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37 días que conmovieron la Iglesia:

Escrito por: Norberto Alcover
Marzo - Abril 2013

De Benedicto XVI que renuncia a Francisco que llega

Pórtico de gloria: la renuncia de Benedicto

Tal y como decíamos en el número anterior, el Espíritu Santo conmovía la estructura y los designios eclesiales al provocar inesperadamente la renuncia del actual Papa Emérito, Benedicto XVI, a la Sede de Pedro por razones de incapacidad ante los desafíos que se le ofrecían por delante.

En palabras propias, carecía del vigor necesario para hacer frente a una situación eclesial que le superaba en cuerpo y en espíritu. Había decidido pasar el resto de sus días retirado en un monasterio situado en el interior del mismo Vaticano, orando por la Iglesia y por la humanidad, escribiendo como siempre y ayudando en lo que pudiera al nuevo Sucesor de Pedro. Lo anunciaba el 11 de febrero pasado sin previo aviso, en una reunión con los cardenales presentes en Roma ese día para llevar adelante la causa de dos futuros beatos. La conmoción fue tremenda. En la Iglesia y fuera de la Iglesia.

Era un auténtico Pórtico de Gloria para cuanto sucedería más tarde, puesto que fundaba un tiempo de inevitable transición en tres características absolutamente evangélicas: realismo, humildad y responsabilidad.

Sencillamente, no podía más. Pederastia, el caso de Marcial Maciel con la ambición económica correspondiente, las disensiones en la estructura curial y, para colmo, la traición de sus amigos en la filtración de documentos privados, acabaron por construir un fardo demasiado pesado. Y el ya encorvado alemán prefirió retirarse, confiado en que Dios dispondría lo mejor para una barca eclesial tan baqueteada ante la sociedad por la presión mediática que rompía secretos y discreciones todas.

Comenzaba a abrirse camino una constatación que brota desde entonces hasta emerger del fondo con la figura del Papa Francisco. Renunciaba un Papa, se rompía por completo la tradición de siglos, algunos presagiaban una debacle eclesial... y nada de nada, todo siguió su curso previsto, cada uno en su sitio. De tal manera que, preciso es recordarlo para el futuro como guía de caminantes, las costumbres eclesiales pueden modificarse con sentido de casualidad suficiente y pasa nada de nada. Ni el mundo ni la Iglesia se hunden. Nos gusta denominar a esta cualidad eclesial/civil la lógica interna del cambio. Vivimos para cambiar. Personas e instituciones.

Donde quiere, como quiere y cuando quiere

Desde el 11 al 28 de febrero, fecha en que se haría efectiva la renuncia de Benedicto, se conjugaron varias cuestiones de altísima relevancia: Bertone y Sodano multiplicaron su protagonismo en la Iglesia, uno como Camarlengo y otro como Decano de los Cuerpo Cardenalicio y seguramente comenzaron los contactos de cara al cónclave futuro, que se anunciaba para marzo, tan cerca ya.

Benedicto tomó algunas decisiones relevantes, como la de cambiar al gran jefe de las finanzas vaticanas, detalle que, dadas las circunstancias, no podemos dejar que pase desapercibido. Quería dejar a un hombre de su entera confianza en un lugar de alta cotización.

El 28, en una escena absolutamente icónica, el Papa Emérito dejaba en helicóptero el Vaticano para trasladarse a Castel Gandolfo, a la espera de poder instalarse definitivamente de su domicilio vaticano, situación que benefició  el desarrollo del tránsito de un Papa a otro Papa porque durante el proceso el saliente no estuvo donde aparecería el que llegaba, sin dejar lugar a los medios para organizar la previsible ceremonia de la confusión, siempre gustosa y un tanto repleta de morbo.

Desde el 28, el Vaticano quedó vacío de Papa, a la espera del que sería elegido en un cónclave que muy pronto comenzaría. Había sobrevenido la sede vacante tan temida, pero que, como ya hemos escrito a raíz de la renuncia, también sobrevino sin la menor dificultad, como si lo que estaba sucediendo careciera de relevancia estructural.

En todo momento, más allá de las lógicas pasiones particulares y ocultas, nadie perdió el tacto necesario para que la Iglesia permaneciera sin sobresaltos. El desconcertante Espíritu Santo se abría camino con relativa facilidad en medio de las pasiones aludidas y las dificultades inherentes a la situación, pero se abría paso también con notable ejemplaridad. Un excelente ejemplo de unidad eclesial que no ha sido enfatizado en todo lo que valía. 

Iban llegando los cardenales a Roma y aumentaban las encuestas, incluso las apuestas en las casas dedicadas a tal tarea, para entretenimiento de todos, pero también algo más. En este cúmulo de opiniones/deseos emergían los nombres deseados desde diferentes ópticas religiosas, políticas, económicas y hasta estratégicas.

Y el retrato robot que emergía, a grandes rasgos, era éste: no europeo, mejor sudamericano, de unos 65 años, limpio de toda sombra de corrupción, con experiencia pastoral directa y moderado doctrinalmente, además de no haber tenido muchos contactos con el universo de la Curia vaticana. Se trataba de una imagen del todo deseable pero en absoluto definitiva, como es lógico.

Fueron días, los anteriores al cónclave, en que el Santo Espíritu se paseó por la Iglesia para que las intenciones se manifestaran sin recato, y todos cayéramos en la cuenta de que estaba bien surtida de posibles papas, a la vez que Él se reservaba la inspiración final. Es una lectura un tanto elemental, pero hay que ver hasta qué punto acabó por resultar la auténtica. Salió quien nadie esperó. Donde, como y cuando quiso el aleteo del misterioso Espíritu Divino. Iglesia en estado puro.

Libertad humana a tope, pero siempre penetrada por los designios de un Dios que escribe con renglones extraños. Esta realidad se comprende o no se comprende, dado que entenderla del todo es imposible. Porque se adentra en los territorios del misterio puro y duro. No estaban nada mal para fomentar el dinamismo de El Año de la Fe, que había decidido el sencillo y humilde Papa Emérito, ahora en Castel Gandolfo, en paz y tranquilidad. La Iglesia era un volcán en erupción bajo el cielo azul.

La sorpresa de Dios: Bergoglio es Francisco

Del 4 al 11 de marzo, comenzaron a calentarse de verdad las máquinas del futuro cónclave, a lo largo de las diez Congregaciones Generales (reuniones cardenalicias previas a la magna reunión). Y el día 12 de marzo, se pronunciaba el taxativo extra omnes en la Capilla Sixtina, con el que daba comienzo exactamente el Cónclave para elegir al sucesor del emérito Benedicto.

El segundo día de reunión cardenalicia, a la quinta votación, cuando el reloj marcaba las 19.07 de la tarde, aparecía el humo blanco, señal de que la Santa Iglesia Católica tenía nuevo Papa, que aparecía una hora más tarde en el balcón antológico de la fachada de San Pedro y era nada menos que Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, jesuita, de 76 años, como ya escribimos y conocido defensor de los derechos de los más pobres, esos que él mismo comenzaría a denominar la periferia, el lugar en donde los sacerdotes deben de estar... y de tal manera que "huelan a oveja", como afirmaría más tarde.

Allí estaba un hombre algo grueso, para nada elegante como Benedicto o imponente como Juan Pablo, mucho más en la línea pastoralista de Juan XXIII, sin muceta y con una curiosa cruz pectoral metálica, no de oro. Tampoco llevaba la estola papal que tanto gustara al emérito de Castel Gandolfo. Durante unos segundos (eternos) permaneció de pie, hierático, con los brazos caídos junto al cuerpo, como si se presentara sin más a los fieles romanos que llenaban la abarrotada plaza petrina, para acabar por saludar al gentío y decir cómo los padres cardenales habían ido a buscar un nuevo Papa al fin del mundo, ya con una sonrisa abierta, que ha conservado hasta ahora mismo.

De pronto, dijo que iba a bendecirlos y que también deseaba que todos rezaran por él. Y ante el asombro de propios y extraños, invitó a la oración silenciosa mientras él se inclinaba ante sus fieles, en una sorprendente mezcla de humildad, respeto y fraternidad. Ahí se ganó al mundo entero que seguía la presentación papal por radio y sobre todo televisión, imagen que aparecería en todos los informativos nocturnos y primeras páginas en papel y digitales: el nuevo Papa inclinado ante el Pueblo de Dios, en una referencia descarada al Vaticano II, que emergía de forma contundente en la balconada de San Pedro.

Algo comenzaba a cambiar. No sabíamos de qué se trataba. Pero el hombre que se nos mostraba tal y como era, sin falsificación alguna, del todo inesperado, desaparecido en las encuestas previas, y que haría rezar el Padre Nuestro a toda la plaza como auténtica comunidad creyente, despedía un aire tan fresco y auténtico que, sin poder ponerlo en duda, nos permitía fundar esperanzas esperanzadas para el futuro en juego. Benedicto había renunciado discretamente y el resultado de tanta discreción era el Papa Francisco, un jesuita que había elegido el nombre del Santo de Asís, extraño maridaje pero signo de unidad en la pluralidad.

Me pregunto por los coloquios nocturnos y cardenalicios de esa misma noche, cuando el catolicismo tercermundista emergió en la historia de la Iglesia un tanto inesperadamente para los espectadores pero puede que mucho más presente de antemano para los purpurados... al menos para muchos de ellos. Mientras en la Curia de los jesuitas, a pocos metros de San Pedro, todavía estarían reponiéndose del susto: Francisco era el primer Papa jesuita. Y sin haber manipulado nada de nada. Milagro.

La entronización de Francisco

El nuevo Papa eligió el día de San José, 19 de marzo, para la misa en que comenzaría su ministerio petrino de forma oficial, lanzando este mensaje perfectamente orientativo para comprender su pontificado. De la misma forma que José fue el custodio de la Sagrada  Familia, todos tenemos que ser custodios de la familia eclesial y humana, mediante la prácticade un amor misericordioso, incluso tierno, aplicando un principio muy ignaciano que reside en la dialéctica entre responsabilidad humana y gracia divina. En la familia eclesial y humana, distinguió tres niveles un tanto sorprendentes: Naturaleza/Ecología, los Otros/ Universalidad y Uno mismo/Autoestima, que escribió con mayúscula como corresponde a un auténtico programa de gobierno papal. Nada de papamóvil sino un todoterreno descubierto, que le permitía saludar, acoger, besar una y otra vez a mis ovejas. Otro estilo que bien podría convertirse en otro contenido. Ojalá, decíamos muchos. Porque ahora comenzaban las decisiones de fondo, las de auténtico calado. Por ejemplo, el Secretario de Estado...

Era el día 37 de la gran conmoción eclesial, poquísimo tiempo para que un Papa renunciara, el mundo se preguntara qué iba a pasar, llegara otro Papa del todo inesperado, comenzara
a correr un aire eclesial distinto, los avanzados soñaran y los conservadores se interrogaran con espíritu de sospecha, mientras el nuevo líder católico elegía para su escudo el mismo IHS jesuítico de su escudo cardenalicio, signo de que Jesucristo lo era todo como gloria y fundamento. ¿Se habían venido abajo las columnas de la Santa Iglesia? En absoluto. Había quedado completamente claro que la costumbre se supera con otra costumbre, porque lo importante es dejarse llevar por el aleteo del Santo Espíritu, el único que nos enseña lo que va a venir. Y que es del todo necesario que venga. El aleteo del riesgo. El riesgo muñido en la oración individual y comunitaria antes de salir a la periferia y con olor a oveja.

Habían pasado 37 días, solamente 37, y vio Dios que era bueno, que todo era bueno. Y sonrió.©


Norberto Alcover

Teólogo y Periodista


 

 

Retrato de familia

Retrato de familia

En este número, Crítica lleva a cabo una radiografía sobre la familia en nuestro país, aunque los nuevos modelos y unidades familiares ocuparán el grueso de nuestro monográfico se da una visión amplia de todos aquellos problemas y conflictos que se dan dentro del seno familiar, como siempre aportando una visión multidisciplinar apoyada y respaldada por prestigiosas firmas especializadas en el tema.


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