todas la de Jovellanos, de quien conmemoramos doscientos años de su muerte, ocurrida el 27 de noviembre de 1811 en Puerto de Vega (Asturias), tras padecer una flegmasía pulmonar.

La Escuela de Salamanca, la mejor formación para la sátira periodística

Durante el último tercio del siglo XVIII en España, el agustino fray Diego Tadeo González, –Delio para las letras– (1732-1794) impulsó un movimiento para restaurar la poesía lírica española, tomando como modelo a fray Luis de León. Se llamó Escuela de Salamanca o Escuela poética salmantina. Su modelo educativo, extraordinariamente revolucionario, pasaba por la creación de un Parnaso salmantino, una Arcadia agustiniana… de forma tan fidedigna, que fray Diego adoptó el seudónimo ya citado de Delio y sus dos discípulos, los padres Juan Fernández de Rojas y Andrés del Corral, los nombres de Liseno y Andrenio. Fernández de Rojas fue precisamente el que salvó del fuego las poesías de su maestro, que encargó las quemase junto a sus papeles, y destacó como escritor satírico contra el entusiasmo enciclopedista y el ultraclasicismo.

Es en este punto del crecimiento de la Escuela cuando hace su aparición en escena Jovellanos, que adoptó el alias Jovino para comunicarse con los acólitos del movimiento. El padre Miguel de Miras (Mireo), amigo fraterno del padre Diego González y lazo de unión entre los grupos literarios de Sevilla y Salamanca, puso en contacto con el círculo lírico al gijonés Jovellanos (1744-1811), que ya había escrito la tragedia Pelayo en 1769 y estrenado El delincuente honrado en 1774, se entregaba a la creación de poemas líricos y acababa de traducir el canto primero del Paraíso perdido de Milton. Jovellanos, que por entonces era alcalde del crimen y después oidor de la Real Audiencia de Sevilla, se había enamorado de Enarda (la dama Engracia Gracia Olavide) y frecuentaba la tertulia del intendente peruano Pablo de Olavide, su primo. Enarda colaboraba con Jovellanos en las representaciones teatrales que se celebraban en la tertulia del Alcázar de Sevilla. Pronto Jovellanos se convirtió en una influencia para el grupo salmantino de los jóvenes poetas, al punto de dedicarles una de las epístolas en verso más sustanciosas y controvertidas de su tiempo. En la “Epístola de Jovino a sus amigos de Salamanca” les invita a abandonar la feble y amanerada lira; el artificioso, falso y convencional caramillo pastoril, para empuñar un plectro más sonoro, propio de personas graves y constituidas en dignidad.

Lo cierto es que la Escuela salmantina, pese a las bienintencionadas propuestas de Jovellanos, tuvo un ascendente poderoso en el ambiente literario sevillano, en la citada tertulia de Olavide, a la que asistían también Vaca de Guzmán y Trigueros. Tras ser nombrado alcalde de casa y corte, se trasladó a Madrid en 1778, se reunió de nuevo con Enarda con la que mantuvo una apasionado romance y en 1781 inició sus relaciones con Alcmena, con la que tuvo un hijo. Al año siguiente ya estaba en León y después en Gijón, donde leyó el discurso sobre la necesidad de establecer en Asturias la enseñanza de las ciencias útiles. También el periodismo atrajo a Jovino, que publicó a partir de 1786 en El Censor la “Primera” y “Segunda sátira a Arnesto”. En ellas Jovellanos se atrevió a dirigirse a la Justicia y a increparla por dejarse sobornar por la alta sociedad, mientras mueve su brazo con crueldad “contra las tristes víctimas, que arrastra / la desnudez o el desamparado al vicio; / contra la débil huérfana, del hambre / y del oro acosada, o al halago, / la seducción y el tierno amor rendida”. A Jovellanos le molestaba especialmente de la vieja justicia el que aceptase la distinción de clases ante la ley. El lujo, el gasto superfluo al que no era capaz de saciar ni toda la riqueza de América, incapaz de dar satisfacción al “hidrópico deseo” y a la “ansiosa sed de vanidad y pompa”. Arremete implacable contra la mala educación de la nobleza aplebeyada, analfabeta y degenerada que se da al barato, a los majos y alfeñiques, que hace de los besos una vil y torpe mercancía, dejando intuir los nombres de las familias que practicaban este dispendio, como el del marqués de Torrecuéllar, hombre conservador de gran influencia. Otra de sus más sonadas sátiras, “Contra la tiranía de los maridos”, esta vez en defensa de la mujer, se publicó en el Diario de Madrid, en dos partes, los días 16 y 17 de enero de 1798 bajo la firma inconfundible de J. Ll., que utilizaba en su epistolario más personal. No sentó nada bien a la sociedad dieciochesca el que Jovellanos pidiese unas leyes que le reconociesen a la mujer un estatus de igualdad con respecto al marido, la igualdad de derechos y deberes entre los casados, un verdadero avance para la atrasada España de finales del siglo XVIII… y un valiente escrito. Según la sátira, tan adúltera puede ser la mujer como el hombre, a pesar de la ridícula idea de la honra que aún prevalecía, de la que se ríe Jovellanos y para la cual el adulterio del marido carecía de importancia frente al de su esposa, que sólo se podía subsanar con sangre.

Las polémicas en periódicos de la época eran frecuentes; baste recordar, por ejemplo, la que desató la publicación de los tomos del Teatro crítico de Feijoo, el estado de la ciencia española o la tortura como medio de arrancar la confesión al reo y de las que habitualmente El Censor se hacía eco. Por ejemplo, Vicente García de la Huerta comenzó a denostar a Lope de Vega y al propio Cervantes, desatando hasta su muerte, en 1787, todo tipo de reacciones viscerales en la Gaceta de Madrid, entre las que destacan dos romances burlescos de Jovellanos: la “Primera” y “Segunda parte del romance de Antioro”, redactados al estilo de los romances de ciegos y en los que arremetía contra los usos y costumbres de la España del Príncipe de la Paz: a Forner le faltó tiempo para imprimirlos en sus propias obras y dárselos a Godoy. Poco después, escribió contra Forner mediante un lenguaje completamente caricaturesco, ridiculizando a los nuevos caballeros andantes, ganándose así una legión de enemigos: “Romance de Polifemo el Brujo”. También tomó partido en la polémica por la ciencia española, ante el ataque foráneo de Masson de Morvilliers en el artículo “Espagne” publicado en la Nouvelle Encyclopédie. Jovellanos desde la sombra del seudónimo a través de El Censor –el grupo ilustrado– y Forner adulando oficialmente y en todo momento a Godoy, a Floridablanca y a sus políticas culturales –como en la sonrojante “Oración apologética por la España y su mérito literario”– se enfrentaron en una dura lucha en la que se averiguó que Jovellanos era coautor de las diatribas contra el Gobierno... a pesar de sus buenas intenciones patrióticas y reformistas.

Los destierros interminables de un hombre incómodo

Jovellanos fue un pensador polifacético que cultivó varios géneros literarios y que no fue ajeno al dolor de un país que se veía envuelto en el atavismo secular de una ignorancia de la que no quería salir, alimentada por sus dirigentes políticos. Sus principales obras van desde el ensayo de economía, política, agricultura, minería o filosofía al costumbrismo, producidas siempre en las circunstancias más incómodas y peripatéticas. Fue Jovellanos un reformista ilustrado y, como tal, visitó todos los formatos y llegó a incomodar con toda lógica a un sector del Poder. Tras ser nombrado académico de la Historia, de la Española y Consejero de órdenes, fue enviado a Asturias tras la muerte de Carlos III por su amistad con Francisco Cabarrús, organizador del Banco de San Carlos, con el pretexto de que informara acerca de las minas de carbón, destierro disimulado que duró desde el 28 de noviembre de 1789 a 1797. Se había encarcelado a Cabarrús, acusado de malversación de fondos en el citado Banco de San Carlos y Jovellanos perdió a uno de sus grandes valedores. 

Sin embargo, en 1791 remitió a Madrid la mayor parte de sus informes mineros, en los que reclama la creación de un instituto en el que se enseñen las matemáticas y las ciencias naturales, algo que ya había propuesto al rey en 1789. Sus numerosos enemigos aprovecharon su exilio encubierto para incoar un expediente inquisitorial contra el Informe en el expediente de ley agraria hasta que logran suspenderlo. A pesar de todo y por sus espléndidos trabajos reformistas, en 1797 recibió el nombramiento de ministro de Gracia y Justicia y, recién llegado a El Escorial para tomar posesión de su cargo, en la Navidad de ese año sus envidiosos opositores intentaron envenenarlo. Al año siguiente cesó como ministro y se le nombró consejero de Estado, pero sus rivales, que no descansaron mientras Jovino redactaba confiado memoriales y discursos, consiguieron que fuese arrestado en su casa de Gijón por el regente Andrés Lasaúca –a instancias del ministro José Antonio Caballero– en 1801, conducido a Barcelona y enviado a Mallorca. La base de la acusación, que era muy débil, se impuso a toda razón: se aseguraba que Jovellanos, que era alférez mayor de Gijón, había pretendido alguna distinción y preferencia que no le correspondía en los actos públicos de procesiones y funciones eclesiásticas y cierto altercado con un diputado. Uno de sus contemporáneos, Andrés Muriel, atribuyó aquella persecución a Godoy y a la propia reina, que nada hicieron por poner fin a un aislamiento que fue endureciéndose paulatinamente y que duró siete años, según cuenta Manuel Álvarez- Valdés y Valdés en Jovellanos: enigmas y certezas (Gijón, 2002). Hoy disponemos de cartas enviadas por el avieso Godoy a los reyes en los que les indispone injustamente contra Jovellanos o Meléndez Valdés y donde habla de enemigos que no deben existir, complot y pruebas de manejos. Caballero y Godoy llegaron al extremo de confinarlo en el castillo de Bellver, con orden rigurosa de aislamiento y prohibición de disponer hasta de instrumentos para escribir. Allí enfermó de una parótida que tuvieron que operarle y, más tarde de cataratas; y sólo a finales de 1804 los rigores de la prisión se suavizaron porque la guardia simpatizó con el prisionero, que pudo entonces escribir las Memorias histórico- artísticas de arquitectura, que terminó en 1807.

Con la abdicación de Carlos IV, subió al trono Fernando VII en 1808 y se le concedió la libertad a Jovellanos en pleno inicio de la guerra de la Independencia. El Gran Duque de Berg, Joaquín Murat, cuñado de Napoleón, le ordenó que se presentase en la corte, a donde acudió para rechazar varios cargos, entre ellos el de ministro del rey José. La Junta de Asturias le nombró entonces representante para la Junta Central y allí desempeñó trabajos relacionados con la presidencia de la comisión preparatoria de la convocatoria de Cortes. La Junta Central entregó finalmente el poder a la Regencia y Jovellanos se trasladó desde Cádiz primero a Galicia, donde se vio obligado a permanecer por un temporal y fue humillado por la Junta de Santiago, y después a Gijón, no sin antes redactar la Memoria en defensa de la Junta Central. Los franceses regresaron el 6 de noviembre a Gijón y hubo de dejar su ciudad natal por mar, junto a su gran amigo Pedro Manuel Valdés Llanos. En el precipitado viaje contrajo la pulmonía que cercenó su vida en Puerto de Vega.

Sus últimas palabras –«Mi sobrino... Junta Central... La Francia... Nación sin cabeza... ¡Desdichado de mí!»– dan testimonio de las hondas preocupaciones de uno de los reformistas más grandiosos que ha dado nuestro país.©


David Felipe Arranz

Crítico Literario - Profesor asociado de la Universidad Carlos III de Madrid


 

Los menores en España

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Monográfico dedicado a la situación de los menores en España, desde la perspectiva de diversos especialistas y estudiosos de diferentes campos profesionales, se pone de relieve cuál es la realidad que viven hoy los menores en nuestro país. Con ello esperamos dar protagonismo a aquellos más indefensos en nuestra sociedad y hacer visible la situación precaria en la que se encuentran muchos niños/as y adolescentes que viven en un entorno hostil, tanto educativo, como jurídico, como social.


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