24Septiembre2022

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Iconos femeninos en religión hoy

Escrito por: Marifé Ramos González
Marzo - Abril 2012

En el siglo XX han vivido multitud de mujeres que merecen ser recordadas en este siglo XXI como icono y referencia, por sus valores humanos y religiosos. De entre esa “nube de testigos” hemos seleccionado tres mujeres que tienen algunos rasgos en común.

Los rasgos en común que tienen las mujeres que hemos seleccionado son: a) las tres estudiaron filosofía y fueron intelectuales, estudiosas y buscadoras, en unos años en los que esa actitud era una excepción; b) se convirtieron al cristianismo, y a partir de ese momento su vida dio un giro total, empezando lo que ellas consideraron un segundo nacimiento; c) trabajaron apasionadamente por la justicia social y la evangelización de la sociedad de su tiempo, a pesar de las incomprensiones, burlas, persecuciones o cárcel; d) fueron coherentes y fueron dando giros a su vida, contracorriente, siguiendo los dictados de su conciencia.

Vamos a desgranar sus vidas, para rescatarlas del olvido y proponerlas como icono valioso, en este momento en el que abundan los ídolos con pies de barro.

Hildegard Burjan

Laica, casada, madre, convertida al cristianismo, diputada, fundadora y beata.

Nació en Alemania en 1883; su familia era judía no practicante. Se licenció en filología alemana y se doctoró en filosofía.

En 1907 se casó, y pocos meses después enfermó gravemente del riñón; en Semana Santa de ese año fue desahuciada por los médicos y le administraron morfina para paliar su dolor, ante la inminencia de la muerte. De manera asombrosa el lunes de Pascua mejoró y durante los siete meses que tuvo que permanecer en el hospital, para recuperarse, fue conociendo y admirando la labor de las religiosas que le atendieron y rezaron para que recuperar la salud. Pidió el Bautismo y se hizo católica.

De nuevo su vida corrió peligro al quedarse embarazada, pero renunció al aborto y su hija nació perfectamente.

A los 35 años comprendió que debía trabajar por un mundo más justo y humano, a través del compromiso sociopolítico, llegando a ser la primera y única mujer diputada del partido Socialcristiano austriaco. Ella afirmaba: Un interés vivo por la política, es propio de un cristianismo práctico. El cardenal Piffl dijo que ella era la conciencia del parlamento.

La forma habitual de ayudar a los pobres en su tiempo era la beneficencia, pero Hildegard, que estudió la encíclica Rerum novarum, tuvo claro que: Con el dinero y pequeñas limosnas no se ayuda a una persona, desde un principio hay que ponerla nuevamente de pie y devolverle este convencimiento: yo soy alguien y puedo hacer algo.

Impulsó proyectos sociales novedosos y eficaces, con una clara visión de futuro. Fundó la “Asociación de las obreras cristianas a domicilio” para que lograran mejoras sociales en su trabajo, luchó contra el trabajo infantil e impulsó redes de asistencia a las familias. Organizó guarderías para niños de 2 meses a 5 años (¡hace 100 años!) y casas de convalecencia para personas enfermas o con problemas siquiátricos. Causó escándalo en la sociedad por su actitud valiente frente a las mujeres más desfavorecidas de su tiempo, sobre todo las madres solteras con hijos o las mujeres prostituidas.

Más tarde renunció a ser reelegida como diputada, en parte para seguir el dictado de su conciencia (que le impedía acatar algunas veces la disciplina de su partido) y en parte por su condición de judía en medio de un antisemitismo creciente. Pero su obra social ha tenido continuidad hasta nuestros días porque en 1919 fundó la Sociedad de Vida Apostólica Caritas Socialis2; desde su fundación hasta nuestros días las Hermanas siguen trabajando en ambientes de exclusión social.

Murió el 11 de junio de 1933, a los 50 años de edad. 

El 29 de enero de este año ha sido proclamada beata en la catedral de Viena.

Tatiana Goricheva

Fundadora del primer movimiento feminista ruso, conversa, intelectual.

Nació en Leningrado en 1947. Recibió una educación atea en la que le fomentaron mucho la competitividad. Quiso destacar por encima de los demás, lo que la convirtió en una joven orgullosa, que disfrutaba por el día demostrando su inteligencia y su ironía en los debates de la facultad de Filosofía. Pero por la noche se emborrachaba, rodeada de un grupo de ladrones y drogadictos, llegando a perder el sentido de la vida3.

Describió sus años de adolescencia y juventud con estas duras palabras: Yo vivía como una bestezuela, acorralada y furiosa, sin erguirme jamás y levantar la cabeza, sin hacer intento alguno por comprender o decir algo. En las redacciones escolares escribía –como era obligado– que amaba a mi patria, a Lenin y a mi madre; pero eso era lisa y llanamente una mentira. Desde mi infancia odié todo lo que me rodeaba: odiaba a las personas con sus minúsculas preocupaciones y angustias; más aún, me repugnaban; odiaba a mis padres, que en nada se diferenciaban de todos los demás y que se habían convertido en mis progenitores por pura casualidad. Oh, sí, yo enloquecía de rabia al pensar que, sin deseo alguno de mi parte y fruto de un momento totalmente absurdo, me habían traído al mundo.

Algunos de sus amigos se suicidaron, otros cayeron definitivamente en el alcoholismo o se volvieron locos. Ella empezó a hacer yoga. El libro sugería que repitiera el Padrenuestro como “mantra”, y empezó a repetirlo de manera automática unas seis veces. Experimentó como un segundo nacimiento, que narró así: Entonces, de repente, me sentí trastornada por completo. Comprendí –no con mi inteligencia ridícula, sino con todo mi ser– que Él existe. ¡Él, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado!

Reconoció que, en ese momento, su corazón se abrió y empezó a querer a la gente. Se convirtió al cristianismo. En algunos monasterios rusos le ayudaron a profundizar en esa fe recién descubierta. Leyó a los Padres de la iglesia y teólogos de su tiempo. Decidió ayudar a otros jóvenes a conocer la Buena Noticia y recuperar la esperanza. Organizó seminarios en sótanos de edificios, a los que acudieron numerosas personas; algunas, tras experiencias vitales muy duras, o intentos de suicidio, descubrieron en las cartas de san Pablo o en el signo de la Cruz un dinamismo desconocido y benéfico, se convirtieron y dieron testimonio.

El KGB le pidió cuentas de sus actividades y la metió en prisión. En julio de 1980, se encontró con el dilema de ser llevada de nuevo a la cárcel o salir de Rusia y eligió el exilio, yéndose a Viena. Al llegar a esta ciudad sintió que dejaba atrás muchos condicionamientos y dificultades, propios de la sociedad rusa, pero se dio cuenta de que en Viena predominaba el exceso de cosas hermosas, de cosas que a una la arrastran, si no está bastante orientada hacia el cielo. Aquí, la tierra te puede tragar para siempre.

Madeleine Delbrêl

Laica, trabajadora social y maestra de espiritualidad en los barrios obreros de París. En proceso de beatificación.

Nació el 24 de octubre de 1904. Estudió Filosofía y Letras en la Sorbona de París y vivió en ambientes literarios y filosóficos. Ante la incoherencia de lo que le rodeaba y del impacto de la Primera Guerra Mundial, se declaró atea. A los 18 años se enamoró de un joven estudiante: Jean Maydieu, pero tras un año de noviazgo, él cortó la relación y se hizo dominico, eso le hizo reflexionar sobre la esencia de la fe y del ateísmo.

Dos años después enfermaron sus padres y ella se sintió sola y desamparada. A los veinte años volvió a la fe cristiana y expresó así su experiencia: Cuando supe que vivías en mi, te di las gracias en nombre del mundo entero.

Tomó la decisión de rezar todos los días, cinco minutos, de rodillas. Al leer las obras de Santa Teresa y San Juan de la Cruz quiso hacerse carmelita, pero descubrió la miseria de los barrios de Paris y encontró allí su misión4.

Vivió durante 30 años en Ivry-sur-Seine, una barriada obrera en la periferia sur de París, que en aquel tiempo era referencia en el comunismo francés. A Madeleine le impactaron la miseria, la injusticia social y las condiciones inhumanas de trabajo en las fábricas (12 horas diarias, seis días a la semana) Al comienzo de su estancia en el barrio encontró hostilidad y pedradas, pero progresivamente fue ganándose el respeto de las autoridades y de sus vecinos. Esta realidad le enseñó a orar de otra manera, y a leer el Evangelio cada día desnudo, crudo, orado, haciendo anotaciones en el texto. Decía: El Evangelio hay que leerlo todos los días como se come el pan…No se lleva la Palabra de Dios al otro lado del mundo en una maleta, se lleva en uno mismo (…) se la deja en el fondo de nuestro ser, en ese gozne en el que se apoya y en el que gira todo nuestro yo. No se puede ser misionero sin haber experimentado en uno mismo esa acogida franca, amplia y cordial de la Palabra de Dios: el Evangelio.

A Madeleine le preocupó la ausencia y el silencio de la Iglesia de su tiempo y que los empresarios católicos (dueños de las fábricas de Ivry y bienhechores de la parroquia), fueran los que peor trataban a los obreros; o que las comunidades parroquiales vivieran encerradas en sí mismas. Deseaba que los cristianos fueran personas para las que Dios es suficiente, en un mundo en el que Dios parece no servir para nada.

En la Iglesia de aquel tiempo había un enorme muro que separaba a la Iglesia del pueblo, a los creyentes de los ateos, a los católicos de los comunistas. Madeleine quiso derribar ese muro, pero no hizo con el afán de convertir a nadie, lo que yo quería era poder vivir codo a codo con la gente del pueblo, con el mismo almanaque, con las mismas preocupaciones, los mismos relojes. Su gran preocupación era que la Iglesia se presentara amable y cordial a los ojos de los que no la conocen. Y no con una supuesta caridad indescifrable.

Con realismo reconoció que la colaboración y las relaciones fraternales con los marxistas tenían un límite infranqueable: He rehusado trabajar con ellos cuando había que ir en contra de mi conciencia; cuando ha habido necesidad, siempre he recurrido a las palabras de Cristo que rechaza el odio y la violencia.

Apoyó a los curas obreros, y dio charlas y cursos que impactaron fuertemente, hasta que, en 1953 el Vaticano ordenó que los sacerdotes dejaran de trabajar en las fábricas. Trató de establecer puentes, fomentó la autocrítica y que la experiencia se resituara con nuevas bases, pero recibió críticas, calumnias y se le llegó a negar la comunión. En un viaje relámpago se fue a la basílica de san Pedro donde oró durante nueve horas a corazón perdido, Al poco tiempo tuvo una entrevista con el papa Pío XII y recibió el apoyo del cardenal Veuillot y del cardenal Montini.

Su monasterio fue la calle, como maestra de espiritualidad supo entrelazar mística y compromiso social y mostró un camino sencillo y realista para vivir una intensa vida de oración, sobre todo para quienes no tienen tiempo para orar: Para orar… descubramos los pequeños huecos innumerables, imprevistos y minúsculos que envuelven todos nuestros actos: la escalera que subimos para ir a hacer una visita, la travesía de la casa para ir a abrir la puerta, la espera de una llamada telefónica, etc. En la medida en que encontremos y preservemos estos pequeños o grandes momentos, nuestros propios actos se transformarán en oración. Nosotros, gente de la calle, creemos con todas nuestras fuerzas que esa calle, ese mundo en el que Dios nos ha puesto, es para nosotros el lugar de nuestra santidad

El 13 de octubre de 1964 murió repentinamente sobre su mesa de trabajo, se estaba celebrando el Concilio Vaticano II y algunos textos conciliares que se aprobaron posteriormente pusieron de manifiesto la dimensión profética de Madeleine.

Finalmente podemos preguntarnos ¿cuántas mujeres que hoy son pioneras, buscadoras, coherentes, incomprendidas y perseguidas, en realidad son iconos del siglo XXI? ©

Notas

1. http://www.mariferamos.com/
2. http://www.cs.or.at/deutsch/caritas-socialis-portal.html
3. Merece la pena leer su autobiografía: “Hablar de Dios resulta peligroso”, Herder, 1986
4. Entre sus obras recomendamos “La alegría de creer”, Sal Terrae, 1997


Marifé Ramos González1

Doctora en Teología


 

 

Iconos femeninos de nuestro tiempo

Iconos femeninos de nuestro tiempo

El artículo marco de este monográfico es “El feminismo hoy”, punto de partida para ahondar en el conocimiento de la mujeres que han destacado en el campo del saber y de la cultura. Haciendo un repaso de todos aquellos iconos femeninos de la literatura, la ciencia y la investigación, en el cine y la publicidad, mujeres en el poder, la educación, el deporte, la poesía y la religión.


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