Revista Crítica

Augusto

Escrito por: Carmen del Vando Blanco
Marzo - Abril 2014

Primer emperador de Roma, en el bimilenario de su muerte

 Con 77 años de vida y 40 de gobierno, Augusto muere en 14 d.C. Una fecha rememorada en dos exposiciones: la primera, ya celebrada, en las Caballerizas del Quirinal de Roma que acabó en febrero de 2014, y seguidamente en Francia, en las Galerías Nacionales del Grand Palais de París, del 19 de marzo al 13 de julio de 2014. Sendos contenidos repasan las etapas de la fulgurante biografía personal y política de Augusto en paralelo con el nacimiento de una nueva era histórica. 

Ya otra gran exposición, la Mostra Augustea della Romanità, tuvo lugar en la Italia fascista de 1937 cuando se cumplían los dos mil años del nacimiento del primer emperador de Roma, para subrayar la importancia de la romanización en todos los territorios conocidos hasta entonces.

Asimismo cabe citar la organizada en Berlín en 1988, Augustus und die verlorene Republik, según un proyecto de Eugenio La Rocca, catedrático de la universidad La Sapienza de Roma, que analizaba muchos aspectos del ocaso de la República y el alba del Principado.

Hijo adoptivo y sobrino-nieto de César, Augusto fue un personaje dotado de un carisma excepcional unido a un gran intuito político, logrando lo que no había conseguido su padre, acabar con los sangrientos decenios de luchas internas que habían consumido la República romana y llegar a inaugurar el Imperio.

Recordemos que su principado, en el que permaneció más de cuarenta años, fue el más largo registrado en toda la historia de Roma. Por si fuera poco, la primera etapa del imperio, bajo su mando, alcanzó la máxima expansión, extendiéndose a toda la cuenca del Mediterráneo, desde España a Turquía, al Magreb, a Grecia, a Germania. “He encontrado una ciudad de ladrillos, dejo una ciudad de mármol”, esta frase, que le atribuía el historiador Suetonio, explica suficientemente la dedicación a Roma por parte de Augusto. Lo cierto es que la capital tras largos años de desgarradoras guerras civiles, por fin bajo su intervención, vivió un período de paz, que contribuyó al notable cambio de la morfología, añadiendo una importante serie de estructuras públicas (desde los acueductos a las cohortes de bomberos para evitar los incendios que azotaban la urbe), templos y monumentos. Roma se convertía en el centro del mundo, desplegando ese magnífico museo al aire libre que aún se puede apreciar en la actualidad.

La exposición narra esta grandiosa trayectoria en separados capítulos que detallamos a continuación .

Octaviano y el ocaso de la república

“Con 19 años, por iniciativa mía y con gasto privado, reuní un ejército con el que vengué la República oprimida en la libertad por la dominación de una facción” (Res Gestae,1) Esta es la frase oficial con la que Augusto, ya anciano, empieza a referir su extraordinario auge político, a partir del crucial 44 a.C., el año enlutado por el asesinato de César, tío de su madre.

En su testamento, César deja al hijo adoptivo la herencia de sus inmensos bienes patrimoniales y de su propio nombre. Así pues, el heredero nacido con el nombre de Gaius Octavius, llevó oficialmente el nombre de Gaius Iulius Caesar (Octavianus). Por aquel entonces el inmaduro Octaviano no aparecía dotado de virtudes inferiores al de los más consumados cónsules de la última República. Hasta tal punto que, como recordará Cicerón, Antonio lo definía en aquellos años “... el muchacho que lo debe todo a su nombre”. Sin embargo, el joven poseía una compleja personalidad, capaz de transformarse oportunamente en jefe de un partido de la guerra civil, duro y decidido, y después en un príncipe prudente, respetuoso de la tradición y de la moral. Hasta en la elección de sus nombres fué original: en el 42 a.C. al día siguiente de la divinización de César, Octaviano cambia de nuevo su nombre con el Gaius Iulius divi filius Caesar. El epíteto Augustus, conferido por el Senado en 27 a.C., derivado de la raíz de augere, transmitía un augurium de ampliación de la ciudad y de la potencia de Roma en el Mediterráneo. A partir de ese momento, se llamará Imperator Caesar Augustus.

Octaviano obtiene el poder absoluto

En los diez años del Segundo Triunvirato (43-33 a.C.), Octaviano puso en marcha un estratégico sistema de comunicación, anunciándose como defensor de Italia y de los valores tradicionales de sus antepasados, contrariamente a Marco Antonio, ya residente en la Alejandría de Egipto totalmente helenizado, en los brazos de la seductora reina Cleopatra. A nadie debería quedarle la más mínima duda de que el mejor futuro para la República está en manos de Octaviano, una convicción corroborada el 2 de septiembre de 31 a.C. con la batalla de Accio (Grecia) cuando la flota de Octaviano, capitaneada por Agripa derrota rápidamente la armada de Marco Antonio.

Sucesivamente, Octaviano restablece el orden y el derecho republicano (res publica restituenda), recurriendo a las antiguas magistraturas para garantizar el precedente estado de derecho.

Desempeñó el cargo de cónsul desde el 31 hasta el 23 a.C, cuando renuncia a este mandato a cambio de la tribunicia potestas, los plenos poderes de los tribunos de la plebe. El año 27 a.C. al título de Augustus (superior) se le añadió el de Imperium provincial: los cimientos del futuro imperio.

Hacia un nuevo clasicismo

La era augusta fomentó la formación de un nuevo lenguaje artístico, una especie de renacer de la edad clásica, y no sólo tomando como fuente de inspiración las obras de la Grecia del siglo V a.C. sino también valiéndose de modelos del estilo arcaico, del estilo severo, de la edad clásica, tardoclásica y helenística, reinterpretándolos según un estilo nuevo. El resultado fue homogéneo y armonioso: surgían edificios de nueva construcción con auténticos frontones griegos o en series, como se observa en los áticos del foro de Augusto, mezclando obras de modelos clásicos y helenísticos, que terminaron por expresar otros significados.

En Oriente pronto se inició el despertar de un verdadero culto a un Octaviano joven, asociado a la diosa Roma, representándolo con la coraza o según el modelo de Zeus Olimpo, de pié o sentado.

En la Urbe no hubo un culto de estado directo hacia la persona de Augusto, sino un culto limitado a su Genio (por todas sus innatas cualidades). Un poco más tarde, floreció también la veneración de su numen, abstracción divina ligada a su persona física. Las imágenes divinas (Apolo, Júpiter, Sol, Neptuno) de Augusto circularon a través de objetos lujosos como las gemas y los camafeos, concebidos como regalos valiosos para los miembros influyentes de su corte.

Desde su juventud hasta la plena madurez Octaviano aportó una gran dignidad a la religión. De hecho se ocupó de la restauración de los templos en ruinas (fueron 82 según se cita en las Res Gestae), de la recuperación de sacerdocios abandonados y de la reintroducción de ritos como los Ludi Secolari (solemnes celebraciones con actos religiosos y espectáculos, instituídos en los inicios de la República), recuperados por Augusto en el 17 a.C., hasta su elección como Pontífice Máximo en 12 a.C.

La idea de Roma alcanza la provincia

La ornamentación con la que, durante el principado de Augusto, se decoraron los principales centros monumentales de la Urbe sirvió de modelo para los talleres de escultores de todas las provincias imperiales, cosechando un éxito especial aquéllos que reproducían metafóricamente los pilares ideológicos del nuevo régimen político y que exaltaban por medio de imágenes míticas las virtudes del primer princeps del imperio.

Un ejemplo determinante lo constituye Emérita Augusta capital de la Lusitania en la Hispania Ulterior, al tomar por modelo el Foro de Augusto para la decoración del tripórtico que rodeaba un espacio sagrado erigido en época tardo-claudia, donde fueron hallados fragmentos de clipeos y cariátides, estatuas togadas o cubiertas con la iaena (capa de lana) y un grupo que reproducía la fuga de Troya de Eneas, Ascanio y Anquises, deduciendo que habían sido reproducidas las series de las estatuas del Foro de Augusto, con la secuencia de los summi viri (togados) y de los Reyes de Roma (cubiertos con la iaena). Además de Emérita Augusta, numerosos otros municipios y colonias en la Hispania Citerior (Tarraco) y Ulterior (Corduba e Italica) en la Galia Transalpina (Vienne, Arlés y Nyon) y en Italia (Pozzuoli, Pompei, Arezzo y Parma) testimonian la idea sacada del Foro de Augusto como ejemplo decorativo de los nuevos recintos públicos edificados entre la edad julio-claudia y la edad flavia, pasadas más de siete décadas después de la muerte del princeps.

Ascensión de Augusto al Olimpo

Augusto deja de existir el 19 de Agosto del año 14 d.C, en su casa familiar, entre los brazos de su amadísima mujer Livia y probablemente del hijo de ésta, Tiberio. El 6-8 de septiembre, tras el transporte del féretro durante algunas semanas, se celebra en Roma el funeral: la procesión, desde su casa en el Palatino acaba en el Campo Marzio, donde tiene lugar la combustión del cuerpo. Días más tarde, será la misma Livia la que recogerá los huesos para deponerlos en el interior del mausoleo mandado construir cuarenta años antes por el mismo Augusto.

Su muerte planteó por primera vez la necesidad de reflexionar sobre las formas de su divinización, ya que, en esta fase, no se habían experimentado las varias etapas de la secuencia ceremonial (carrera armada alrededor del enorme fuego fúnebre, combustión de la imagen del emperador, librarse del águila en vuelo) ni se disponían de normativas jurídicas o de un léxico especializado. Con anterioridad, sólo se había experimentado la divinización de César después de más de dos años de su muerte y patrocinada por el mismo Octaviano.

Días después del cierre de las puertas del Mausoleo, el senado se reúne y decreta de común acuerdo la demostrada apoteosis de Augusto, que se valió incluso de la declaración de un testigo ocular jurando éste que había visto su imagen  al cielo (espléndidamente recompensado por Livia, posteriormente). Y así fué como aquel 17 de septiembre de 14 d.C. Augusto se convertía oficialmente en divus. Una gloriosa epopeya documentada con unas 200 piezas de gran valor científico entre las que hay que destacar, además de estatuas, efigies, joyería y orfebrería con piedras preciosas; las dos grandes estatuas de Augusto –de los Museos Vaticanos y del Palacio Massimo de Roma– juntas por primera vez; su estatua ecuestre bróncea del mar Egeo, del Museo Británico; así como el famoso Doriforo del Arqueológico de Nápoles, ejemplo por excelencia de la edad clásica adaptado a los rasgos de Augusto; los relieves de animales Grimani reunidos en esta ocasión; además de las magistrales representaciones del poder como los valiosísimos camafeos, utilizados como regalos por parte de la familia imperial para concluir esta magnífica secuencia los 11 relieves divididos entre España (colección Cardona) y Hungría, del edificio la muerte de Augusto, que narran eficazmente la batalla naval de Accio entre Octaviano y Marco Antonio… Todo como expresión de la grandeza de un hombre y la cultura de su época.©


Carmen del Vando Blanco

Colaboradora de la revista Crítica - Desde Roma, Italia -.


 

 

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