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La religión como conflicto

Escrito por: Carlos García de Andoin
Julio - Agosto 2013

Construir espacios de convivencia

Quienes creemos, y en nuestro credo se encuentra la convicción en el papel positivo de la religión tanto en la vida personal y familiar como social, solemos plantear su papel en la construcción de la paz y la convivencia como una cuestión exterior a la religión. Es un problema del mundo al que la religión acude en son de paz y mediación entre la partes en conflicto.

Sin embargo, en la última década, que nos ha deparado una potente vuelta de Dios a la política frente a todas las predicciones laicas sobre la secularización –“Dios vuelve a la política” fue el título de la revista Foreign Policy en 2006-, ha variado el esquema, convirtiéndose la religión en parte del conflicto social, cultural y político. Veámoslo en tres escenarios.

El choque de civilizaciones

El sociólogo norteamericano S. Huntington propuso antes del 11-S la tesis del choque de civilizaciones(en artículo en 1993 y en libro en 1996). Había caído el muro de Berlín en 1989 y con él la división del mundo en bloques, colectivismo socialista versus capitalismo liberal. Pero en lugar del advenimiento de la pax mundial, postuló que el escenario del conflicto geopolítico se reproduciría, a caballo de la globalización, en términos culturales, como choque de civilizaciones. Mencionaba ocho grandes civilizaciones, entre ellas la cristiano-occidental y la árabe-islámica.

En este nuevo paradigma de conflicto mundial las religiones adquieren un papel determinante, pues una religión tiene más capacidad de demarcación de una identidad que la lengua o la nacionalidad. Una persona puede compartir la nacionalidad francesa y argelina, puede hablar también árabe y francés, pero lo que no puede ser a la vez es católico y musulmán, son opciones excluyentes. Además la religión en un mundo global tiene una capacidad de representación asimismo global. Una identidad nacional argelina, marroquí o saudí quedan muy limitadas en la globalidad, pero decir “islámico” es hablar de una identidad que tiene una capacidad de representación de buena parte de África, Oriente próximo y medio y que alcanza a Indonesia, aún su diversidad interna. Hablar de Islam o de Cristianismo es hablar de identidades transnacionales, que representan del orden de 1.500 millones de personas en el mundo.

Esta teoría de alguna manera se hizo realidad en EE.UU. el 11-S y en España con el atentado del 11-M, en el que fruto del terror murieron 198 personas. En la política exterior el 11-M llevó a proponer e impulsar, frente a la tesis de la inevitabilidad del choque, la Alianza de Civilizaciones para la cooperación antiterrorista, la corrección de desigualdades económicas y el diálogo cultural entre el occidente y el mundo árabe. Hoy es un programa de la ONU, con 106 países amigos y 21 organizaciones internacionales. Veinticinco países han aprobado su Plan Nacional de AC. España fue pionera con Turquía. Un país que puede ser una referencia de islamismo democrático para las transformaciones políticas que se están produciendo en el mundo árabe. No es cierta la incompatibilidad de principio entre Islam y democracia. Indonesia, un país con 240 millones de habitantes, con un 86% de musulmanes, que es democrático, ofrece de forma multiconfesional la religión en las escuelas, también para las minorías cristiana y católica.

Acreditados diplomáticos se negaban a reconocer el papel de las religiones en la Alianza de Civilizaciones. Sin embargo, son numerosas las iniciativas que han acabado siendo organizadas en materia de antisemitismo, islamofobia y también cristianofobia –a raíz de la violencia contra las minorías cristianas en países de mayoría islámica–. En todas ellas se planteó no sólo el respeto a las minorías, sino la inclusión social y la participación política.

Fundamentalismo, el poder de la identidad

De otra manera lo postula el sociólogo catalán Manuel Castells. A finales de los 90 escribe la trilogía “La era de la información” para intentar explicar la nueva época en la que nos adentramos2. El volumen referido a la cultura, el segundo, lo titula “El poder de la identidad”.

Sostiene que en un mundo en cambio acelerado, hay una disfunción entre lo tecno-económico y el sentido de la vida de los ciudadanos. Hay un acelerado ritmo de cambio económico y social produciéndose a la vez un vacío en la vida de los ciudadanos. Estados, tradiciones, pautas culturales que daban un orden han quedado en entredicho creando un vacío que tiende a ser cubierto por distintas fuentes de identidad. Describe cuatro: nación, identidades locales, la naturaleza y la tierra, y la cuarta, la religión, destacando el Islam y el Cristianismo. Son movimientos de crítica y resistencia al paradigma de la globalización, que en función de su capacidad de negociación pueden proyectarse sobre el conjunto de la sociedad para convertirse en actores influyentes de la configuración el futuro. Pone como ejemplo de este proceso el movimiento feminista.

Este poder de la identidad ha supuesto la aparición de la religión como fundamentalismo. Un autor como Olivier Roy postula, creo que con razón, que “el fundamentalismo es la forma de lo religioso que mejor se adapta a la globalización”. Esto se ha producido tanto en el cristianismo como en el judaísmo y el islamismo. En su forma límite nos encontramos con la aparición del extremismo político. Pero atención. No sólo el Islam, toda religión, también el cristianismo, la religión en general, ha visto teñida su percepción social de connotaciones negativas. Se asocia a intolerancia, conflicto y violencia.

A la pregunta de si “la religión es una fuerza de bien para el mundo”, como así se proponía en un debate en Toronto3 en 2010 entre Tony Blair, convertido al catolicismo, y el escritor ateo Chris Hitchens, éste, recientemente fallecido, sostenía que la religión lo envenena todo y que es por definición absolutista, exclusivista y factor de odio e intolerancia. Ponía como muestra la guerra de los Balcanes, el genocidio en Rwanda o el acuerdo imposible entre palestinos e israelíes.

Blair reconocía que en un mundo sin religión desaparecerían los fanáticos religiosos pero ello no implicaría la desaparición del fanatismo. De hecho, la violencia en el siglo XX, la de Hitler, Stalin y Pol Pot, estuvo marcada por visiones que menospreciaban la religión, que consideraban la obediencia a la voluntad de Dios como cosa propia de débiles.

El desafío democrático de la inmigración

Nuestras sociedades son cada vez más heterogéneas. En el caso de España, de la mano del crecimiento económico y la burbuja inmobiliaria, se produjo un incremento de inmigrantes en sólo diez años, del 2000 al 2010, de un 2% a un 12%. Es un proceso detenido por la crisis e incluso invertido, que ha transformado el paisaje humano de nuestras ciudades y pueblos. Hemos pasado de identidades colectivas relativamente homogéneas a identidades diversas y multicolores en género, etnia, lengua, orientación sexual y, también creencias. Desde la perspectiva religiosa en España se calculan 1.200.000 musulmanes, 800.000 protestantes, 500.000 ortodoxos, 125.000 testigos de Jehová, 30.000 mormones, 10.000 budistas y 40.000 de otras confesiones (Ministerio de Justicia, 2012). No es nuevo el pluralismo religioso. Aquí se reprimió precisamente por razón de Estado. El argumento empleado fue que la construcción del Estado en los siglos XV y XVI exigía una sólida cohesión social, cultural y religiosa.

La diversidad basada en la identidad se resiste a ser disuelta bien bajo la forma de la integración por asimilación universalista o de la pluralidad de individuos diversos. En países como Francia, Inglaterra, Holanda, Suiza o Alemania, hay barrios que reproducen un hábitat islámico, donde la segunda y la tercera generación encuentran más identidad y socialización en un Islam global que en el marco histórico-cultural que identifica su país. ¿Cuál será la evolución en España?

Esta diversidad encierra un potencial de división y de conflicto en el conjunto social. Esta diversidad, basada en la identidad, es más difícil de gestionar que los conflictos de intereses, más susceptibles de negociación. Es un desafío para la democracia. No pocos se preguntan si la buena racha de Dios va a acabar significando una mala racha para el proyecto democrático (Paul Valadier). La democracia que conocemos es nacional, al igual que la idea de ciudadanía. Hay quienes sostienen que la unidad de lengua, etnia y creencias es condición necesaria para la democracia nacional. Consideran que los conflictos de este tipo hacen imposible el gobierno democrático.

Sin embargo creemos y sostenemos que la democracia es el mejor marco jurídico-político para la inclusión y para la igualdad. Como dice el Consejo de Europa en resolución nº 1.396 sobre Religión y Democracia: “La democracia proporciona el mejor marco a la libertad de conciencia, al ejercicio de la fe y el pluralismo de las religiones, evitando así derivas fundamentalistas; por su parte la religión por su contribución a la producción moral, a la cohesión social y a la expresión cultural es un complemento valioso de la sociedad democrática”.

¿Bajo qué condiciones es posible la paz y la convivencia? Bajo un proyecto de igual ciudadanía en diversidad de creencias, “Creencias diversas, ciudadanos iguales”, lo que supone:

  • El reconocimiento y la gestión de la diversidad, no la negación o la asimilación;
  • La laicidad (libertad e igualdad; separación entre estado y religión; cooperación de los poderes públicos de la religión);
  • El desarrollo de políticas inclusivas con carácter integral, en lo prestacional, educativo, social y sanitario, y también en lo simbólico, cultural y religioso.

En esta línea, la Fundación “Pluralismo y Convivencia”, creada por el Ministerio de Justicia en 2005 ha desarrollado un importantísimo trabajo:

a) De investigación sobre el pluralismo religioso del país.

b) De análisis sobre las políticas públicas del hecho religioso por parte de Ayuntamientos, Comunidades Autónomas y AGE. Seguridad, salud pública, cementerios, participación pública, legislación sobre lugares de culto, etc.

c) De propuestas sobre la gestión pública de la diversidad religiosa. (Pueden verse en el portal “Observatorio sobre Pluralismo religioso2).

Esta es la perspectiva a la que necesariamente se deberán ir abriendo los poderes públicos si quieren anticiparse a procesos de desagregación social, exclusión o derivas fundamentalistas.

Entre ellas cabe destacar el apoyo a la enseñanza religiosa islámica en la escuela pública. Un apoyo que ha llevado a la confección y edición del libro escolar para todos los cursos de primaria, pionero en Europa. Que ha conducido también a la promoción con la UNED de una formación oficial en Islam, para líderes musulmanes, algo que ya viene haciendo la laicidad republicana francesa.

Laicidad incluyente y colaboración inter-religiosa

En estos escenarios, la contribución de la religión a la paz y la convivencia requiere impulsar dos líneas de acción: el impulso de una laicidad incluyente y el desarrollo de la colaboración inter-religiosa. Unas palabras sobre cada una de ellas.

El pluralismo cultural, moral y religioso, sólo construye convivencia en sociedades democráticas en aquella medida que el Estado es laico. La laicidad es condición de convivencia en libertad. Así debe ser considerada, querida y promovida por las propias religiones. Sin embargo, hay una interpretación del laicismo de carácter privatizador que niega a la religión un papel en la deliberación pública de nuestras sociedades democráticas y que rechaza que éstas puedan tener lugar alguno en el Estado y en las políticas públicas. Este laicismo, de carácter excluyente, lejos de coadyuvar a la democratización del conflicto religioso en la sociedad, lo exacerba.

Poco a poco, se ha extendido la conciencia sobre la necesidad de impulsar signos de diálogo entre las religiones, antes fueron los diálogos ecuménicos, más recientemente los interreligiosos, como la oración de Asís. Sin embargo, este tipo de gestos, promovidos a nivel internacional, carecen de la réplica correspondiente a escala local, salvo contadas excepciones. En lo que toca a los católicos, en la contribución a la paz, desde esta perspectiva de la religión como conflicto, debe impulsarse mucho más la colaboración inter-religiosa en los niveles locales y nacionales –municipios, diócesis y conferencia episcopal–. Desgraciadamente las dinámicas centrípetas y autocentradas acaban imponiéndose. La Iglesia católica, más instalada y aceptada en nuestra tradición cultural, tiene un especial deber para promover los derechos de libertad religiosa de las minorías, incluso a pesar de la no reciprocidad, hecho por el que también es precisa una mayor sensibilidad y compromiso de los cristianos. ©


 

NOTAS
1. Samuel HUNTINGTON, El Choque de Civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, Paidós, Barcelona, 2005.
2. Manuel CASTELLS, La era de la información (II). El poder de la identidad, Alianza Editorial, Madrid, 2003.
3. Debate patrocinado por matrimonio MUNK celebrado ante BBC Internacional en Toronto el 26 de noviembre de 2010. Cfr. http://www.munkdebates.com/home.aspx


Carlos García de Andoin

Teólogo y Psicólogo - Coordinador Federal de Cristianos Socialistas (PSOE) -.


 

La fe que practica la justicia

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Con motivo de la celebración del Año de la Fe 2012 - 2013, la revista Crítica ha dedicado el monográfico de su número de julio - agosto a tratar sobre el tema de la Fe y la Justicia.


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