24Septiembre2022

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Modernidad y transmodernidad: Hacia una mirada sobre la mujer y los valores femeninos

Escrito por: María Novo
Marzo - Abril 2012

 La Modernidad es el escenario en el que se desarrolla con mayor fuerza el proceso emancipador de las mujeres, verdaderas resistentes, pioneras en la lucha por hacer el planeta más equitativo y habitable. Ellas anticipan muchos de los valores del actual pensamiento transmoderno, valores que, denominados tradicionalmente “femeninos”, hablan de la no violencia, del cuidado de la naturaleza y de lo pequeño, de la comunicación..., y se han convertido en propuestas morales que alcanzan a hombres y mujeres para la construcción de un planeta más equilibrado ecológica y socialmente.

¿Qué paradigma rige la sociedad patriarcal?

Históricamente, el paradigma patriarcal ha sido antropocéntrico y, consecuentemente, androcéntrico. Ha estado basado en la idea de dominio, que unas veces se ha explicitado como dominio a la naturaleza y otras como dominio de unos seres humanos por otros, en el caso que nos ocupa de los hombres sobre las mujeres.

A lo largo de nuestra historia, hay un gran paralelismo en la consideración cultural que se da a la naturaleza y la que se adjudica a la mujeres: sus trabajos se entienden como “improductivos” en el sentido clásico, porque consisten básicamente en producir y reproducir vida, tareas ambas consideradas pasivas, desde un extraño planteamiento que identifica “pasividad” con “no agresividad”, una de las muchas señas de identidad de lo moderno.

Tradicionalmente, el trabajo de las mujeres ha tendido de forma generalizada a satisfacer las necesidades básicas de la existencia humana. Esto comprende desde la producción de alimentos hasta el trabajo doméstico, tareas que, mayoritariamente, se realizan en el marco del hogar y de las comunidades (Mellor 2002).

Pero el modo de producción del trabajo doméstico produce valores de uso que se consumen en la familia y no pueden ser vendidos en el mercado (no toman la forma de mercancías). Tradicionalmente (y todavía hoy en muchas culturas) las mujeres han tenido y tienen, consecuentemente, muchas menos posibilidades que los hombres para convertir su trabajo en ingresos, los ingresos en capacidad de elección, y la capacidad de elección en bienestar personal (Kabeer 1999).

Mujer y Naturaleza: las grandes invisibles

Las condiciones sociales y de desarrollo de la sociedad moderna determinan así la invisibilidad de la naturaleza y de la mujer, fundamentalmente, en este segundo caso, en lo que respecta al trabajo femenino no asalariado, a las actividades de reproducción y cuidado de la vida. Ello se produce, seguramente, porque las prestaciones que una y otras ofrecen no producen unas plus valías inmediatas y se concretan, en gran parte, en los trabajos de cuidados, bienes intangibles y valores que no cotizan en bolsa.

En lo que respecta a la naturaleza, cuanto más efectivamente se mantienen los ciclos vitales, como procesos ecológicos esenciales, más invisibles se tornan. Como afirma Vandana Shiva (1995), la alteración es violenta y visible; el equilibrio y la armonía se experimentan, no se ven.

La invisibilidad de ambas, en el marco de la racionalidad instrumental propia del pensamiento moderno, las conduce, de facto, a una cierta reificación, en el sentido de que tanto la naturaleza como la mujer son contempladas como objetos subordinados a los intereses que, en la sociedad patriarcal, definen los hombres: explotación de los recursos, transformación del medio natural, organización de la vida en las fábricas y las empresas, acceso a los puestos directivos en la política y la Administración del Estado, y adjudicación de valor a los trabajos que tienen lugar en el ámbito del hogar y a quienes los ejecutan.

El panorama que nos ha legado este comportamiento es muy preocupante. Aunque en el Norte del planeta la situación ha cambiado bastante, contemplado en términos generales ofrece datos que obligan a reflexionar: de los más de 1.000 millones de personas que viven con menos de un dólar diario en el mundo, alrededor del 70% son mujeres, privadas no sólo del acceso a los recursos que se deriva de su condición económica, sino también, en muchos casos, sufriendo la doble discriminación que les niega el acceso a la educación (también el 70% de los analfabetos del mundo son mujeres) y a las decisiones en la comunidad, en función de su condición femenina.1

Invisibles, y tanto, naturaleza y mujer se ven así afectadas por una cultura patriarcal de dominio ante la cual conviene recordar, con Habermas, que la consideración de la primera como sujeto, como una “naturaleza fraternal”, exige ver a “los otros” (también a la mujer) igualmente en su calidad de sujetos, es decir, dotarles de visibilidad (Habermas 1984).

Lo moderno tambien es etnocéntrico

El paradigma reinante es, en estos siglos, marcadamente etnocéntrico. Se basa en el dominio de Occidente y de la forma de ver el mundo occidental sobre el resto del planeta. Y se afianza sobre una ilusión: la reproducción de Occidente por el Occidente mismo (Sinaceur 1984). También en una pasión un tanto viajera: conocer el mundo, nombrarlo (apropiarse de él) y regresar a casa. Esta es una pasión típicamente masculina, ligada al macrocosmos, frente a la pasión femenina, generalmente más ligada al microcosmos, en la que prima sobre la visión general una visión particular: ver “nuestro” mundo, nombrarlo (ser de él, hacernos parte de él) y vivir en solidaridad con cuanto nos rodea.

Este afán de conocimiento/apropiación del mundo, característico del hombre blanco occidental, toma forma, en nuestra Modernidad, en el modelo ilustrado de la lógica de la razón, un modelo que, si bien inicialmente fue liberador respecto de los mitos religiosos, en su devenir cayó en el exceso de creer que todo se reduce, finalmente, a una cuestión epistemológica: que la vida es, esencialmente, un objeto de conocimiento (más que una ocasión para el sentimiento, la experiencia, la compasión…), que conocer ya es amar; concluyendo en una idea y una práctica que recorren nuestro tiempo: el conocimiento como poder.

¿Cómo contempla la visión patriarcal moderna a la mujer?

Con los riesgos que tiene toda generalización, parece posible afirmar que, en este escenario, la mujer es percibida esencialmente como objeto del discurso. Se la contempla con una mirada desde fuera que, al igual que sucede con la naturaleza, es una mirada colonizadora.

Socialmente, la dedicación generalizada de las mujeres a la reproducción y producción doméstica, ha reducido la capacidad de disponer de sus capacidades para dirigirlas al trabajo remunerado, de modo que, cuando las mujeres desempeñan el trabajo doméstico de forma exclusiva, acceden a los recursos por medio de otra persona, lo que hace que se las vea como un colectivo “improductivo” y dependiente, pese a la carga de trabajo que soportan. Pero, con demasiada frecuencia, aquellas otras que optan por realizar además una actividad en la esfera mercantil tienen que soportar la presión que supone el desempeño de la doble función. Todo ello hace que, tanto la dependencia económica como la presión funcional que supone la doble tarea, representen una amenaza para su autonomía personal (Frau 2001) y una dificultad añadida para que su actividad sea percibida adecuadamente desde el mundo masculino.

La resistencia femenina y los esfuerzos de tantas y tantas mujeres para cambiar el estado de la cuestión han logrado que la sociedad patriarcal aceptase lo que aparentemente es un estatus de igualdad en el campo socio-laboral pero que, visto más sutilmente, resulta ser tan sólo la incorporación de la mujer a un mundo de valores y prácticas masculinos (tanto en las ofertas a las que se puede acceder en el empleo, como en los aspectos proyectuales, en los horarios, en los valores que priman en las empresas…). La situación nos lleva a una pregunta: ¿Es coherente con la utopía femenina una liberación del “segundo sexo” producida al precio de parecerse al “primero”…?2

Está claro que queda mucho camino por recorrer. Las mujeres hemos conquistado un espacio, hemos ocupado un “nicho ecológico” en un mundo regido por la lógica masculina, pero tenemos pendiente la redefinición de las reglas del juego y, lo que es muy importante, la conquista del tiempo, la posibilidad de vivir y proyectar la vida en tiempos largos, circulares, más cercanos a la lógica de la naturaleza. Tiempos para relacionarnos en una escucha compartida, tiempos en los que pueda florecer el diálogo, el silencio… los bienes relacionales que se producen sin costo alguno y son tan placenteros.

Un nuevo paradigma se abre paso

En el momento presente, lo característico del modelo femenino no es ya, en múltiples contextos, su frontal oposición al masculino, sino precisamente el ser parte de otra forma de comprensión del mundo que se está abriendo paso, de un nuevo paradigma emergente en el que los elementos aparentemente contrarios (orden/ desorden, fuerte/débil, masculino/femenino…) no son vistos como antagónicos sino como complementarios. Estamos en el marco de una forma compleja de aproximarse a la realidad, incluso de intentar cambiarla.

Al mismo tiempo, una elemental visión sistémica del problema nos indica que allí donde existen colectivos o grupos masculinos que aceptan el nuevo paradigma de corte holístico, la consideración de lo femenino cambia de inmediato, y ello permite –debe propiciar- otros cambios en el sistema: encuentros y reconstrucciones globales que tomen como referencia esa nueva masculinidad y, consecuentemente, conduzcan al diálogo necesario sobre roles y valores que afecta a ambos géneros.

Porque el cambio que se plantea desde muchas instancias femeninas, en este tránsito de lo moderno a lo transmoderno, es precisamente una propuesta de reconstrucción social compartida entre hombres y mujeres, eso sí, en base a unos valores que son los que, tradicionalmente, han sido catalogados como “valores femeninos”, y que tienen tanto de revolucionario como lo es la nueva ciencia emergente que, a lo largo del siglo XX, revolucionó su propio campo y resituó dentro de sus límites a la ciencia positiva.

El reto del siglo XXI es corregir los excesos de una Modernidad que está enferma de dominio, de economicismo, de desequilibrios humanos, de destrozo ecológico, de dolor social… En ese papel corrector y reequilibrador se plantean los valores femeninos como unos valores accesibles a todos, capaces de reconducir a un mundo que ha perdido la cordura hacia caminos de vida más amables para toda la humanidad.

La mujer como sujeto

Históricamente, el modo en que se ha ido construyendo socialmente la categoría de “lo femenino”, ha identificado a la mujer, a la complejidad de su mirada, con el caos, y ha hecho que las mujeres fuesen rechazadas en muchas culturas como “poco racionales”. Hoy, por fortuna, comienza a comprenderse que estos planteamientos trascienden las posiciones de género y pertenecen a los hombres y mujeres que se han negado a ver el mundo con los ojos de la ciencia reduccionista.

En el momento presente, desde el colectivo masculino se aboga, en muchos casos, por un nuevo paradigma en el cual el desorden aparece como fuente de orden, en el que una racionalidad post-cartesiana contesta a los modelos mecanicistas y racionalistas del mundo… Ahí situados, la utopía femenina viene a coincidir con el momento de expansión de la nueva ciencia, del pensamiento complejo, de la aproximación a la vida desde modelos que integran mente y cuerpo, razón y sentimiento. Eso sitúa codo a codo al colectivo femenino con muchos colectivos masculinos que cuestionan el viejo modelo patriarcal de la Modernidad. Se hace posible entonces un encuentro que, más allá de las categorías masculino/femenino, en tanto que categorías construidas socialmente, da cabida a nuevas formas de sentirnos y de estar en el mundo como sujetos… En ese escenario podemos explorar, sin simplificaciones, el camino que la utopía nos trazó tiempo atrás para guiarnos.

Y es así y ahora, desde estos planteamientos, como la utopía femenina se hace parte de un proyecto transmoderno al que están llamados hombres y mujeres. Un proyecto cuya razón esencial de ser es dominar el dominio (Morin 1984), y que se puede identificar por algunos rasgos básicos:

  • Por ser una propuesta para mirar el mundo desde las orillas y romper con la visión central y jerarquizada del viejo paradigma patriarcal.
  • Por abrazar la cultura de la diferencia, superadora de la cultura de la homogeneización.
  • Por plantear, frente a la mirada hegemónica, la mirada fracturada, recordando a Nietszche: “la realidad es una cascada de realidades”
  • Por pasar del predominio de la historia construida por otros al valor de “las historias” que se construyen.
  • Por relativizar la cultura del éxito y abrazar la cultura de la felicidad.
  • Por rescatar el valor de lo pequeño, de lo descentralizado, frente al poder de lo grande.
  • Por ser la ocasión para que los sujetos “que nombran el mundo” sean también las minorías (mujeres, pobres, homosexuales…) que toman la palabra.
  • Por favorecer el paso desde una mirada unifocal hacia las miradas divergentes, lo que supone un cambio de enfoque, una apertura al pensamiento lateral: ver el mundo desde otros puntos de observación.
  • Por permitirnos entender que la vida no es “un problema” que hay que ordenar, sino algo complejo, sujeto a relaciones de orden/desorden.
  • Por integrar el pensamiento lógico con el intuitivo y el artístico, lo que permite poner en juego y relacionar distintos planos de significación, incorporar sinergias, realimentaciones, a nuestro modo de interpretar el mundo y estar en él.
  • Finalmente, el pensamiento transmoderno, impulsado por los llamados tradicionalmente “valores femeninos”, nos enseña que la vida no es un viaje hacia puertos identificables, un viaje que sigue una secuencia lineal, sino que la vida es, esencialmente, un proceso cuya única finalidad es la vida misma, demasiado circular y compleja como para ser apresada en un mapa, una teoría, o un proyecto.©

Notas

1. No olvidemos que en la Declaración del Milenio, suscrita por Naciones Unidas en 2000, como planteamiento de metas para el siglo XXI, uno de los apartados recuerda la necesidad de “igualar a las niñas con los niños en la escuela primaria”, como objetivo a cubrir ¡para el año 2015!... Esto da idea de la gravedad del problema en numerosos países.
2. Ver De Beauvoir, S. (1970) El segundo sexo, Siglo XX, Buenos Aires.


María Novo

Titular de la Cátedra UNESCO de Educación Ambiental de la UNED

Escritora y artista plástica


 

 

Iconos femeninos de nuestro tiempo

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El artículo marco de este monográfico es “El feminismo hoy”, punto de partida para ahondar en el conocimiento de la mujeres que han destacado en el campo del saber y de la cultura. Haciendo un repaso de todos aquellos iconos femeninos de la literatura, la ciencia y la investigación, en el cine y la publicidad, mujeres en el poder, la educación, el deporte, la poesía y la religión.


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