23Noviembre2017

Revista Crítica

Violette

Con un año de retraso se estrena  esta película francesa en la que su director, como casi todos los cineastas franceses, se empeña, esta vez para bien, en imprimir el sello de autoría en la película. Actor en origen, de Provost se conocía “El vientre de Juliette” y la extraordinaria “Seraphine”. Rodada con exquisito buen gusto, “Violette” no puede tener un punto de partida más estimulante para los espectadores que busquen un filme con trastienda. El filme se centra en dos mujeres: Violette, la hija bastarda de un noble y Simone de Beuvoir. Ambas se conocen en la postguerra que tantas heridas emocionales dejó en una Francia que, pese a salir victoriosa de la contienda, vivió como un desgarro la incipiente paz por las cuentas pendientes que tenía que saldar con los que colaboraron con los nazis. En ese contexto histórico se conocen ambas mujeres que entablan una relación intelectual y emocional que se mantendrá durante toda su vida. Simone de Beauvoir ve en ella a una escritora con mayúsculas que se enfrenta a su obra no desde la racionalidad y sí desde las entrañas y un corazón algo azorado y bastante castigado por sentimientos que no siempre son fáciles de verbalizar, más aún en un contexto que no lo favorece.

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Noé

Con la vitola de director que siempre propone al espectador productos interesantes (ahí está “Pi”, “La fuente de la vida” y “Cisne negro”), Darren Afronosky afronta ahora uno de sus mayores retos: “Noé”, una superproducción que no disimula su condición de serlo –en cada escena se ve que se ha gastado el dinero a espuertas– y que pretende dejar al espectador con la boca abierta por la magnitud estética de su propuesta. Para ello ha elegido un tema universal: Noé y su arca, una historia que trasciende la Biblia para convertirse
en un material narrativo de primer orden para todos los públicos. También ha elegido a un actor a la altura: Russel Crowe, un intérprete de corte clásico que ya ha demostrado que se puede mover por las grandes producciones sin ser desdibujado por los efectos visuales y sin perder su personalidad. Hasta ahí todo perfecto. Contar la odisea de un hombre que vive en un mundo casi todos los pecados y que recibe la misión divina de construir una gran arca con la que aventurarse no se sabe adónde con la única compañía de su familia y de una pareja de todas las especies animales de la Tierra es tan fácil como complicado. Primero porque tiene que dotar a Noé de un trasfondo psicológico y emocional y después porque no puede sucumbir a los tópicos de una historia universal pero tampoco traicionarlos.

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12 años de esclavitud

En comparación con el Holocausto, la vergüenza de la esclavitud no ha quedada registrada en el cine como debe. Con la excepción de la excesivamente sentimentaloide "El color púrpura", la efectista "Queimada" y la tibia "Amistad", pocos títulos se han acercado al tema. Sorprende, o no tanto, que el cine estadounidense, tan poco complaciente cuando quiere, haya prescidindo de los conflictos raciales. Tal vez porque ese pasado todavía escuece, lo suficiente para que el racismo siga siendo uno de los principales problemas del país y siguen sin asumir ese pasado... Hasta ahora, que un director con arrojo llamado Steve McQueen, lo ha abordado con valentía, honestidad, hondura y, sobre todo, rabia como ciudadano, esa misma que pretende que sienta el espectador, sublevándose ante un pasado que sigue muy presente.

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El gran hotel Budapest

De Wes Anderson se puede esperar cualquier cosa, desde arrebatos de ingenio consumistas fallidos como “Life Acuatic”, como películas de medio pelo como “Academia Rushmore” a esta grandiosa y sorprendente “El gran hotel Budapest”, un cautivador y también desmitificador, por lo que tiene de liberador, relato de la Europa entre guerras.

El argumento nos lleva al epicentro del continente. El protagonista es Gustave H., un conserje de un famoso hotel europeo. Éste entabla amistad con un joven al que convierte en su protegido, algo que no se sabe si es bueno o malo, ya que se meten de cabeza en el robo y la recuperación de una pintura renacentista que tiene un valor incalculable. Paralelamente una familia se enfrenta entre sí por una inmensa fortuna. Y todo ello sucede mientras la Historia les pisa los talones. A través de la alta comedia Anderson hace un fresco muy particular de la sociedad del momento mediante unos seres caricaturizados, aunque sus sentimientos son muy reales, eso sí, plasmados con trazo grueso, para confirmar una sátira de gran enjundia.

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A propósito de Llevyn Davis

Siempre es una buena noticia que los hermanos Coen estrenen una película. Aunque no esté entre las mejores de su filmografía, sus cintas son superiores a la mayoría de los títulos que se estrenen esa temporada. Lo que ocurre con "A propósito de Llevyn Davis" es que, encima, estamos ante un filme soberbio, entre lo más selecto y destacable de su obra, por lo inesperado de su temática –muy lejos aparentemente del mundo de los Coen– y sus habilidades fílmicas que nunca dejan de sorprender.

Los Coen fijan su mirada en Llevyn Davis, un joven cantante de folk que vive en el Nueva York de 1961 universo de Greenwich Village en 1961. Con su guitarra a cuestas acurrucado contra el frio de un invierno implacable en Nueva York, el joven lucha por ganarse la vida como músico y hace frente a obstáculos que parecen insuperables. Sobrevive gracias a la ayuda de sus amigos o de desconocidos a cambio de pequeños trabajos, de los cafés del Village. A un club desierto de Chicago, sus desventuras lo llevan a una audición para el gigante de la música Bud Grossman antes de volver al lugar de donde viene.

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