23Octubre2017

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Del estafador al corrupto:

Escrito por: David Felipe Arranz
Enero - Febrero 2014

Galería de canallas literarios, de Lope de Vega a Rafael Chirbes

Hay unas constantes en el personaje del estafador, del filibustero de la inocencia ajena, en la historia de la literatura. En primer lugar, su vida criminal se erige sobre el disimulo y la máscara. Su dialéctica interna se asienta sobre una impostura tan bien construida que en muchas ocasiones los protagonistas llegan a convencerse de sus propias argucias.

La idea del estafador y el corrupto que han puesto en la palestra mediática las correrías de algunos de nuestros políticos y directivos de las cajas de ahorros ha evolucionado desde un origen algo distinto. En el siglo XVII, el estafador estaba revestido de un significado más positivo. Por ejemplo, el concepto de chevalier d’industrie en los países de habla francesa estaba cercano al del aventurero de ingenio, el hombre de fortuna o caballero audaz, un concepto que desarrolló de forma magistral Hervey Allen en Anthony Adverse (1933).

En esta novela, que puede considerarse como la bisagra del cambio del prototipo del estafador en el primer tercio del siglo XX, Anthony Adverse, un niño huérfano que es adoptado y crece en un convento, se enamora de la hija del cocinero y viaja de Cuba a África y después a París. Allí, en la Ciudad de la Luz, descubre que su antiguo amor es ahora una estrella de la ópera mientras va completando el rompecabezas de su oscuro pasado.

Hay unas constantes en el personaje del estafador, del filibustero de la inocencia ajena, en la historia de la literatura. En primer lugar, su vida criminal se erige sobre el disimulo y la máscara. Su dialéctica interna se asienta sobre una impostura tan bien construida que en muchas ocasiones los protagonistas llegan a convencerse de sus propias argucias. Por otra parte, el ansia del medro social lo define antes que –o al margen de– cualquier otra “vocación”, asentada su actividad delictiva en el desarrollo de una insólita capacidad adaptativa y camaleónica a los ambientes en los que desea prosperar. A diferencia del clásico pícaro, que ante todo no tiene el más mínimo interés en mudar de estatus, el estafador calcula sus esfuerzos y dirige sus pasos al objetivo, casi siempre económico.

Medrar en sociedad

Pero si nos retrotraemos siglos antes, en nuestro Siglo de Oro, Luzmán, el aventurero de la comedia de Lope de Vega El arrogante español o Caballero del milagro (hacia 1593), hace gala de un estatus social que no le corresponde –un soldado que se finge noble– y se sirve de esa impostura para medrar en sociedad y obtener el favor de las damas haciendo del engaño el eje de su vida. En realidad, este estafador construye todo su armamento de corrupción y corruptor sobre la ilusión de una supuesta fortuna erigida en Roma sobre obsequios amañados. El contexto argumental, que le debe mucho al de las comedias eruditas italianas, pone de relieve la condición novelesca de las hazañas fraudulentas de Luzmán, tesis que aparece mencionada de manera explícita cuando, por ejemplo, los hechos del caballero del milagro son considerados como “novela”: es decir, inspirados en un libros italianos. Otro ejemplo lo encontramos en el don Lope de la comedia de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo El galán tramposo y pobre (h. 1620). Se trata de un personaje donjuanesco y tramposo, muy metateatral, asexuado, vengador de los hombres y hasta prostituido. Don Lope aspira a un casamiento noble y finge ser el primo de gente de prosapia a los que utiliza, hasta que al final es descubierto y forzado a casarse con una esclava.

El embaucador

En Inglaterra, Daniel Defoe ofrece en Moll Flanders (1722) un magnífico paradigma femenino de la embaucadora, el de una joven que quiere ascender en la escala social a través del maridaje con sucesivos cónyuges hasta que culmina su escalada en las Américas. En Francia y en el siglo siguiente también aparece la literatura de la estafa con Rojo y Negro (Le Rouge et le Noir, 1830), novela de Stendhal que recoge el sentimiento de muchos de los hijos de las revoluciones que se produjeron en el siglo XVIII y vieron cómo fracasaron tras la derrota de Napoleón. El paradigma lo representa Julien Sorel, que recurre a la carrera eclesiástica, sin vocación ninguna, con el fin de acercarse a la nobleza para aprovecharse de ella. Sorel, que se cree designado para desempeñar las más altas responsabilidades, no asume jamás que no es sino un plébéin revolté. En esta línea, en 1840 Balzac –de clara vocación objetivista frente al realismo romántico de Stendhal– estrena la obra en tres actos de El especulador (Le Faiseur), un retrato cómico casi a manera científica del tejido social de la Francia más codiciosa en la que el especulador Mercadet –el “alquimista” que consigue algo de la nada, como los de Ben Jonson– consigue atraer sobre sí la riqueza a golpe bursátil. Como señala Roland Barthes en sus Ensayos críticos, “La nada aquí incluso es más que nada, es un vacío positivo de dinero, es el agujero que tiene todos los caracteres de la existencia: la deuda. […] Le Faiseur como obra teatral, como duración dramática, es una serie de frenéticos movimientos destinados a emerger de la deuda, a romper la prisión infernal del vacío monetario. Mercadet es un hombre que pone en juego todos sus recursos […] por una especie de ejercicio dionisíaco de la creación.” Balzac pone en marcha en esta obra y de manera magistral la alquimia literaria de la empresa fraudulenta.

El timador

Ya en el cambio de siglo, en el drama El marqués de Keith (1901) el alemán Frank Wedekind –anticipador del expresionismo– un pseudo-marqués, prototipo del timador lascivo, se sirve de la añagaza de instituir fundaciones fraudulentas malversando el dinero de los acreedores pues el mundo para él “es una bestia condenadamente astuta”. Wedekind, que había trabajado en la revista Simplicissimus editada en Múnich, fue acusado, por sus escritos, de alta traición contra Guillermo II y tuvo que exiliarse en Zúrich y en París, aunque regresó a la principal ciudad de Suiza para ponerse a disposición judicial hasta que en 1901 fue puesto en libertad y agobiado por la falta de dinero, trabajó como actor y cantante en el cabaret de “Los once verdugos” de Múnich, donde escribió esta obra sobre la mentira como medio de ascenso social, incluso cuando todo está perdido. El arreglo económico a la desesperada constituye siempre la última y “mejor” opción para este corrupto individuo, trasunto y resumen de los tipos sociales que conoció Wedekind en sus experiencias con el hampa y los bajos fondos de la Alemania de entre siglos. Por su parte, el también germano Carl Zuckmayer –el que primero redactó el borrador del guión de El ángel azul (1930), de Von Sternberg, basándose en la adaptación de El profesor Unrat, de Heinrich Mann–, en su exitosa comedia El capitán de Köpenick retrata magistralmente al zapatero y ex convicto Wilhelm Voigt, un impostor que verdaderamente existió y que cambió el cuero, las suelas y los clavos por el uniforme militar de un capitán prusiano, con el fin de “confiscar” más de 4.000 marcos de los fondos del Ayuntamiento de Köpenick, al este de Berlín. Al igual que Wedekind, tras esta fechoría también fue perdonado por el káiser Guillermo II, en 1908. Al igual que los ciudadanos estafados por él, Voigt amaba los uniformes y a los militares del Imperio Alemán que acabó en 1918, con la abdicación del káiser tras la Primera Guerra Mundial. También Whilhelm Schäfer en 1930 publicó en forma de novela la historia del zapatero farsante que busca atracar el consistorio local.

Manipuladores y farsantes

En los Estados Unidos también encontramos algunas muestras magistrales de manipuladores y farsantes. Así destacan la novela Elmer Gantry (1927), de Sinclair Lewis, y la comedia The Rainmaker (estrenada en la NBC en 1953), del dramaturgo N. Richard Nash, curiosamente interpretadas ambas por Burt Lancaster en sus respectivas versiones cinematográficas. En la primera es un rijoso predicador que ve en la religión evangélica el negocio perfecto y se sirve de la fe de los feligreses para enriquecer sus bolsillos… hasta que un periodista logra desenmascararlo. Con The Rainmaker, el engaño se aprovecha de las necesidades del campesinado: Starbuck, el timador, hace creer a los labradores de los agostados pueblos del sur de los Estados Unidos que los molinillos de viento que vende poseen la propiedad de alejar los tornados. Precisamente consigue estafar a una paupérrima y desesperada familia de ignorantes, a cuya hija solterona seduce.

La constante más importante de todos estos argumentos es que el embaucador es finalmente descubierto y castigado. En España, en los últimos años, también los estafadores y, sobre todo, los corruptos y sus devastadores efectos sobre la ciudadanía han despertado la atención de los novelistas. Vemos así cómo de una visión romántica se ha pasado hacia otra descarnada, incluso estilísticamente, casi a manera de atestado policial propio del género negro.

La excelente novela de Rafael Chirbes, Crematorio, (Anagrama, 2007), ha sido una de las primeras, en los últimos tiempos, en dibujar el escenario de la corrupción española y del maridaje pervertido entre los políticos y los constructores –la familia Bertomeu– a través de un retrato de sus soliloquios y recuerdos, de sus remordimientos, disparados tras el fallecimiento del menor de los Bertomeu, factótum del imperio de la construcción. En su trama, papeles relevantes poseen tanto los medios de comunicación como la continua confrontación darwiniana y a muerte de dos familias del ladrillo que quieren hacerse con el control de la lucrativa y turbia empresa.

Corrupción de lo público

Más recientemente José Vaccaro, autor de la denominada por la crítica “novela definitiva sobre la especulación urbanística”, Catalonia Paradis (Neverland, 2011), recoge en este estremecedor documento presentado bajo el envoltorio de la ficción su experiencia durante años en la Administración pública como urbanista. Su trama criminal gira en torno a la recalificación de terrenos sobre un área metropolitana de Barcelona –la aeroportuaria– de 300 hectáreas que cambian su actual calificación urbanística para poder edificar unas 20.000 vivienda, lo que genera unos beneficios del orden de 5.000 millones de euros que necesitan el apoyo de los estamentos políticos para poder llevarse a cabo. Con la actual norma legislativa urbanística, es necesario que exista una concomitancia del promotor privado con los diferentes organismos autonómicos –con el director general de urbanismo de la Generalitat– y municipales para que esa especulación sea posible. Destaca Vaccaro la figura del conseguidor, el único capaz de conseguir lo que el promotor desea obtener; es un “facilitador” de corrupciones que lleva “bocadillos”, paquetes de 500 euros envueltos en periódicos o en plástico con una goma elástica y que terminan en las cuentas de los protagonistas de la trama, en distintos paraísos fiscales. El propio Vaccaro, en su día uno de los agentes del urbanismo barcelonés, solicitó la excedencia voluntaria por las presiones.

A partir de esta trama, Vaccaro desliza su estilete por entre los pliegues y oscuridades de la sociedad catalana y la española, criticando, por ejemplo, la edificación en altura o “modelo Benidorm”, que se apoya, por ejemplo, en la banca de Andorra. Una pequeña joya que parte del testimonio personal, contada con un estilo realista, que pone el broche literario a un tema eterno: la bajeza moral de algunos individuos: los estafadores, los corruptos.©


David Felipe Arranz

Profesor de la Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación de la Universidad Carlos III


 

 

La corrupción en España

La corrupción en España

La corrupción ocupa de nuevo el segundo lugar en la lista de problemas de los españoles, detrás del paro, "Entender y combatir la corrupción en estos tiempos", "Corrupción (y) política", y firmas como la de Santiago Álvarez Cantalapiedra están recogidos en éste número.


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