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Miguel Ángel Buonarroti, genio universal

Escrito por: Carmen del Vando
Septiembre - Octubre 2014

“Padre y maestro de todos” (según Giorgio Vasari), Miguel Ángel Buonarroti (Caprese-Arezzo, 1475-Roma, 1564) o simplemente Miguel Ángel, escultor, pintor, arquitecto y escritor, es el artista genial e inquieto que Italia celebra en el 450° aniversario de su muerte. De hecho, el 18 de febrero de 1564, a la venerable edad de 89 años, Miguel Ángel expiraba en Roma.

Este toscano poliédrico concebía su actividad como una incesante búsqueda de belleza. Precisamente el anhelo de este ideal lo estimuló a experimentar en varios ámbitos de la expresión artística con unos logros que lo convierten en uno de los máximos protagonistas de la historia del arte occidental. Su deseo de perfección era tal que se convierte en una condición existencial. Sin este ímpetu suyo, no podríamos admirar ese legado inmenso que ha transmitido a la humanidad.

Su primera obra

Ascanio Condivi, discípulo y biógrafo de Miguel Ángel, escribió sobre el destino de este mito, desde la condena de su familia, especialmente del padre, contrario a la dedicación de su hijo a las “artes mecánicas”, hasta la obstinación del joven Miguel Ángel en continuar con su propósito siempre con el dilema de dedicarse a la pintura o a la escultura. De todas formas, el autor deja claro que Miguel Ángel, si bien por un breve periodo frecuenta el taller del pintor Domenico Ghirlandaio, su pasión artística se decanta por la escultura y se dedica a ella hasta tal punto que por largo tiempo de su formación, acabó ocupándose en copiar las cosas antiguas y modernas casi exclusivamente esculpidas en Florencia, en el llamado “Jardín de luz” de Lorenzo el Magnífico.

De este período, merece un capítulo especial la estatua del San Juanito, la única obra de Buonarroti en España. La primera noticia de la escultura de este santo niño, obra juvenil de Miguel Ángel, realizada entre 1495 y 1496 para Lorenzo di Pierfrancesco de Medici, fue registrada por Ascanio Condivi en la biografía de Buonarroti de 1553 y posteriormente por Giorgio Vasari en su Vidas de 1568. Desde entonces, entre los diversos candidatos a la citada primicia miguelangelesca, destacaba el San Juanito de la capilla del Salvador de la localidad renacentista de Úbeda (Jaén), cuya autoría resulta confirmada por el profesor Francesco Caglioti, uno de los máximos expertos de escultura italiana del Renacimiento. La obra en cuestión fue certificada como una producción precoz de Miguel Ángel por el historiador Manuel Gómez Moreno, que indicaba el nombre de su primer dueño, Francisco de los Cobos (1477 aprox – 1547), secretario del emperador Carlos V. Éste último había ayudado a Cosme I a tomar posesión del estado florentino. Cosme en agradecimiento, envió algunos regalos al primer y segundo secretario del emperador, siguiendo la ruta de Génova a Barcelona, a excepción de una valiosa estatua que prosiguió hasta Cartagena (más cerca de Úbeda y de las posesiones de los Cobos). Indicaciones más que suficientes para convencer al estudioso italiano de que el San Juanito de Miguel Ángel fuera objeto de un regalo diplomático por parte de la familia Médici a la de los Cobos, que quiso fijar su sepultura en Úbeda, justo en la capilla del Salvador, destino final del San Juanito de Miguel Ángel… Hasta que en julio de 1936, la escultura fue destrozada, víctima de los tristes episodios de nuestra Guerra Civil.

Para su recuperación, en 1994 fue “hospitalizada” durante 19 años en el “Opificio” de las Piedras Duras de Florencia (Instituto autónomo del Ministerio para los Bienes y Actividades Culturales de Italia) para su recomposición con los escasos fragmentos que sobrevivieron.

Tras su completa restauración –gracias a la aportación económica que el gobierno italiano destina para la intervención en obras dañadas por conflictos bélicos o desastres naturales en el extranjero– y ya cicatrizada, la escultura marmórea de 1,30 metros que representa a San Juan Bautista a la edad de 10 años, fue devuelta en 2013 –con la confirmada autoría de Miguel Ángel– a sus actuales propietarios, los Duques de Medinaceli, herederos ininterrumpidamente desde el siglo XVI.

De la Capilla Sixtina al David

Se sabe que Miguel Ángel llega a Roma en 1496, llamado por el Cardenal de San Giorgio Raffaele Riario, sobrino de Sixto IV della Rovere, uno de los más ricos y cultos coleccionistas de la época, para el que realizará, ya veinteañero a finales del siglo XV, una de sus obras maestras escultóricas, la llamada “Piedad vaticana”, encargada por el cardenal Jean de Bilhéres de la Groslaye, embajador de Carlos VIII para su propia sepultura en Santa Petronila de Roma. Por su perfecta armonía, elegancia y belleza, la escultura suscitó inmediatamente una general y unánime admiración.

A partir de su estancia en Roma, el toscano progresó entre las artes y ejecutó trabajos universales que culminarán en la realización de la Capilla Sixtina.

A su vuelta a Florencia, se centró de forma insuperable en su David, que los florentinos vieron aparecer en la Plaza de la Signoria en 1504. Esta soberbia escultura se convirtió en el icono de la ciudad. Se exponía, por primera vez desde la Grecia y la Roma de la antigüedad, a un hombre desnudo.

Según Giorgio Vasari, el David es la estatua de la victoria: “con esta obra, Miguel Ángel ha ganado a los predecesores Fidias o Policleto”. Prácticamente el artista-crítico quería decir que el David es la estatua más bella del mundo, no puede ser mejor, ejerciendo una atracción confirmada continuamente por las colas de visitantes en el Museo de la Academia de Florencia, su “casa” desde 1873 cuando fue sustituído con una copia colocada delante del Palazzo Vecchio.

Al año siguiente, el genio toscano vuelve a Roma para ejecutar la tumba del Papa Julio II en San Pedro, cuyos atormentados esfuerzos se prolongarían por más de cuarenta años.

Siguiendo la decisión del Papa Clemente VII, pinta al fresco la pared trasera del altar en la Capilla Sixtina con una imagen del Juicio Universal, que reinterpretó con una extraordinaria capacidad inventiva en 1533.

La última parte de su vida fue substancialmente dedicada a la arquitectura: otro papa, Pablo III, le encomendó, entre otros proyectos, la finalización del Palacio Farnesio, la remodelación de la Plaza del Campidoglio y la cúpula de San Pedro, que tronea en el mundo, no sólo católico.

Durante su larga vida, Miguel Ángel fue testigo de importantes acontecimientos históricos y religiosos; sus mecenas o clientes -a menudo, con particular y controvertida intimidadfueron protagonistas de la historia florentina: desde la Señoría de Lorenzo el Magnífico a la experiencia republicana de los años 1494- 1512; y de la historia romana, atravesando desde el pontificado de Julio II al de León X y Clemente VII, de Pablo III, Julio III , Pablo IV y Pío IV.

Miguel Ángel, escritor

La obra de Miguel Ángel abarca las cuatro artes: “las hijas del Dibujo”: Escultura, Pintura y Arquitectura además de la Poesía, recordadas simbólicamente con las cuatro coronas que lo celebran en la iconografía de la Casa Buonarroti.

Fue autor de un apreciado epistolario (Cartas, publicadas en 1875) y de las Rimas, compuestas a partir de 1534. Si del contexto florentino y romano respiró la atmósfera religiosa, literaria y filosófica; la Biblia, Dante Alighieri y Petrarca fueron los que inspiraron más directamente su obra escrita de la misma forma que constituyeron unas fuentes, entrelazadas con símbolos especificadamente figurativos, en la elaboración de su obra artística.

Los escritos de Miguel Ángel –prosa y rimas– se revelan, como todo lo que transciende del gran artista, ante todo como una confesión despiadada, hasta la auto-ironía. En este ámbito, cabe recordar la importancia, aún poco profundizada por la crítica con fines artísticos, de la relación de Miguel Ángel con Vittoria Colonna, poetisa, estudiosa de cristología, una de las mentes literarias más abiertas y vivaces. Vinculada a los ambientes espirituales romanos, será Vittoria la que guiará al artista en el nuevo tormento íntimo, lleno de tensiones espirituales, sentido cristiano del pecado y de la redención, en la impetuosa aspiración a la belleza absoluta, divina.

De aquí nacen otras creaciones de Miguel Ángel, extraordinarios ejemplos de su tormento, como el Crucifijo de madera de la Casa Buonarroti; la Piedad Bandini en la que el rostro de Nicodemo parece un autorretrato del escultor; la Piedad Rondanini, definitiva, funesta descripción del amor de María y del sacrificio del Hijo de Dios y... como no, los frescos de la Capilla Paolina en el Vaticano que definen el anclaje teológico, moral, poético, espiritual y artístico de un artista y de una época profundamente dolorosa, sangrientamente devastada y dividida por la Reforma y la Contrarreforma, una señal explícita y explicada en su arte.

Artista universal

Es indiscutible la universalidad de Miguel Ángel desde el principio de su carrera artística, en la que se empleó como un auténtico artista universal, en la pintura, en la escultura, en la arquitectura, en el arte de la proyectación civil y militar, e incluso en la escritura, en particular en la poesía, atravesando los siglos XV y XVI y, aún más, superando con su arte los estilos y los períodos hasta la más reciente actualidad. Las categorías críticas aplicadas frecuentemente a la obra de Miguel Ángel –sentimiento de lo trágico, terribilidad y anhelo hacia lo absoluto– se adaptan perfectamente a la teoría y a la práctica artística contemporánea.

Una frase atribuida a Miguel Ángel expresa mayormente su grandeza: “Señor, haz que yo pueda siempre desear más de lo que logre realizar”, reveladora de un talento inmenso al límite de lo sobrenatural, de un genio transversal que ha obtenido resultados inmortales, dejando una señal imperecedera.

De las cuatro disciplinas egregiamente desarrolladas por su potencia creativa y por su excelente visión urbanística en su larga y ubérrima existencia, generadora de obras maestras, intuiciones, visiones y dramas interiores, cabe preguntarse cuáles habrían sido los deseos que Miguel Ángel, al final de su vida, se llevara a la tumba.©


Carmen del Vando

Desde Roma


 

 

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¿Qué nos convierte en una especie inteligente? ¿Qué serie de procesos han desembocado en ello? Porque se ha puesto de manifiesto de forma repetida cuáles son las diferentes inteligencias: la interpersonal/ intrapersonal, musical, espacial, lingüística, lógica matemática, naturalista y corporal cinestésica, CRÍTICA, en éste número atraviesa la barrera de su enumeración y definición para comprender qué suponen realmente y el valor del equilibrio entre todas ellas. Acompáñenos a un viaje al interior de nuestro cerebro, responsable de todas las manifestaciones humanas.


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