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La Iglesia que queremos

Escrito por: Manuela Aguilera
Enero - Febrero 2010

La Iglesia que queremos no siempre es posible. Por una parte hay que contar con la flaqueza de los y las que nos llamamos creyentes y, por otra, contar con las dificultades que la misma Iglesia institucional genera. Todos estamos de acuerdo en que después del Concilio Vaticano II, a la Iglesia le compete afirmar su dimensión de pueblo de Dios, sacramento de salvación, signo de comunión... Pero la Iglesia sólo existe en configuraciones históricas concretas y para unos esa configuración debe ser como sociedad perfecta, jerárquica y con poder, tal como surgió desde el giro constantiniano, y para otros la Iglesia debe ser la de los pobres, servicial, con una concepción igualitaria, de comunión y pueblo de Dios. Es decir, que coexisten una visión de la Iglesia (la visión más institucional) que considera que su misión es de servicio a la salvación trascendente y espiritual y otra más abarcadora que considera que su misión es la de servir a una salvación más integral, también histórica, social y corporal.

Lo cierto es que entre los ciudadanos europeos y españoles la Iglesia no levanta pasiones, muy al contrario, en la mayoría de nuestros conciudadanos inspira indiferencia y rechazo, como así recogen las encuestas de opinión pública, sobre todo entre los jóvenes. Y frecuentemente escuchamos de aquellos que se encuentran “fuera” de la Iglesia e incluso de aquellos que se encuentran dentro pero en sus “márgenes” que la mayor objeción para ir a Dios la encuentran en su experiencia con la Iglesia…

La clásica y conocida dialéctica “Cristo sí, La Iglesia no” es ostentada de forma creciente por los llamados “cristianos no practicantes” o grupo de creyentes recientemente descrito con una expresión que ha hecho fortuna: “Creer sin pertenecer” (believing without belonging, G. Davie), que para algunos parece ser fruto de la secularización de nuestras sociedades, del fuerte individualismo, de un relativismo emergente..., pero que para otros puede tener su origen en el clima eclesial oficial actual que dificulta a muchos encontrar referentes claros que les haga sentirse parte de un mismo cuerpo, es decir, que les hace sentir “fuera de lugar”... Todo ello porque parece que la Iglesia institucional aún no ha encontrado el modo de relacionarse con la cultura actual de manera efectiva y evangélicamente identificada y no sabe salir de esa ruptura entre evangelio y cultura, que ya Pablo VI calificó como el gran “drama de nuestro tiempo”; Todo ello, también, porque muchos responsables eclesiales, ante los desafíos que hoy se le plantean a la Iglesia, reaccionan a la defensiva... Pero ¿de qué tienen miedo? 1 ¿Miedo a que se abran las ventanas y entre el vendaval del mundo en la Iglesia; de que se abandonen la disciplina, el orden y ese modo de ejercer la autoridad; de que los ideólogos de izquierdas puedan influir en el pensamiento teológico de forma peligrosa; de que el laicado emancipado y adulto tome la palabra; de que la mujer reclame y ejerza su dignidad en igualdad de hija de Dios en la comunidad eclesial; de que las estructuras democráticas -logro histórico definitivo- sean válidas y necesarias también en la comunidad cristiana; de que la curia, el Papa y los obispos pierdan influencia social; de que la Iglesia deje de ser una Institución poderosa?

 

Vivimos momentos de incertidumbre, desconcierto y desorientación que hieren la vida de la Iglesia. El mal-estar de la jerarquía y los grupos fundamentalistas católicos en el Estado laico y en una sociedad secularizada le hace perder pie. Los dirigentes eclesiales han tomado firmemente en sus manos las riendas y se esfuerzan en mantener un control que mitigue su inseguridad en medio de un ambiente que cambia rápidamente... El alejamiento occidental de la fe, la relación de las iglesias locales con la iglesia de Roma, el procedimiento de designación de obispos, la invisibilidad de la mujer en la iglesia, la situación de los divorciados y los sacerdotes secularizados, el rechazo a la democracia en su organización interna, el alejamiento del diálogo ecuménico, la fragmentación de las identidades, la marginación canónica del laicado del ámbito de las decisiones, y en España la obsesión por batallas secundarias perdidas como las clases de religión, las subvenciones estatales, las uniones homosexuales, etc., constituyen auténticas llagas abiertas por donde la Iglesia se desangra.

Pero ésta sigue siendo la Iglesia que a la vez amamos y nos duele. Esta y no otra es la que los católicos profesamos como misterio de salvación y sacramento de Jesús de Nazaret. Es en esta Iglesia donde se nos ha comunicado la vida de Dios, el perdón de los pecados, la pasión por la solidaridad, la promesa de fecundidad de la estéril, la necesidad y el regalo de amar a los pobres, el anhelo por construir la utopía del Reino… y hasta el deseo por “pelear” por una Iglesia diferente, con creatividad y terca esperanza.

Ojalá, por tanto, que nuestra Iglesia, y nosotros/ as en ella, recupere la sabiduría profética, samaritana, coherente y audaz de Jesús de Nazaret. La Iglesia ha de ser oxígeno, esperanza y buena noticia para la gente de la calle. Condenando no se salva hoy. ©

1. Vitoria F. Javier. No hay territorio comanche para Dios. Accesos a la experiencia cristiana de Dios. Ediciones HOAC, Madrid 2009.


Manuela Aguilera

Directora de la revista Crítica


 

 

La Iglesia que queremos

La Iglesia que queremos

¿Qué Iglesia es la que demanda la sociedad actual? El monográfico 965 de la revista Crítica intenta dar repuesta a esta pregunta, para lo que también se ha tratado sobre: Las raíces del anticlericalismo español; Católicos en el mundo; ¿Sigue vigente el concilio Vaticano II?; ¿Qué rechazan los que rechazan la Iglesia?; Laicos en la Iglesia y en la sociedad; Jóvenes e Iglesia; La Iglesia en los medios de comunicación; La mujer en la Iglesia, entre otros.


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