Revista Crítica

Usted está aquí: Inicio La Revista Monográfico Enfoque Hijos tiranos

Hijos tiranos

Escrito por: Beatriz Urra González
Marzo - Abril 2013

La mayoría de los adolescentes y jóvenes no son tiranos, ni mucho menos. Desgraciadamente, suelen ser más víctimas de malos tratos en el hogar que agresores. Sufren de una forma silenciosa, ahogada y obligados a ocultar su realidad por parte de las personas que supuestamente más les quieren y deben cuidar. Igualmente, los padres en general suelen educar correctamente: desde el afecto, el diálogo, los límites, el respeto, transmiten todo lo que saben y se esfuerzan por mejorar cada día. Sin embargo, nadie nace educado, ni nadie enseña a ser buenos padres.

Es costoso y exige mucho sacrificio y dedicación educar en el momento actual. No obstante, es la mejor inversión que podemos hacer para el futuro y la herencia más afortunada que pueden recibir nuestros hijos.

Desde unos años atrás, se viene observando el incremento de la violencia en el hogar por parte de los hijos a sus padres (denominada violencia filioparental o ascendente). Imponen sus leyes cómo quieren y cuándo quieren. Buscan causar daños permanentemente, exigen sin dar nada a cambio, mienten, utilizan a sus padres continuamente (“deben mantenerles”) y transmiten a sus padres que no les quieren.

Su comportamiento nihilista, la tiranía en su trato y su frialdad emocional, es un paso más allá de los conflictos propios de la juventud.

Los conflictos y roces diarios entre padres e hijos son propios (y necesarios) en el proceso evolutivo de los hijos. Gracias a ellos se consigue la transición a una mayor autonomía e independencia. Entran dentro de lo esperable, discusiones y fuentes de tensión derivados de los horarios, amistades, estudios, ropa…

Los hijos ejercen continuamente pulsos de poder, retos sanos para conquistar un mayor grado de autonomía para tomar sus propias decisiones, lo que obliga a renegociar continuamente y ejercer un menor control. Este nivel de conflicto normativo, no tiene porqué minar la calidad de las relaciones de afecto y vínculo entre padres e hijos.

Un paso más…

Poniendo la lupa en los conflictos que ya dejan de serlo y se convierten en reiterados, llegando a convertirse en violencia filoparental, observamos que la mayoría de los chicos que la ejercen no pueden ser definidos como delincuentes, incluso se comportan radicalmente de forma opuesta fuera de sus hogares. Muchos nunca llegan a agredir físicamente a sus padres, pero sí psicológica, económica o materialmente. Generalmente han abandonado los estudios (pocas cosas les motivan) y no tienen obligaciones ni responsabilidad ninguna.

Llegar a esta situación en la que un hijo daña a sus padres no es fruto de una pataleta mal canalizada ni de un capricho. Ni tampoco se debe a que el hijo esté enfermo, sea un perverso o un psicópata.

Los padres aguantan demasiado tiempo la violencia de los hijos. Al principio creen que es algo “normal”. Cuando aumentan en intensidad las agresiones las aguantan por el miedo a exponer su “fracaso” como padres y por pensar que es un tema únicamente familiar que no tiene solución. (Chartier, 2000).

Son muchos los factores que contribuyen a llegar a esta situación tan penosa.

Son chicos maltratados. Maltratados no físicamente, no de una forma directa, pero sí cuando se les imposibilita ser felices, ser niños, reír a carcajadas y sentirse seguros y queridos.

Cuando se drogan, beben de una forma abusiva, mantienen relaciones con personas casi desconocidas, cambian de amigos continuamente, o se fugan… no van a ningún sitio. Simplemente (y tristemente) huyen, huyen de su propia soledad, de la falta de atención en casa, del poco afecto que reciben, de la incomprensión de quienes les rodean…

Convirtiéndose en un dictador…

Las causas de este comportamiento dictador por parte de los hijos son muchas, que a su vez tejen una red compleja que se relaciona:

  • Una sociedad permisiva que mira hacia otro lado cuando se le exige responsabilidad. Educa a los niños en sus derechos, pero escasamente en sus deberes. Confunde muy a menudo autoridad y autoritarismo. Hay un excesivo “respeto” hacia la vida privada: la sociedad se resiste a intervenir, cuando somos conscientes que silenciar esta realidad es generarla.

Datos extraídos del CIS, en concreto, en marzo de 2005, muestran que el 91% de la población cree que la violencia está muy o bastante extendida hacia las mujeres, el 61% hacia la infancia y el 53% hacia las personas mayores. Aún siendo conscientes de que es un problema social emergente, se sigue muchas veces siendo cobarde y callando.

  • Los medios de comunicación arrojan una realidad a los jóvenes donde todo se consigue en el aquí y ahora. Todo es fugaz y cambiante. Donde el esfuerzo no consigue audiencia y las películas y programas más vistos son aquellos donde se mezcla el hedonismo, la violencia y una sexualidad vacía.

La televisión y la videoconsola es utilizada en demasiadas ocasiones por los padres como “canguro”. Los niños tienen acceso a todo tipo de realidades sin que nadie se las explique posteriormente o definan lo que es admisible de lo inaceptable.

  • Cambios en el estilo de vida que conllevan que los hijos estén mucho tiempo solos. El estrés es compañero desde primeras horas de la mañana, las prisas y el reloj se apoderan. No hay tiempo para perder el tiempo. Contar un cuento, hacer un bizcocho o dar un paseo en bicicleta se han convertido en actividades extras que sólo quedan para el fin de semana (si es que hay tiempo).

Desde sus primeros meses de vida, los niños tienen largas jornadas, o ¿acaso no lo es estar más de 8 horas en la guardería?, cuando crecen tienen todas las tardes repletas de actividades extraescolares: inglés, kárate, violín, natación… Salen corriendo del colegio para tener más actividades: ¿de verdad ellos quieren o son expectativas y frustraciones de sus padres?

  • La estructura familiar también se ha modificado. No significa que la familia esté en crisis, sino que los modelos familiares van evolucionando a lo largo del tiempo. Ya no existe un modelo familiar único.

Nuestra sociedad cambia paulatinamente. Conviven personas de distintas culturas, clases sociales y con circunstancias económicas distintas.

Se aprecia desde hace unas décadas una gran desestructuración en las pareja y un escaso compromiso, lo que afecta muy negativamente a los hijos. No todo se puede recomponer y no todas las situaciones son fáciles de asumir por parte de ellos. Les pedimos que faciliten las cosas en casa, y sin embargo, muchos sólo “hablan” con sus ex por fax o mediante terceros. ¿Es coherente el mensaje que le estamos enviando?

  • Diferencias en los criterios educativos. Existen diversos tipos de familias (monoparentales, adoptivas, añosas, reconstituidas…) donde es difícil llegar a un mismo estilo educativo. Se observan los extremos: desde el dejar hacer (los niños hacen lo que quieren, entran y salen…) hasta niños sobreprotegidos, que son el centro de atención de la familia, “el rey de la casa”.

Además en muchas ocasiones, los padres no están de acuerdo con los criterios de los maestros, les desautorizan y los niños ven como hay un enfrentamiento entre padres y escuela. ¡Grave error!

  • Presenciar situaciones de violencia familiar es uno de los más potentes factores de riesgo, sobre todo en el caso de los varones, para repetir esta pauta de conducta en pareja cuando crezcan y, en las niñas, para asumir un papel pasivo de aceptación.

Crecer en contextos familiares donde existe violencia es un predictor para la aparición de diversos problemas emocionales, cognitivos y de conducta, tanto a corto como a largo plazo (González 2003).

En cualquier caso los datos no son definitivos. A los problemas metodológicos inherentes a investigaciones retrospectivas se añade la certeza de los numerosos casos donde la exposición a la violencia familiar no ha generado patrones de conducta violentos.

A vueltas con la transmisión de valores…

Es labor de los padres hablar con sus hijos, conocer sus preocupaciones, escucharles y ocuparse de ellos, conocer a sus amigos, buscar ratos para disfrutar y hacerse respetar. Ser conscientes de que no son sus amigos (los hijos ya tienen los suyos). Educar en valores, dedicarles tiempo y ejercer la labor de padres. 

Los hijos no son los culpables, los padres tampoco, pero sí es una responsabilidad compartida entre ambas partes. Debemos ser conscientes de que los niños y adolescentes no tienen criterios claros, son cambiantes, no son “pequeños adultos” aunque la sociedad les trate así. Los padres deben llevar las riendas, deben mostrar el camino que luego ellos escogerán (o no). Buscar culpables sólo genera dolor que acaba enquistándose, no deja avanzar e infecta más aún las heridas. Es preferible buscar soluciones aunque eso conlleve asumir riesgos, romper esquemas y salir de la situación tan cómoda de tirar balones fuera.

Cuando un hijo se comporta como un auténtico dictador en el hogar, los padres se preguntan continuamente los motivos: ¿Es algo innato?, ¿le hemos educado mal?, ¿lo han aprendido?, ¿por qué un hijo se comporta así y otro no?...

Es un debate eterno, en los que algunos expertos ponen más el acento en la herencia y otros en el aprendizaje. Lo cierto es que hay una gran interacción entre ambos. Muchos padres se sienten aliviados cuando algún profesional carga más las tintas en el temperamento innato de los chicos, otorgando así al 100% la responsabilidad en ellos. Así, muchos progenitores van de consulta en consulta “pidiendo” un diagnóstico que les desculpabilice, muchas veces no siendo del todo conscientes del grave daño que se les hace a los niños etiquetándolos.

El niño es un ser activo desde que nace, una esponja que todo absorbe y aprende de los modelos de su entorno. Por tanto, no es bueno hacer tanto hincapié en su herencia.

Hay muchas características específicas de la estructura familiar como grupo que pueden ser favorecedoras o bien de un clima enriquecedor, cálido, íntimo, de apoyo y fuente de seguridad o, todo lo contrario, potenciar tensiones y de violencia entre sus miembros (factores de riesgo).

Desde luego hay mucho trabajo por hacer desde el ámbito familiar, escolar, como comunidad y sociedad en general. Todos somos responsables y educadores. ©


Beatriz Urra González

Psicóloga de Recurra - GINSO


 

Retrato de familia

Retrato de familia

En este número, Crítica lleva a cabo una radiografía sobre la familia en nuestro país, aunque los nuevos modelos y unidades familiares ocuparán el grueso de nuestro monográfico se da una visión amplia de todos aquellos problemas y conflictos que se dan dentro del seno familiar, como siempre aportando una visión multidisciplinar apoyada y respaldada por prestigiosas firmas especializadas en el tema.


Ver revista Descargar Suscribirse

Artículos más leídos

Desde mi teclado

Desde mi teclado

El 93% de los internautas españoles tienen una cuenta activa en al menos una red social....

Crítica cumple 100 años

Crítica cumple 100 años

Hace exactamente 10 años, en el año 2003, yo misma titulaba el editorial de la...

La educación no es neutral

La educación no es neutral

Para transformar la sociedad es necesario formar sujetos críticos y creativos, y...

La familia o la necesidad de andar por casa

La familia o la necesidad de andar por casa

Desde que el 22 de junio de 1981 el Parlamento español aprobara la famosa ley del...

Necesitamos testigos

Necesitamos testigos

Apropósito del Año de la Fe1 proclamado por el Papa Benedicto XVI, realizamos este número...

  • Desde mi teclado

    Desde mi teclado

    Miércoles, 01 Mayo 2013 09:48
  • Crítica cumple 100 años

    Crítica cumple 100 años

    Domingo, 01 Septiembre 2013 00:00
  • La educación no es neutral

    La educación no es neutral

    Martes, 01 Marzo 2011 13:57
  • La familia o la necesidad de andar por casa

    La familia o la necesidad de andar por casa

    Viernes, 01 Marzo 2013 11:07
  • Necesitamos testigos

    Necesitamos testigos

    Lunes, 01 Julio 2013 14:23

Redes Sociales

Newsletter

Suscríbase a nuestras newsletters para recibir nuestros últimos comunicados
eMail incorrecto