Revista Crítica

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Elogio del papel

Recuerdo que, cuando era niño, un día mi padre me sentó en la mesa del comedor, pero del comedor de invitados, una cosa seria, puso ante mis narices un folio de tonalidad un tanto oscura, tal era el papel entonces, me entregó su propia pluma fuente, una Parker clásica, y me dijo que había llegado la hora de escribir de verdad: “Esta primera vez, escribe de ti mismo, escribe cómo eres, cómo te notas…”, y a mí, esto de “cómo te notas” me llegó al alma.

Cogí la Parker emblemática de mi padre, desenrosqué el capuchón, y por primera vez en mi vida escribí “en plan de escritor”, ya no recuerdo exactamente lo que escribí en concreto. Pero sí recuerdo que antes de arrancar, pasé la palma de la mano por el papel varias veces, y desde entonces es un gesto que mantengo hasta hoy, porque hasta hoy, las cuestiones relevantes las sigo escribiendo a mano y en papel. Esos folios ya antiguos que bajo del anaquel y que contemplo con un cariño prodigioso. Porque es un prodigio descubrir tu propia vida en papeles ancianos, ya amarillentos, llenos de memoria. Para que nos entendamos, cada papel es mi Guggenheim y las letras que lo habitan son el sol de la cultura, de la historia, de mí mismo, que lo tornan luminoso, brillante, reluciente. Titanio reluciente, el papel escrito.

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Las bodas de Francisco

Me pareció fascinante que el Papa Francisco presidiera la celebración de veinte matrimonios en San Pedro, venidos de los suburbios romanos, es decir de las periferias de su diócesis, porque sobre todo Francisco es obispo de Roma. Sea dicho para que los obispos tomen candela.

Pensemos despacio en este curioso, esto sí, acontecimiento civil y religioso. En general, los eclesiásticos, tanto da seculares como regulares, ponemos sumo cuidado en no saltarnos las normas establecidas y todavía más en intentar que en las cúpulas no puedan sospechar que rozamos los límites preestablecidos. De esta manera, nos evitamos cualquier situación problemática, sobre todo si anda por en medio alguna mediación parroquial. Claro está que, en general sabemos que esta actitud a quien perjudica no será a nosotros pero sí al Pueblo de Dios que tenemos confiado: nuestra prudencia es su impotencia. Y en esto de los matrimonios, últimamente andamos de un estrecho subido.

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Letras que iluminan

El escritor mira alrededor y percibe que la oscuridad le envuelve. Es una extraña oscuridad, una especie de claroscuro incapaz de definir la realidad en su justa medida porque los contornos escapan a su mirada y solamente puede reproducir en letras alguna aproximación confusa y quebradiza. El escritor se torna tembloroso y hasta escéptico de su propio texto. Y lo deja caer por ahí, un tanto inseguro de dónde y cómo será comprendido.

La sociedad de las nuevas tecnologías sospecha de los escritores de verdad, gente pausada, algo meditabunda, propensa a corregir lo previamente escrito, de forma que permanezca la huella de su corrección en el papel y no desaparezca en la papelera del ordenador. Textos sin huella de la búsqueda de la perfección, que se guardan en el cajón alguna noche para que posen y asuman su propia densidad, y solamente al cabo  se revisan y corrigen en un gesto humilde de la fragilidad humana.

Pero lo dicho, la sociedad de nuestros días, fascinada por las prisas y las presiones de las audiencias, entre tantas otras, acaba por exigir al escritor que no reflexione tanto, que se convierta en un fiel productor de letras para consumir como quien se merienda una hamburguesa, un escritor de usar y tratar. Un militante de la cantidad, olvidado el misterio expresivo de la calidad. Las cosas son como son. El escritor muere en vida. Y la sociedad, al volverse del todo transigente, se vacía de sentido y las letras dejan de cumplir su misión de iluminar la oscuridad dominante.

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El Sol sobre el papado

Recuerdo que, hace tres años, visitaba Roma en compañía de dos matrimonios, entregados todos al rito tantos años soñado de gustar ese “sabor a miel” que despide la ciudad tan eterna como humana. Estábamos en un hotelito cercano al Trastevere, un pelín alzado sobre el suelo del popular barrio romano, y desde nuestras ventanas contemplábamos la cúpula vaticana, perdida entre tantísimas cúpulas como saturan el cielo de la Roma cristiana y católica.

Uno de los días y al atardecer, las cúpulas todas, y también la papal, comenzaron a colorearse de una mezcla electrizante de amarillos, anaranjados y algún que otro detalle azulado: qué maravilla y qué temblor interior, todos apiñados en una misma ventana sin poder intercambiar palabra, introducidos en el íntimo misterio de un paisaje que nos superaba por completo. Sonaban algunas campanas aquí y allí, y todos tuvimos la sensación de quedar atrapados por alguna realidad superior que nos convertía en personajes de ciencia ficción, capaces de volar sobre la ciudad y penetrar en cada uno de sus misterios, esos misterios romanos donde se entrecruzan las atractivas pizzas y las Vírgenes estáticas del Renacimiento.

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Francisco somos todos

Para que nos entendamos desde el comienzo: recogiendo el título de esta sección, ese Guggenheim imponente que es el Papa Francisco, solamente resplandecerá en la medida en que depositemos sobre su persona la confianza y el apoyo necesarios para llevar adelante todas sus propuestas eclesiales y también civiles. Habrá titanio reluciente si cada uno de noso-tros apuesta sin titubeos por el cambio que intenta llevar a cabo el nuevo inquilino vaticano y entramos en la liza que seguramente sobrevendrá porque los perjudicados por tal cambio, que serán muchos, intentarán por todos los medios poner palos en su camino para permanecer en lo de siempre. Porque nuestro eslogan es muy sencillo: "Francisco somos todos".

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