24Septiembre2022

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Iconos femeninos en la educación

Escrito por: Consuelo Flecha García
Marzo - Abril 2012

La multiplicidad de iconos con los que se pretende atraer nuestra atención y poner a prueba nuestra voluntad en las sociedades actuales: iconos de la moda, de la canción, del arte, de la riqueza, del éxito, del poder, de las ideologías, de las profesiones, del ocio, y tantos más, han quitado transcendencia a eso más grande a lo que debería conducir la imagen o el signo con que se nos muestran, a lo que buscan representar y a lo que significan. La admiración que saben inspirarnos, la cercanía que produce su simbolismo, y la posibilidad de sopesar el elegirlos como camino para conmover una parte de nuestro interior y de nuestras decisiones, hace que, además de imponerse a nuestra mirada, reclamen adhesión y conformidad.

No sé si podemos considerar como uno de los iconos culturales de nuestro tiempo la transformación que ha experimentado el mundo de las mujeres, su condición social, su identidad, el ritmo y las modalidades de su presencia en escenarios que no es fácil ya concebir sin la participación y hasta el protagonismo femenino. Pero es, sin duda, una realidad más expresiva que cualquier otra imagen, la cual no deja de avisarnos de que quizás sea inteligente vivir este presente ineludible de modificaciones como lugar estratégico del futuro. Porque una toma de postura así nos llevará a percibir la necesidad de aprendizajes de vida que no se conformen con la lectura apresurada de los hechos, sino que calcule el beneficio de unos cambios que afectan al estilo de las relaciones, al contenido de las certezas, a la orientación de los proyectos personales y colectivos.

Compensar la desventaja

Y en este sentido, traigo a la consideración un asunto del que desde hace ya mucho tiempo venimos hablando; la feminización de determinados ámbitos sociales, especialmente dentro del mundo laboral, en los que se ha desencadenado una tendencia persistente de entrada de mujeres, paralela a la de un progresivo distanciamiento de los hombres. Miremos a la educación. Movimiento cargado de razones de carácter socioeconómico, pero que al mismo tiempo encierra significados y consecuencias simbólicas.

¿Cuántas veces hemos comentado los altos porcentajes de profesoras en educación infantil, primaria, secundaria y en el bachillerato, el mayor número y permanencia de alumnas en el sistema educativo –diez puntos por encima de los chicos a partir del segundo ciclo de ESO, incluida la universidad–, sus mejores calificaciones académicas? Afirmaciones apoyadas en los informes difundidos anualmente desde las administraciones educativas, en la observación de las dinámicas dentro de los centros y de las aulas, en el testimonio del profesorado y de las familias. Unos indicadores que no siempre son interpretados de manera unívoca porque producen con frecuencia efectos no deseados en la convivencia escolar. Por ejemplo, la escasez de referencias masculinas en que los alumnos se mueven y la mayor asertividad con que las alumnas actúan en las aulas y ante el estudio, provoca dudas sobre la conveniencia pedagógica de aumentar la presencia de profesores, o de distribuir a chicas y chicos en clases separadas para incentivar mejores rendimientos en ellos.

Son realidades que al irse consolidando reclaman un diagnóstico certero cuyos resultados ayudarán a entender por qué desde un origen muy desigual en el acceso a la escuela, y de un recorrido sesgado por los diferentes niveles de enseñanza, se ha llegado a una situación en la que puede aventurarse que las niñas y las jóvenes, sin memoria y conciencia de ello, estén queriendo compensar la desventaja de salida. Algunas de las claves que explican estas circunstancias tienen que ver con la constancia personal en el estudio y con un interés legítimo de aprovechar todas las ocasiones a su alcance. Y características semejantes pueden ser aplicadas también a la presencia de profesoras en los niveles de enseñanza obligatorios, donde siguen ganando espacios y reconocimiento a la tarea educadora que realizan.

Salvar los desajustes

Sin embargo, hay un debate recurrente sobre su implicación en responsabilidades directivas tanto en los centros de trabajo como en la administración educativa; sobre el modelo curricular que desarrollan en el aula; sobre el estilo pedagógico y las propuestas metodológicas que utilizan en su quehacer docente. Es importante reparar en estos aspectos pensando no sólo en si hay algo de específico en el modo de actuar por el hecho de ser mujeres, sino también y especialmente para saber si repercuten y cómo en el aprendizaje y en la educación de los chicos. Pero carecemos aún de análisis de campo sobre esta posible incidencia, sobre los efectos que produce. Y de igual modo son insuficientes los estudios centrados en las alumnas, que podrían contribuir a desvelar o a confirmar claves interesantes sobre su mejor adaptación a las dinámicas escolares que ponen de manifiesto curso tras curso. Unos comportamientos que no se circunscriben a España y a determinados sectores de la población, sino que superan fronteras nacionales y grupos sociales.

Pero sin embargo, son muchas las iniciativas abanderadas, las experiencias compartidas, las disposiciones legales y otros recursos utilizados desde hace años en los colegios, institutos y universidades, para que esta nutrida presencia de profesoras y de alumnas se afiance sin puntos de vista sesgados; buscando que la mayoría cuantitativa desencadene además dimensiones cualitativas. Son prácticas que se introducen a través de contenidos curriculares menos androcéntricos, de una propuesta de valores de respeto igualitario, del asumir hábitos y destrezas que ayudan a fortalecer la convivencia democrática.

Estos compromisos de actuación en los procesos educativos permiten salvar los desajustes entre la igualdad de oportunidades en la escolarización universal y las oportunidades para la igualdad que han de estar a disposición de cada estudiante de acuerdo con sus características individuales; también la diferencia sexual.

¿Olvidar la diferencia?

En el contexto concreto, aunque con ventanas a una realidad globalizada, en el que se atiende a la tarea de educar, conviene pensar en algunas cuestiones relativas a los límites que rodean ese significativo legado acumulado en el siglo XX.

Debemos preguntarnos si las profesoras sienten que sus palabras son escuchadas, que su larga experiencia en la tarea de educar es tenida en cuenta en los diagnósticos sobre el estado de la enseñanza, si sus análisis influyen en la toma de decisiones acerca de las mejoras que hay que incorporar al sistema educativo.

Debemos observar si son consideradas interlocutoras a las que se reconoce crédito cuando detectan, por ejemplo, un incómodo malestar en los alumnos a pesar de las innovaciones pedagógicas y metodológicas que, con esperanza y dedicación, se introducen en los planes de estudio. Propuestas que sí tienen éxito en las alumnas, lo que agudiza la sensación de que a la hora de hacer evaluaciones y de introducir reformas no se incide en la fuente del problema. ¿Por qué las chicas sí y los chicos no?

Debemos preguntarnos si el bagaje cultural que en las aulas se trabaja y se valora, incluye una imagen del mundo en el que han interactuado siempre mujeres y hombres; en el que han compartido el protagonismo en acciones y en saberes de los que no se puede prescindir sin merma de lo humano, en la formación de las generaciones jóvenes.

¿Por qué ese hueco en la propuesta formativa? Ha sido una consecuencia de la escolaridad generalizada de que disfrutamos y del paso de las aulas segregadas a mixtas. Las exigencias del horario escolar que no podía ser ampliado y la desigual valoración de unas asignaturas y otras, hizo que se incorporara a las alumnas a un currículo y a un imaginario social que había sido diseñado para chicos, en el que no había lugar para lo que se entendía como conocimientos y obligaciones femeninas. Se hizo la lectura de la igualdad interpretándola como homologación con lo masculino; sin ningún criterio de reciprocidad y consideración a la exigencia de autonomía personal que también afecta a los chicos en el presente y de cara a su futuro.

De esta manera, las alumnas se vieron conducidas a interiorizar las estrategias que regulan sus posibilidades de inclusión en el mundo masculino. Se sintieron obligadas a moverse en la paradoja de que sólo serían admitidas en determinados espacios –los laborales fundamentalmente–, si actuaban olvidando su diferencia sexual femenina.

Por eso, junto a la satisfacción de haber llegado a un sistema educativo igualitario, no pueden sorprendernos comentarios y reacciones acerca de unas jóvenes que educadas en lo que los hombres pensaron para sí mismos, perciben como una carga excesiva la crianza y el cuidado familiar no compartido, han adquirido una gran seguridad para asumir compromisos, imaginan su vida decidiendo por sí mismas, aunque experimenten con mucha frecuencia que no es así.

Es el fruto de haber sido socializadas en ese referente simbólico que legitima su incorporación a un patrimonio cultural destinado durante siglos a los hombres. Como señala acertadamente Elena Simón en su libro Hijas de la igualdad, herederas de la injusticia: “los valores de competitividad y negación de lo no hegemónico están en la base de la socialización de los varones y, ahora también, de las chicas… a las que no les ofrecemos un modelo alternativo de aceptación y mérito”.

Los actuales modelos androcéntricos

Las mujeres están, y las profesoras de manera especial, cada vez más sensibilizadas y suspicaces ante los modelos uniformes, androcéntricos y universalizados que se proponen a las nuevas generaciones de chicas en los programas formativos –no en otros medios de socialización–, en los cuales se oculta, cuando no se niega y hasta se cancela esa mitad del mundo habitado y animado por mujeres.

Aunque muy lentamente los programas escolares van promoviendo aprendizajes no sólo centrados en las actuaciones públicas, políticas y del mercado laboral, sino también en otras dimensiones de la vida personal y colectiva, porque son imprescindibles para la autonomía y el bienestar individual, y para unas dinámicas familiares de mayor calidad. Tendría que ser prioritario decidir las finalidades de la magnífica tarea que se realiza en las aulas, teniendo en cuenta a las alumnas y lo que representan las profesoras; hacerlo con actuaciones que, dentro del objetivo de garantizar la riqueza de la diversidad, no prescindan de las diferencias, subrayando las posibilidades y el plus de sentido que incorpora lo femenino a esas oportunidades para la igualdad que se mantienen en nuestro horizonte.

Se está aceptando de forma creciente, al menos como principio formal, que las intervenciones educativas tienen que asumir los requerimientos que formulan, tanto la nueva conciencia de las mujeres sobre sí mismas y sobre la realidad circundante, como las modificadas dinámicas en las relaciones sociales entre mujeres y hombres.

Pero si bien hay asuntos pendientes, no se puede negar el abanico de libertades que la educación ha supuesto para las mujeres; aunque para ejercerlas tengan que negociar y superar todavía demasiadas mediaciones androcéntricas. Y quizás ha llegado el momento de poder decir con suficiente garantía, que hemos entrado en una nueva etapa en la que se considera inadecuada cualquier propuesta que no deje
espacio a las contribuciones femeninas, que no respete su singularidad, que no atienda sus expectativas, y que, al mismo tiempo, no incorpore a los alumnos y a los profesores a una mirada del mundo que requiere de ellos ángulos de visión más amplios y la acogida de nuevas responsabilidades.

El bagaje de compromiso de muchas personas concretas, de numerosos grupos sensibilizados y de determinadas instituciones con quienes se puede contar, están contribuyendo a una significativa evolución de cómo concebimos nuestro modo de estar en la sociedad.©


Consuelo Flecha García

Universidad de Sevilla


 

 

Iconos femeninos de nuestro tiempo

Iconos femeninos de nuestro tiempo

El artículo marco de este monográfico es “El feminismo hoy”, punto de partida para ahondar en el conocimiento de la mujeres que han destacado en el campo del saber y de la cultura. Haciendo un repaso de todos aquellos iconos femeninos de la literatura, la ciencia y la investigación, en el cine y la publicidad, mujeres en el poder, la educación, el deporte, la poesía y la religión.


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