23Octubre2017

Revista Crítica

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La soledad del esplendor

Tales tiempos no son aptos para la lírica. Otra cosa es que saltemos por encima del caos reinante para situarnos en una especie de nube inasequible al dolor y la desesperación humanas. Algunos lo procuran y hasta lo consiguen, tal es la obcecación de su conciencia, aletargada por el bienestar de sus cuentas corrientes. Pero, gracias a Dios, la mayoría de los españoles nos sentimos implicados en el caos citado por la sencilla razón de que formamos parte del mismo y en algún momento acabará por afectarnos, en cualquier caso, la situación invita a una serísima reflexión sobre la aparente contradicción humana entre el esplendor de un Rafael y la soledad de un Hopper. Las dos exposiciones que podemos contemplar en el Prado y en el Thyssen respectivamente. El arte como misterio antropológico.

Los seres humanos vivimos instantes, incluso épocas, de esplendor. Esos momentos en que la felicidad más dominante nos invade y experimentamos una especie de magma cromático que nos envuelve y conduce, en ocasiones, a la contemplación misma de la Belleza en cuanto tal.

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Mujeres para los demás

Hablaba en mi anterior artículo sobre mi madre, ventajas que tiene esto de poder publicar lo que uno siente porque previamente lo vive. Algunos lectores y lectoras me han hecho llegar su emoción, por la sencilla razón de que todos tenemos madre y en general significan ese ámbito de incondicionalidad fundamental para persistir en las tareas vitales, en ocasiones tan crueles. Son nuestra referencia sustancial, nuestro útero incondicional al que podemos retornar al cabo del tiempo y de sus inclemencias. Existen unas mujeres que son madres. Y las madres auténticas son y viven para los demás. Para todos los demás, aunque compriman este servicio universal a una concreta familia, a unos determinantes hijos y sobre todo a esos nietos que son el premio conclusivo a tanta abnegación.

¿Qué es lo que ilumina ese refulgente titanio materno? ¿Qué le confiere su absoluta brillantez en una sociedad tantas veces en doloroso claroscuro? Sencillamente, su incondicionalidad vocación de ser para los demás. Porque cualquier criatura aparece ante una madre como alguien construido en su seno maternal. Algo semejante a que las mujeres madres tuvieran el síndrome del hijo y nunca pudieran quitárselo de encima. Y por esta razón, las madres son para los demás. Yo mismo tuve en mi primera infancia un hermano de leche y siempre permaneció entre mi madre y él un vínculo entrañable, como de alguna oculta dependencia. Dar el pecho a una personita completamente indefensa y mínima, es uno de los actos más profundos que existen en este vertiginoso planeta, en ocasiones tan cruel. Es una de las imágenes más expresivas de que toda madre es para los demás, todos los demás. Es curioso, mi hermano de leche murió, pero sobrevive en mi anciana madre. Hay que ver más allá de lo visible…

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Por una ancianidad bella

Los pasados días festivos con que se cierra un año y arranca otro, me han hecho reconectar con una serie de personas ancianas que forman parte de mi propia familia, pero también de otras. Esas personas que han constituido el fundamento de nuestra sociedad durante años y años, que nos han preparado las plataformas sobre las que discurrimos y que, mejor o peor, esto ya es secundario, se han esforzado por vivir según sus conciencias de ciudadanos y tal vez creyentes honrados y honestos. Han hecho historia, recibida, a su vez, de generaciones anteriores, y así hasta el comienzo del tiempo humano. Las cosas son así. Las quejas sobran. Los ancianos y ancianas son, casi sin excepción, venerables, admirables y, sobre todo, bellos y bellas. Permítanme que me explique.

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Esa mujer que sueña

Mi infancia esta dominada por la figura de una mujer fuerte y decidida, entregada por completo a la felicidad ajena, capaz de cualquier esfuerzo sin venderlo en el mercado de la gratitud, que lentamente perdió su resplandor familiar y social, hasta encontrarse, ahora mismo, en manos de cuidadoras excelentes que la acompañan en esta recta final que llamamos ancianidad y que concluye en la muerte, es decir, en una vida eterna de adoración, de plenitud y de dicha sin fin.

Comprenderá el lector que escribo de mi madre, una mujer de 97 años, a ratos perdida en la demencia senil propia de tal edad, pero en otros momentos capaz de recordar con una finísima precisión instantes del pasado hasta desconcertarnos a todos. Su memoria está, ya, exenta de intereses y propende a la verdad absoluta, insisto dejando de lado ese pudor que esconde tantas veces detalles inconfesables de nosotros mismos. Madre Mercedes dice lo que ha sido sin fisuras. Y descubro que su vida está atravesada por un sueño. El sueño de darse a los demás sin medida, sobre todo darse a mi padre, muerto hace largos años.

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El árbol de la vida

Reconozco que el cine de Terrence Malick me fascina por sus opciones antropológicas (el hombre enfrentado al bien y al mal en una determinada sociedad, sobre todo), pero todavía más por su calidad estética, que oscila entre una fotografía siempre espléndida y un movimiento de
cámara apabullante, además de dirigir a los actores y actrices con un toque divino, tal es su omnipotencia a la hora de convertir a los intérpretes en criaturas fílmicas. Malas tierras (1973) y La delgada línea roja (1998) forman parte insobornable de mi universo cinematográfico y El árbol de la vida, estrenada hace pocos meses en España, alcanza límites de perfección, sobre todo en unas cuatro o cinco secuencias, pocas veces igualadas en la historia del arte séptimo. Si el cine es vida representada pero además potenciada, El árbol de la vida extiende sus ramas vitales hasta tocar las zonas más íntimas de nuestro existir entre los demás. Camino de una descarada eternidad.

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