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Imágenes del dolor

Escrito por: Karina P. Trilles Calvo
Septiembre - Octubre 2012

Sin duda, el ser humano es una especie curiosa en su doble sentido de “digna de interés” y en cuanto incansablemente “husmeadora”. Este carácter buscador le ha permitido ir pergeñando un edificio científico-filosófico complejísimo –dificultad que redunda en mayor fragilidad– basado en verdades ora encontradas, ora construidas que “exigen” a la sabiduría adentrarse en una terra ignota que se le resiste testarudamente. Este proceso en apariencia tan lineal –y del que no nos apercibimos pues en él nacemos– está atravesado por una incongruencia ya que dicho constructo que persigue verdades circunda las cuatro obviedades básicas, a saber: que el ser humano nace, muere, es-con-el/lo-otro y siente dolor. La sencillez de estas afirmaciones hiere nuestra soberbia cognoscitiva y no resulta extraño que carezcan de interés para determinadas ciencias de vanguardia y sean esas “migajas” que se dejan para “entretener” a las disciplinas secundarias (entre ellas, la filosofía).

Nacer es un acto que nos trasciende ya que, propiamente hablando, nos nacen, escapa de nuestras manos el ser “hijo/a de X” y cualquier cuestionamiento es un a posteriori banal. Asunto bien diferente es la muerte, pues aunque estamos “condenados” a ella, nos negamos a incorporarla a nuestra cotidianeidad y no faltan retóricas que nos zafen de mentarla ni una amplia gama de productos/técnicas-“milagro” que nos hacen creer en que podemos burlarla. Esta pugna contra el hecho natural del óbito acontece en el seno de lo social, i.e., en el estar- con-el-otro ser humano sin cuya presencia no seríamos lo que somos en la medida en que su mirada nos modela al tiempo que la mía hace lo propio con su ser. Nuestra vida es como una rúa empedrada en el que cada uno coloca un adoquín creando un hueco para que el otro deje el suyo. Y en esta calle de doble sentido nos topamos con el dolor, bien en su forma física, bien en su modo afectivo (la pena), quejidos y suspiros con los que tendremos que habérnoslas conjuntamente. Pero, ¿cómo podemos saber de aquéllos?, ¿cómo los compartimos si parecen lo más íntimo?, ¿cómo los reconocemos allende nuestra piel? Las siguientes líneas intentarán desentrañar cuanto menos la punta de este profundo iceberg.

Experiencia originaria y cotidiana

El dolor nos acompaña desde que nacemos, primero como medio de reclamar lo que nos asegura la supervivencia (el llanto de hambre del lactante, el de sus varias incomodidades, etc.), luego como manifestación de una causa objetiva que permite sortear peligros. Por debajo del amplísimo abanico de su presentación, lo fundamental es que yo siento dolor, “me duele X”, una vivencia en primera persona que confiere existencia indubitable a lo experimentado. En ese instante, el sufrimiento me apresa, succiona mi mundo y quiebra el previo “estar-a-gusto” en el que la tranquilidad campaba a sus anchas, el cuerpo dialogaba en silencio con el entorno… El “mal-estar” se apodera de mí y es entonces que me apercibo del “bien-estar” anterior al que deseo volver. Para ello retomo de mi bagaje cultural los movimientos de reparación del daño causado así como echo mano de panaceas para que eso que me sobra (la molestia) o para que lo que me falta (lo “apenante”) se volatilicen y vuelva a ser dueña de mi vida en paz. Esta experiencia originaria y cotidiana es el fundamento de uno de los múltiples modos de abrirse a otro ser humano y de comprender-nos porque sólo si yo he experimentado en mis carnes el dolor y se me han abierto las entrañas de pena, entonces la persona que me acompaña deviene un individuo capaz de sufrimiento.

“Me duele”. El derredor se escurre por el sumidero abierto por tan simple afirmación; el pensamiento enmudece, cede todo su espacio a la vivencia… ¿Le pasa lo mismo al otro? Sinceramente, esta cuestión merece como respuesta otra pregunta: ¿por qué no? El ser con el que convivo –en el amplio sentido de lo social– es igual de humano que yo y ni tengo por qué suponerme sublime ni a él un engendro espurio. Somos iguales y no he de hacer ninguna regla de 3 para anexarle un dolor, una pena. Ahí está, ante mis ojos. El problema que surge aquí no es intentar otorgarle al otro la “humanidad”, sino el cómo reconocer su sufrimiento. La cuestión es, pues, cómo sé que siente dolor si la vivencia es, por definición, en primera persona y él no es yo. La respuesta es compleja ya que en ella se entreveran la pertenencia a una cultura concreta y la empatía. Del aprendizaje de su buena mezcla dependerá en gran medida el éxito de la comprensión entre los seres humanos, esa que hoy día parece flaquear.

Los esquemas culturales

Desde el instante en el que somos alumbrados hasta nuestro entierro e, incluso después de este luctuoso momento en tanto permanecemos en la memoria de otros, habitamos en una cultura determinada. Esta placenta vital contiene las costumbres heredadas así como los mecanismos para su potencial actualización. Esta capa consuetudinaria originaria incluye la huella del ser ajeno en cuanto forjador de ese pretérito retomado y en tanto que capaz de marcar esa diferencia que dé paso a un cambio radical –por ejemplo, la @– o a una transformación pausada –v.g., la nueva consideración de los padres y su tuteo–. Estas variaciones se van depositando en dicho sedimento que es enseñado mediante mecanismos (la pregunta, la observación), dispositivos (la imagen, el lenguaje) e instituciones (familia, colegio) que convierten al bebé “silvestre” en un ser humano capaz de convivir con otros en el seno de una sociedad y de comprenderlos porque todos han sido inoculados con idénticos esquemas culturales. Son hijos de un mismo modo por el que se concibe, se siente y se actúa en la realidad. Esta base común transmitida es a la que se recurre para entender lo que se percibe mediante los sentidos, comprensión apoyada por nuestras vivencias en primera persona que nos proporcionan un saber de sí que no es factible obtener de otro modo. Así sucede en el caso del dolor. Cuando era niña que comenzaba a parlotear, me dolió algo que aún no sabía denominar y, acompañando al llanto y al dedo señalizador, mi madre me proporcionó una palabra para designar esa sensación (“pupa”) y otra para concretar el ubi corporal del daño (“tripa”). Desde ese momento, el “pupa tripa” fue mi medio de dar a conocer mi molestia a los otros y recibir sus cuidados. Pero también fue uno de los primeros instrumentos para saber qué les pasaba. Cuando veía determinados gestos en una persona, infante o no, mi tendencia era proyectar en ella ese “pupa tripa” e imitar lo que mi madre hacía para que el dolor se esfumase. Conforme el espectro comunicativo se amplió, el daño enriqueció sus matices, lo que redundó en una mejor comprensión del otro ser humano, en especial de aquellos que el corsé cultural me hacía considerar como mis iguales. Entre nosotros se estableció un intercambio/contagio de dolores, su reconocimiento puesto que se ofrecían mediante un comportamiento similar en todas las ocasiones y concordante con los prototipos culturales que nos iban siendo mostrados. Desde la aprehensión directa de la vivencia de mi dolor llevé a cabo la proyección al otro y, a partir de este escalón, me lancé a la interpretación de lo que le sucedía a mis “amiguitos”, hermenéutica que no funcionaba en el caso de los adultos que parecían marcianos sacados de los tebeos (¡si hasta lo ocultaban!). Entre nosotros comenzamos a jugar con lo cultural y, con algunas de las herramientas proporcionadas por padres, educadores, etc., fuimos aprendiendo qué le pasaba al otro a través del cómo lo mostraba. El llanto hiriente, la mueca retorcida, tocarse la parte dañada y aceptar los cuidados de sus conocidos se convirtieron en “le duele”. Estas primeras experiencias con el daño reforzadas por la enseñanza (no exenta de manipulación) de los patrones básicos de lo que cabía considerar “dolor” y de lo que era pura patraña, nos convirtieron en adolescentes aleccionados. Dichos prototipos eran muy concretos, pues se nos ofrecían ejemplificados en personas con rasgos convenientemente elegidos como representativos de una época y de un sentimiento que cabía imitar. No todo ni todos valían. Del “me duele” pasé al “le duele”, al “así debe doler” y, finalmente, al “a este le duele y merece ser atendido”. El cuidado que de pequeña ofrecía a todo aquel al que transfería mi “pupa tripa” se fue restringiendo a las personas a las que mi cultura confería dignidad. Así, el niño rico poco caso hacía del pobre, el blanco del negro, el chico de la chica… El medio de transmisión por excelencia revela su lado oscuro en tanto peligroso método de selección, de inclusión-exclusión con el que hay que lidiar para no caer en la inhumanidad.

Estereotipos del “dolor digno”

En la edad adulta hemos hecho nuestros los estereotipos culturales del dolor digno –la madre desgarrada con el hijo herido en brazos, el atleta lesionado en competición…– y asimilamos los que se han ido añadiendo o complicando. De ellos hacemos un doble uso pues, por un lado, me sirven para llamar la atención del otro porque yo ya vivo en mi padecer y he de darlo a conocer. Por otra parte, recurro a aquéllos para categorizar su comportamiento como un “le duele” (o “está triste”), una aprehensión que, pese a ser algo externo (i.e., allende mi piel), en nada se parece a la percepción de una cosa cualquiera. A ésta la capto mediante perfiles que aúno en una síntesis práctica forjada con los años y la curiosidad. Sin embargo, la conducta ajena la comprendo globalmente y de golpe: el dolor es eso que veo y punto. Cualquier cambio respecto de lo tipificado como habitual no es un escorzo perceptivo más, sino una variedad nueva que cabe tener en cuenta. Continuamente aprendo a decir mi dolor, a escuchar el ajeno y el otro debe hacer lo propio porque este mundo es un ser-a-dos/varios que se nutre a la par que alimenta este intercambio sin el cual seríamos árboles sin raíces prontos a secar.

La vida sigue y ahora le he prestado a mi hijo el “pupa tripa” con el que ha iniciado su propia comprensión del extraño. Cuando oye a un pequeño llorar, se acerca intentando consolarle, tendencia que antaño se dejaba de-sarrollar y que en el presente cortamos por miedo a que no sea bienvenida. El poso cultural ha cambiado, ha surgido el temor a las respuestas del otro debido a la labilidad entre las causas y sus mostraciones de manera que lo expresado por la conducta se ha tornado incierto. El “diccionario” de léxico corporal ha sido actualizado y hemos inyectado en nuestros descendientes la desconfianza hacia sus otros, lo que ha modificado su comportamiento y, circularmente, ha transformado también la conducta ajena. Fijémonos sin más en una escena de un parque infantil, ahora pequeño tatami en el que los niños se entretienen sin perderlos de vista y sin que ellos hagan lo propio. En este espacio, uno se cae y llora. Mi hijo se acerca un poco, i.e., no se abalanza para ayudarlo como lo hacíamos hace apenas veinte años, sino que espera la presencia de un adulto o mi mirada aprobadora para atenderle, visto bueno que daré si mi análisis me ofrece garantías de que no será rechazado. Se agacha, observa y recurre a un “mayor” para que le socorra, cediendo así su responsabilidad porque su autonomía es menor a la mía pese a ser un niño de la libertad. Sabe como yo que el otro se ha hecho daño, lo siente, pero tras un periodo (cada vez más corto) en el que le presta atención, continúa su juego como si nada. El “le duele” se ha relativizado, se ha dejado en manos ajenas que se ocuparán de él. Mi hijo (y los que no lo son) ha comprendido antes que yo (y que mis coetáneos) que la vida es su vivencia, que el otro tiene su lugar, pero que el punto focal es la primera persona. ¿Es más egoísta? Si por tal entendemos que da suma importancia al “yo”, sí, pero si dicho valor es el eco de la protección a la inflación de lo ajeno, entonces no. Su generación está sometida al bombardeo de imágenes del otro, retratos del sufrimiento ajeno que acaban por cegar al que las ve: una persona sufriente que sabe del dolor extraño, pero con lindes en su padecer para salvaguardar su propia salud.

Empatía y aprendizaje del dolor

Lo aseverado hasta el momento es valido si y sólo si va acompañado de la “empatía”, concepto especializado que ha tenido la fortuna de asentarse en el lenguaje cotidiano. Pero, ¿realmente sabemos su sentido? Varias son las definiciones aportadas en los siglos que lleva rulando, pero con él únicamente nos referiremos a la capacidad afectiva de ponerse en lugar del otro, de padecer-con y de actuar en consecuencia. Cabe realizar aquí algunas matizaciones. Por un lado, este término no sirve para confirmar el ser ajeno porque, como dijimos, el otro ya está ahí y no ha lugar demostrar este hecho evidente que se tornó cuestionable con el solipsismo cartesiano. Por otra parte, es fundamental señalar su carácter afectivo, es decir, que la empatía no es el conocimiento peculiar de un alter ego en el marco de un yo trascendental, sino un sentimiento originario que hace su aparición al poco de nacer. Es más: cuando no aflora dicho afecto comienza a sospecharse de una posible anomalía (v.g., los “trastornos de espectro autista”) que rompe la intersubjetividad siempre supuesta. Estamos, pues, ante una facultad afectiva por la que yo puedo imaginarme en el lugar de mi prójimo y, en dicha medida, comprenderlo mejor, del mismo modo que él puede colocarse en mi posición y experimentar mi vivencia en sí. Cada uno de nosotros seguirá teniendo una visión en primera persona, pero ésta incluirá la experiencia de lo que el otro siente. Estamos ante una ampliación del yo que ahora abarca la perspectiva de su vecino, el cual le ha “contagiado” parte de su existencia sin anular ni la suya
ni la mía. En base a este “ser yo en otro”, el aprendizaje cultural de la dolencia tiene cabida, pero hay que tener cuidado porque si bien la empatía comienza ancha (véase la clase de una guardería), la enseñanza de los estereotipos la recorta y la reduce al semejante-semejante.

Hemos de educar, mimar la empatía para que su valencia permita que el llanto de otro ser humano diferente nos afecte del mismo modo que el del compañero de trabajo al que nunca he saludado, mas que, según me han enseñado, pertenece a mi mundo. La malla cultural que nos atrapa a ambos ha de garantizar esta apertura para que la humanidad del ser humano no se desdibuje como pisadas en la orilla de una playa. Advertido queda… quien se deje.©


Karina P. Trilles Calvo

Profesora de Filosofía ( Universidad de Castilla - La Mancha)


 

 

Comprender el dolor

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La ayuda en situaciones de catástrofe, el manejo emocional ante el dolor ajeno, el dolor en las grandes religiones, la representación del dolor en el cine, en definitiva, un mosaico de perspectivas con las que pretendemos comprender el dolor.


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