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Ladrones de palabras

Escrito por: Norberto Alcover
Noviembre - Diciembre 2012

En la película, un joven escritor, ambicioso y desfondado, acaba por plagiar de punta a cabo un texto literario encontrado por casualidad en una perdida cartera de mano, tiempo atrás. Alcanza el éxito y tiene la seguridad de que ha conseguido engañar a su esposa, al editor, a los críticos y al conjunto de lectores, todos a sus pies como la gran revelación en muchos años. Y de pronto, por casualidad, el verdadero autor lo descubre, lo acecha y le echa en cara su falta de ética, su tremenda mentira y en fin su incapacidad como escritor. Comienza la crisis total, y se siente mal, muy mal, en deuda con el autor pero también con todos aquellos a los que engañó y ahora le obligan, para colmo, a transitar socialmente como el héroe literario que nunca fue. La película se complica mucho más, pero su esencia es lo escrito hasta aquí. Se titula El ladrón de palabras. Discreta, nada más, como hecho fílmico, pero muy sugerente como comunicado humanístico.

Las palabras vuelan por el ambiente y son atrapadas por nosotros, las personas, y con ellas nos relacionamos hasta construir la novela de nuestras propias vidas. Porque somos palabras entrecruzadas en el gran diálogo interior y exterior, hasta configurar nuestras identidades y nuestras relaciones. Cuando Hamlet dice "palabras, palabras, palabras", da un palo tremendo a la verborrea mentirosa, pero al mismo tiempo convierte las palabras en referente obligado a la hora de intercambiar la hondura de la existencia porque las palabras, de suyo, contienen una seriedad infinita puesto que son el vehículo con el que conseguimos definir la historia. Palabras en profundidad para comunicarnos y palabras superficiales para distanciarnos, y en tantas ocasiones sin ser capaces de distinguir unas de otras. Entonces, diálogos silenciosos. Mentiras insospechadas. O puede que sorpresas maravillosas y sonrisas frescas como la aurora. Palabras, palabras, palabras. La vida.

De vez en cuando, descubrimos un maletín de palabras perdidas donde sea. En una obra literaria, por ejemplo, o en alguna conversación con cualquier amigo, puede, o al contemplar un paisaje sorprendente por inesperado, tantas veces, o prestadas por el dolor, la amargura y la tristeza vitales. También por susurros que nos llegan de lo desconocido y que llamamos Dios, de vez en cuando. Construimos nuestro lenguaje y nuestro correspondiente vocabulario mediante préstamos que sobrevienen en el filo de la navaja de los encontronazos casuales y sin embargo cotidianos. Somos ladrones de palabras, y sin tales robos nada seríamos a la hora de enfrentarnos a las relaciones con cuanto nos contextualiza. Ésta es la verdad, si somos sinceros con nuestra propia conciencia de frágiles criaturas un tanto mudas.

Pero al revés que en la película, solamente cuando robamos palabras ajenas vivimos en plenitud. Nuestra propia novela se construye mediante palabras robadas, tomadas al vuelo, recuperadas tras dejarlas partir, palabras con las que construimos el mundo de todos. Nunca robamos como el protagonista del film, porque lo que jamás tomamos de otros es la estructura y el sentido de las palabras robadas. Ambas nos pertenecen a cada uno. Y resulta vulgar o una maravilla. Desde nosotros mismos regalamos al conjunto de palabras robadas el cemento que las convierte en edificio donde intentamos convivir o despreciar a los demás. Compañía o soledad.©


Norberto Alcover

Colaborador de la revista Crítica - Cultura y fe: titanio reluciente -.


 

 

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