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El dolor en Simone Weil

Escrito por: Carmen Gloria Revilla Guzmán
Septiembre - Octubre 2012

Con el título Simone Weil. La conciencia del dolor y de la belleza se ha publicado recientemente un volumen colectivo en cuyo ensayo introductorio Emilia Bea, su editora, nos dice que "las coordenadas del itinerario vital e intelectual de Simone Weil estarían marcadas por la búsqueda apasionada de la verdad, el asombro ante la belleza y la vulnerabilidad ante el sufrimiento"1; de aquí el título del volumen, que recoge una pluralidad de lecturas por parte de reconocidos especialistas en el pensamiento de la autora, unificadas por la consideración del dolor y la belleza como "únicas claves" de salvación en "un mundo determinado por la fuerza", en la medida en que "proporcionan un contacto con la realidad en estado puro". Quizá no se trate sino de un ejemplo entre otros de la relevancia del tema del dolor en el itinerario intelectual de Simone Weil, ejemplo que encuentro de interés recordar por su actualidad e importancia entre la bibliografía en castellano, pero al que podrían unirse otros que, directa o indirectamente, esto es, situando la cuestión del dolor en la constelación teórica en la que aparece en los textos weilianos, subrayan su carácter nuclear2. Pensadora política, profundamente comprometida y protagonista de los más dramáticos acontecimientos que determinaron la historia de la primera mitad del siglo XX, y a la vez posiblemente una de las grandes místicas del mismo, Simone Weil es autora de una obra considerablemente compleja y de una densidad excepcional, inclasificable e imposible de sintetizar, que exige del lector un esfuerzo tal de atención que, como se nos ha dicho, en ocasiones a éste parece "faltarle el oxígeno" al intentar seguirla3. En este sentido, si discernir una cuestión que articula y centra su "potencia especulativa" adquiere un valor singular como perspectiva en la que enfocar el acercamiento a sus textos, éste se acentúa al tratarse de un tema que una reflexión sobre la condición humana, y especialmente en la actualidad, no puede dejar de plantearse, un tema también al que aporta consideraciones por muchos motivos imprescindibles.

Compromiso con la verdad

Entre los rasgos más característicos, aunque también problemáticos, de la obra weiliana llama poderosamente la atención, en efecto, su compromiso inquebrantable con la verdad, entendida como "destello de lo real", un compromiso que, en consecuencia, se expresa en su amor incondicional a la realidad y en la implacable lucidez con la que es capaz de describirla, siguiendo lo que será para ella una consigna, un auténtico principio de acción teórica y en la práctica: "no ser cómplice, no mentir, no permanecer ciegos". La búsqueda de la verdad, que es voluntad de "ver", caracteriza su actitud, según ella misma nos dice, desde la adolescencia, cuando, tras meses de depresión ocasionada por el convencimiento de la mediocridad de sus facultades, adquiere la certeza, "de repente y para siempre", de que el acceso al "reino de la verdad" depende exclusivamente del "deseo" y la "atención", tomando la decisión de vivir para ello4.

Esta decisión, unida a un afán de autenticidad que la define como intelectual, concede a su escritura un alcance verdaderamente universal, como será siempre su aspiración5, compatible, sin embargo, con el fuerte carácter biográfico de sus textos, nacido de la radicación de su pensamiento en la experiencia, aspecto en el que, por otra parte, se anuda la dimensión política de su aportación con la experiencia de lo sobrenatural.

Compromiso ético y político

Ciertamente, nada en su biografía es ajeno a la decisión teórica de adherirse a lo real y al compromiso ético y político de transformarlo; el contacto con la realidad va fraguando en ella una idea de la misma que, con rasgos de evidencia, le hace percibir las exigencias que ésta impone. A partir de su formación intelectual y de la experiencia política, que adquiere ya desde sus años de estudiante y de actividad sindical, obtiene una imagen precisa de la dinámica del mundo humano, análoga a la del mundo natural y regida también por la fuerza; la experiencia del trabajo en las fábricas, decisiva en el replanteamiento de sus perspectivas, corroborará, matizándolo, este convencimiento; en la guerra encontrará un escenario privilegiado en el que observar lo que son de hecho las condiciones de existencia, por la fidelidad con la que ahí se representan la presencia de la ley de la fuerza y sus efectos en los seres humanos, siempre sometidos al riesgo de cosificación que el contacto con la fuerza produce,  así como a la seducción de la mentira y el sueño, formas de defensa ante su impacto que velan la posibilidad misma de ver; sobre este fondo, la experiencia mística –preludiada por el reconocimiento de la vulnerabilidad y el abandono de la autosuficiencia que se apoya en la engañosa ficción del poder, desmentida por la experiencia que enseña, como La Ilíada, que "no hay un solo hombre que no se vea, en algún momento, obligado a doblegarse bajo la fuerza"6– supondrá el reconocimiento de un elemento supranatural en el mecanismo de la realidad, que quedaría así en suspenso, de tal manera que, a partir de un determinado momento, el proyecto político en el que trabajará hasta el final sólo adquiere sentido "a la luz de lo sagrado", como factor que queda incorporado e integrado en su descripción de lo que es y en su programa de lo que debería ser.

Del lado de los vencidos

Las experiencias weilianas –de sus lecturas y estudio, de las condiciones del trabajo físico en las fábricas y en el campo, de la vida política y sindical, de la guerra en España, y también de Dios– son siempre experiencia del límite, de una realidad que se nos impone con su necesidad perentoria; aunque marcan secuencias diferenciadas, en todas ellas la presencia del dolor –en los otros: en los combatientes, en los trabajadores..., y en su propia vida– es una constante que jalona su existencia y el desarrollo de su pensamiento en torno a dos grandes ejes biográficos y teóricos –la vida política y la religión– que se cruzan. Como he indicado en otras ocasiones, este cruce es, en mi opinión, el aspecto más personal y representativo de su aportación, también quizás el más problemático, pero, sin duda, el que nos permite situar la temática del dolor en la perspectiva del malheur, la desventura o la desdicha que, a partir de su familiaridad con "el lado de los vencidos", de aquellos que han padecido el dolor hasta el límite, pasa a convertirse en tema nuclear en sus escritos de madurez, en los que se trenzan sus experiencias y alcanzan una expresión depurada.

La complejidad de la obra de Simone Weil admite una pluralidad de perspectivas a la hora de leerla; exige, por ello mismo, un permanente esfuerzo de movilidad, de cambio de planos, hasta proponer el abandono del punto de vista del yo con el fin de poder dirigir la atención a lo real sin pantallas ni paliativos. El malheur, como contacto con la realidad, es siempre, dirá, "metafísico", aunque puede encarnarse en el alma a través del sufrimiento y las humillaciones del cuerpo –"lo que yo llamo el malheur real"; de este último nos dice que produce "agotamiento extremo" y "amargura", pero también verdad frente al "veneno de la ilusión y la mentira"7, y por eso constituye una perspectiva privilegiada.

Ni huir ni engañarse

El malheur, sin embargo, es, para la autora, "el gran enigma de la vida"8, precisamente porque "encierra la verdad de nuestra condición" 9, una verdad –la de nuestra esencial y necesaria vulnerabilidad– que requiere ser vivida la rehuye por mero "instinto de conservación": "Es imposible conocer la desdicha sin haber pasado por ella. Pues el pensamiento rechaza de tal modo la desdicha que es tan incapaz de detenerse voluntariamente en ella como pueda serlo un animal, salvo excepción, de suicidarse. No la conoce más que por la fuerza [...] El pensamiento colocado por la fuerza de las circunstancias frente a la desdicha huye a la mentira con la prontitud con que el animal amenazado de muerte huye al refugio que se abre ante él [...] El pensamiento está obligado a rehuir la desdicha por un instinto de conservación infinitamente más esencial a nuestro ser que el que nos aparta de la muerte carnal"10. El solo hecho de dirigir la atención a este tema parece implicar una voluntad de verdad que nos sitúa en otro plano, hasta el punto de que a C. Campo, por ejemplo, le ha llevado a considerar algunos de los textos en los que lo aborda directamente como literalmente "sagrados"11. Quizá por ello Simone Weil diga que no se debe hablar tan ligeramente y tan a menudo de la "nobleza del sufrimiento", como frecuentemente se encuentra en la literatura, "en boca de quienes no han conocido el malheur que puede destrozar el fondo del alma"13.

El tratamiento del tema del dolor como malheur ha de hacer frente al radical y natural rechazo que suscita, al ponernos ante una realidad implacable que amenaza la posibilidad misma de una existencia propiamente humana. De hecho, las páginas de contenido biográfico, considerablemente incómodas para una lectura teórica, que encontramos entre sus notas o en algunas cartas, son el testimonio de hasta qué punto luchó por "ver" y comprender lo que es y lo que pasa, sin huir ni engañarse. En el plano en el que Weil sitúa su consideración del malheur, éste viene a ser una experiencia de realidad a la que todo individuo está expuesto y que afecta a la totalidad de la vida humana, caracterizada esencialmente por su fragilidad.

"En el ámbito del sufrimiento la desdicha es algo aparte, específico, irreductible; algo muy distinto al simple sufrimiento. Se adueña del alma y la marca, hasta el fondo, con una marca que sólo a ella pertenece"13; inseparable del sufrimiento físico, no se confunde con éste ni con el dolor porque no es un "estado anímico"; su especificidad consiste en que "pulveriza el alma por la brutalidad mecánica de las circunstancias"; "la desdicha es esencialmente destrucción de la personalidad, paso al anonimato" 14, o bien, en otras palabras, "la transmutación que hace pasar a un hombre del estado humano al estado de gusano medio aplastado que se retuerce en el suelo"15. En este sentido, la desdicha alcanza la totalidad de la vida que la padece, desarraigándola y degradándola16, cosifica hasta el punto de que aquellos a quienes toca "no volverán a creer nunca que son alguien"17.

La desdicha, fuerza brutal y fría

Los efectos del malheur que endurece y desespera, que se asocia al desprecio, la repulsión y el odio contra uno mismo y contra el universo, que suscita una suerte de complicidad por inercia hasta llevar a quien lo sufre a rechazar su misma liberación, e incluso a la ingratitud y al odio a quien se acerque a socorrerle18, impidiendo así todo tipo de relación propiamente humana19, parecen abocar nuestra condición a "algo muy semejante al infierno"20. Sin embargo, no es del todo así. El malheur marca la mayor distancia posible de Dios, es el lugar del sometimiento a la necesidad en el que somos "libres tan sólo para orientar la mirada", pero a esta mirada aparece la materia, y su mecanismo ciego, como obediencia total y belleza del mundo21. La experiencia mística, a cuya luz redacta sus últimos escritos, matiza su concepción del dolor concediéndole un alcance imprevisible: el malheur supone un modo de acceso a lo real que ahora adquiere una dimensión esencialmente nueva.

Simone Weil utiliza el símil del clavo para explicar cómo la experiencia de la realidad que proporciona la desdicha se alía con la percepción de la belleza de la creación, entrando de este modo en el alma, a condición de que se mantenga la orientación de la mirada: "Cuando se golpea un clavo con un martillo el impacto recibido por la cabeza del clavo pasa íntegramente al otro extremo, sin que nada se pierda, aunque aquél no sea nada más que un punto [...]La extrema desdicha, que es a la vez dolor físico, angustia del alma y degradación social, es ese clavo. La punta está aplicada al centro mismo del alma. La cabeza del clavo es la necesidad repartida por la totalidad del tiempo y el espacio.

La desdicha es una maravilla de la técnica divina. Es un dispositivo sencillo e ingenioso que hace entrar en el alma de una criatura finita esa inmensidad de fuerza ciega, brutal y fría. La distancia infinita que separa a Dios de la criatura se concentra íntegramente en un punto para clavarse en el centro de un alma"22. A partir de entonces el desdichado podrá ver en esa distancia el lugar de la creación, en el que "vibra la palabra de Dios" que descubrimos sólo "cuando hemos aprendido a escuchar el silencio"23.

Es ésta una operación que sólo requiere "mantener la voluntad de amar", "dar el consentimiento a la buena orientación"24, pero, por los mecanismos de defensa que la desdicha suscita, no siempre es posible, como tampoco lo es atender a la belleza del mundo: "Se estaría a menudo tentado de llorar lágrimas de sangre, viendo cómo la desdicha aplasta a desdichados incapaces de hacer uso de ella. Pero considerando las cosas fríamente, no es un despilfarro más lamentable que el de la belleza del mundo. ¿Cuántas veces la claridad de las estrellas, el ruido de las olas del mar, el silencio de la hora que precede al alba vienen en vano a reclamar la atención de los hombres? No conceder atención a la belleza del mundo es quizá un crimen de ingratitud tan grande que merece el castigo de la desdicha, Ciertamente, no siempre lo recibe; pero en este caso, el castigo a ese crimen será una vida mediocre, y ¿en qué es preferible una vida mediocre a la desdicha?"25.

Para Simone Weil, quien es alcanzado por el malheur "no tiene palabras para expresar lo que le ocurre"26.©


Trabajo realizado en el marco del proyecto de investigación 'Filósofas del siglo XX: aportaciones al pensamiento filosófico y político' FFI2009-08468, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación

 NOTAS 

1. Emilia Bea (ed.), Simone Weil. La conciencia del dolor y de la belleza, Madrid, Trotta, 2010, p. 15.
2. Cabría señalar, en este sentido, la observación de Florence de Lussy (editora con André Devaux de las Obras completas de Weil en Gallimard) en la Introducción a Simone Weil. Sagesse et grâce violente, Montrouge, Bayard, 2009, p. 18, sobre la centralidad de la noción de « necesidad », cuya experiencia es esencial en su pensamiento especialmente en la forma de malheur, motivo, nos recuerda, por el que Weil reprochó a Alain, a quien siempre reconoció su maestro, justamente el haber rechazado el dolor.
3. O.c., pp. 13-14.
4. Simone Weil, A la espera de Dios, Madrid, Trotta, 1993, pp. 38-39.
5. "Habría que escribir cosas eternas para estar seguros de que serían de actualidad", escribe a sus padres en febrero de 1943, poco antes de su muerte, Simone Weil, Escritos de Londres y últimas cartas, Madrid, Trotta, 2000, pp. 178-179.
6. Simone Weil, "La Ilíada o el poema de la fuerza" en La fuente griega, Madrid, Trotta, 2005, p. 22.
7. La autora introduce estas observaciones comentando la "grandeza del rey Lear", que estriba en estar destrozado pero no doblegado por el malheur, en una carta a Charles Bell, joven estudiante de Oxford al que conoció en la abadía de Solesmes, escenario de una de sus experiencias místicas, durante la Semana Santa de 1938. Cfr. Florence de Lussy, Simone Weil. Sagesse et grâce violente, ed. cit., pp. 298-305.
8. Simone Weil, Pensamientos desordenados, Madrid, Trotta, 1995, p. 62.
9. O.c., p. 85.
10. O.c., p. 79.
11. Se refiere a los dos textos sobre el amor de Dios y la desdicha, encontrados entre los papeles de Weil, redactados, posiblemente, al final de su estancia en Marsella o quizás en Nueva York y publicados póstumos en Pensamientos desordenados. De estos textos Campo (poeta y ensayista, traductora al italiano y estudiosa de la obra de Weil, profundamente influida por ella) destaca, más que el contenido, la ausencia de la marca del yo, indicativa para Weil de la obra del genio, que, como el santo, es el hombre que "no deja huella" propia. Vid. Cristina Campo, Lettere a Mita, Milán, Adelphi, 1991, p. 171.
12. Carta de Simone Weil a Charles Bell, ed. cit., p. 305.
13. Simone Weil, Pensamientos desordenados, ed. cit., p. 61.
14. O.c., p. 81.
15. O.c., p. 84
16. O.c., p. 62: "Sólo hay verdadera desdicha si el acontecimiento que se ha adueñado de una vida y la ha desarraigado la alcanza directa o indirectamente en todas sus partes, social, psicológica, física. El factor social es esencial. No hay realmente desdicha donde no hay degradación social en alguna de sus formas o conciencia de esa degradación".
17. O.c., p. 66.
18. O.c., pp. 64-65.
19. O.c., p. 82.
20. O.c., p. 64.
21. O.c., pp. 66-68.
22. O.c., p. 72.
23. O.c., p. 65.
24. O.c., pp. 72-73.
25. O.c., pp. 88-89.
26. O.c., p. 63.


Carmen Gloria Revilla Guzmán

Especialista en Simon Weil


 

 

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