22Septiembre2017

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Ciclo vital y resiliencia familiar

Escrito por: Paula García-Borreguero Lorenzo
Marzo - Abril 2013

La vida está llena de ‘quiebres’. Todos nos enfrentamos con un número incontable de ellos. Que estos ‘quiebres’ tengan una valencia positiva o negativa, es diferente en cada uno de nosotros.

En coaching, quiebres se define como situaciones que rompen el fluir normalizado de nuestra vida, de nuestras acciones y tareas, generalmente simples y cotidianas, haciendo que tomemos conciencia y prestemos atención a lo que hasta entonces pasaba desapercibido: una pelea con un amigo, un suspenso en el colegio, cambiar de curso, una ruptura sentimental, un embarazo, una pérdida, una enfermedad, un pinchazo en la rueda del coche, perder la agenda, ganar el Euromillón, obtener el tan deseado trabajo… Todas estas situaciones hacen que tengamos que pararnos, reflexionar, valorar el peso de las demandas, valorar nuestros recursos para afrontarlas, y tomar decisiones. Vivirlas como retos, o como crisis, depende de cada uno.

Cómo interpretamos lo que nos sucede

Hasta hace poco creíamos que nuestras emociones y conductas dependían de las cosas que nos ocurran: si me toca la lotería, me pongo contenta y me compro una casa. Si llueve, me enfurezco y deshago mis planes. Si me quedo en paro, cabe esperar que me sienta preocupada. Si el médico me da el alta, me sentiré aliviada.

Pero la realidad es que, entre las cosas que nos suceden y las consecuencias, media un componente cognitivo; es decir, la interpretación que hacemos de la situación. Es por este motivo que los seres humanos reaccionamos de formas distintas bajo estímulos similares: si llueve, y tengo ganado al que dar de beber, me pondré contenta. Distanciar los controles médicos tras haber terminado un tratamiento contra el cáncer es experimentado para muchos pacientes, paradójicamente, como un disgusto, un disparadero de miedos. Quedarse en paro puede ser interpretado como una oportunidad para cuidar a un familiar enfermo, a quien, si estuviéramos trabajando, no podríamos atender.

Estas interpretaciones que hacemos están condicionadas por los estilos de personalidad y experiencias previas… pero se pueden entrenar.

Crisis evolutivas y crisis no normativas

Por otro lado, a lo largo de la vida de todas las personas, parejas, y familias se producen cambios. Se denominan crisis evolutivas a aquellos cambios por los que pasan de forma esperada la mayoría de las familias. Dentro del ciclo vital podemos reconocer las siguientes etapas: noviazgo, constitución de la pareja, nacimiento y crianza, hijos en edad escolar, adolescencia, salida de los hijos del hogar, etapa madura, y ancianidad. Todos estos cambios afectan con mayor o menor intensidad al desarrollo de la familia o sus miembros, y requieren aprender un nuevo modo de funcionamiento. Pero pueden ocurrir también crisis no normativas, es decir, hechos inesperados o no previstos, como la separación y el divorcio, un accidente, o la pérdida del trabajo. Ante todas estas crisis, se pueden adoptar dos posturas radicalmente diferentes: introducir cambios para seguir creciendo y madurar, o quedarse estancado y retroceder.

Resiliencia

El término resiliencia proviene de la Física. Se emplea para designar aquellos cuerpos físicos o materiales que tienen la capacidad de resistir golpes, choques o impactos fuertes, y volver a su forma original, como una pelota de goma. En el campo de la psicología, es un término que se aplica a aquellas personas y familias con capacidad para enfrentarse a circunstancias difíciles, condiciones de vida adversas, a situaciones traumáticas y recuperarse saliendo fortalecidas o incluso con más recursos.

Como decíamos, hay quiebres por los que tarde o temprano pasamos todos, como puede ser el caso de la pérdida de un ser querido. Algunas personas sufren las secuelas de ello a lo largo de toda la vida, mientras que otras, las resilientes, se sobreponen y se adaptan, crecen y salen fortalecidas, con mayores recursos para afrontar otras dificultades de la vida. Son aquellas capaces de focalizar la atención en las fortalezas, y no en los problemas. En las soluciones, y no en las dificultades.

Es más, no sólo sobreviven a ello. Las personas resilientes tienen la capacidad de utilizar estas experiencias como aprendizajes para el futuro. Por ejemplo, la mayoría de los pacientes oncológicos viven el cáncer como una experiencia traumática. Pero un porcentaje importante de ellos lo vive como un impulso para realizar cambios vitales positivos: relativizar problemas, potenciar las relaciones sociales reales y verdaderas, cambiar de tipo de vida…

Y existen también familias resilientes: flexibles, con fuertes vínculos, entre ellos y con otras personas. Son familias que han creado un clima tal que es fácil expresar sentimientos, quizá incluso usando mucho el sentido del humor. Estas familias reconocen el sufrimiento y la participación de todos los miembros, y tienen la capacidad de dar un sentido a lo ocurrido, de ver la crisis como desafío compartido. Pensemos en una familia que haya vivido un evento vital estresante, y nos admire la forma en que ha salido adelante. Seguro que conocemos alguna. Con mucha seguridad, se caracterizará por mantener una comunicación asertiva, en la que se evitan las acusaciones y se comparten experiencias. El cariño, la aceptación incondicional, los límites claros y razonables, el apoyo mutuo, el respeto, funcionan como escudos protectores.

Factores protectores

Pero el más fuerte de todos estos escudos es tener sólidos vínculos sociales. Tener amigos es posiblemente el más importante de los factores protectores frente a las adversidades en la vida. Algunos autores incluso se atreven a afirmar que tener amigos es bueno para la salud; y que saciar la demanda de relaciones sociales es imprescindible para mantener una buena salud mental y física. Hay estudios sobre este tema que han concluido que la magnitud del impacto sobre la salud de una buena red de apoyos familiares y de amigos es similar a la que se obtiene dejando de fumar.

Así mismo, se sabe que tener sentido de trascendencia y espiritualidad funciona también como un escudo frente a las adversidades. Por ejemplo, tener fe religiosa está relacionado con mayores niveles de adaptación al final de la vida. Mirar hacia el futuro, generar nuevos proyectos de vida, ayudan a mirar hacia adelante. Juega aquí un papel crucial la esperanza.

La esperanza se ha definido de diversas maneras, por ejemplo se describe como la capacidad de mantener el optimismo frente a una situación adversa, o como la capacidad de mantener objetivos y de programar acciones para enfrentar una situación difícil. En el caso de un enfermo oncológico, generalmente la esperanza se encuentra en curarse, en someterse a los tratamientos necesarios o incluso probar tratamientos alternativos con el fin de seguir viviendo. Pero cuando un enfermo está en situación terminal, y los tratamientos para intentar curarle se han agotado, la esperanza se puede centrar en conseguir que el tiempo que viva sea de calidad, que pueda despedirse de sus seres queridos, y que finalice la vida habiendo dejado todos los asuntos posibles resueltos. Para los católicos, la esperanza también está en ir al cielo. Algunos clínicos hablan de que la esperanza se puede encontrar no sólo a lo largo, sino también a lo ancho. No sólo se refiere a la cantidad, sino también a la calidad de vida. De ahí la importancia de tener unas expectativas ajustadas; es decir elevadas pero realistas en cuanto a objetivos personales y familiares. De lo contrario, se tiende a la frustración y a la sensación de indefensión.

Aquellas familias que piden y aceptan ayudas, de todos los tipos, también tienen mayor posibilidad de sobrevivir a las crisis: nos referimos tanto a ayudas para turnarse y cuidar a los enfermos, ayudas sociales (centros de día, residencias, tele-asistencia…), ayudas económicas, psicológicas… así como a las ayudas que otras personas quieran prestarnos. Incluso la ayuda que pueden proporcionar los tratamientos psicofarmacológicos, y que por orgullo, miedo o prejuicios de todo tipo a menudo se rechazan.

La resiliencia se puede entrenar

Existe una base fisiológica para esta cualidad de la que hablamos: algunos autores han estudiado las bases neurobiológicas y neurobioquímicas que sostienen a los cambios mentales que acompañan a la conducta resiliente. Se ha observado que, en las personas resilientes, las variables biológicas y genéticas interactúan con las variables ambientales y las conductas aprendidas para resolver las situaciones adversas, reduciendo las posibilidades de padecer un trastorno psiquiátrico (trastornos psicóticos, trastornos del estado de ánimo, trastornos de ansiedad…) Los organismos resilientes se adaptan a las situaciones estresantes, manteniendo la homeostasis de las funciones biológicas principales, y haciendo lo posible para regresar al estado previo de funcionamiento fisiológico.

Es importante dejar claro que, ya sea en personas o familias, la resiliencia no es un rasgo inmutable, sino que es una cualidad de todos los seres humanos, variable y modificable, que se pude desarrollar y entrenar. Se puede dotar de recursos a las personas para facilitar su adaptación a situaciones difíciles y mejorar su calidad de vida: mejorando el nivel de confianza en uno mismo, fortaleciendo la autoestima, y aprendiendo a regular las propias emociones. Esto nos convertirá en personas más competentes en todos los ámbitos y nos proporcionará herramientas para afrontar conflictos.

Para concluir, a lo largo de la vida nos vamos a encontrar con multitud de situaciones complicadas, a las que tendremos que poner cara y enfrentarnos. Experimentarlas como un desafío o como una crisis depende de nosotros. Las variables individuales, el entorno en el que nos desarrollamos y desenvolvemos y los aprendizajes de experiencias que hemos tenido en el pasado, son esenciales en el desarrollo de las fortalezas y debilidades individuales. Dependiendo del peso que tengan unas u otras, la experiencia difícil vivida será asumida como una experiencia de bienestar y satisfacción, o como una adversidad insuperable. Se ha desarrollado un constructo en psicología, la resiliencia, que hace referencia a la capacidad de las personas de salir fortalecido de las crisis. Es una cualidad que demuestran algunos individuos, que tiene una base biológica, y que se puede potenciar y desarrollar. Ya existen, de hecho, programas bien establecidos para ello. De la misma manera que existen también familias resilientes, que funcionan como escudos protectores ante las situaciones potencialmente amenazantes.©

 


Paula García-Borreguero Lorenzo

 Psicóloga Máster en Psicología Clínica y de la Salud


 

Retrato de familia

Retrato de familia

En este número, Crítica lleva a cabo una radiografía sobre la familia en nuestro país, aunque los nuevos modelos y unidades familiares ocuparán el grueso de nuestro monográfico se da una visión amplia de todos aquellos problemas y conflictos que se dan dentro del seno familiar, como siempre aportando una visión multidisciplinar apoyada y respaldada por prestigiosas firmas especializadas en el tema.


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