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Dostoiesvski, Unamuno y Thomas Mann

Escrito por: David Felipe Arranz
Septiembre - Octubre 2012

Dolor y literatura

“Donde hay mucho sentimiento, hay mucho dolor”, escribió Leonardo da Vinci en referencia al binomio Eros y Thanatos, que cuatro siglos después reformuló Unamuno al afirmar que “lo que perpetúan los amantes sobre la tierra es la carne de dolor, es el dolor, la muerte”.

El amor, el dolor, la pena y la enfermedad han concitado la atención de pensadores y escritores desde el mismo origen de la filosofía y de la literatura. Así, las letras han recogido con singular fortuna el dolor y el sufrimientohumanos y ese estado de conciencia que conduce a la progresiva merma y creciente deterioro de las facultades vitales y que proporciona a los creadores una oportunidad excepcional para plantear cuestiones éticas de diversa índole acerca de la condición humana.

El dolor como sustrato narrativo

Las dolencias humanas y sus consecuencias –que van desde el dolor psíquico y físico a la muerte– han servido de sustrato narrativo y reflexivo a personalidades tan destacadas como Séneca, Boecio, Maimónides, Robert Burton, William Shakespeare, Miguel de Cervantes, Goethe, Marcel Proust, Miguel de Unamuno, Dostoievski, Luigi Pirandello, Antonin Artaud, Thomas Mann, Albert Camus, Malcolm Lowry, Aldous Huxley, Susan Sontag o Luis Cernuda, indiscutible cumbre de la lírica hispánica del siglo XX, por mencionar tan sólo unos pocos. 

Este último en Donde habite el olvido, poemario surgido tras el abandono de su gran amor, en poemas como “Yo fui” o “Los fantasmas del deseo” desnuda su yo poético a través del desengaño vuelto dolor, consciencia vívida y desgarrada de lo imposible: “Como la arena, tierra, / como la arena misma, / la caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira […]”. Frente a la realidad biológica expuesta en los términos más descarnados por los científicos, los escritores levantan en torno al dolor y a la enfermedad un formidable edificio de gran hondura que tiene más que ver con las ciencias del corazón que con las positivas –si bien se está demostrando cada día más la influencia del ánimo sobre toda clase de enfermedades–, imprimiendo así un extraordinario marchamo de dignidad al momento biológico más difícil de los seres humanos. Como señala Balzac, “El dolor ennoblece incluso a las personas más vulgares”.

Médicos escritores

Médicos y enfermos se sirvieron de la pluma a uno y otro lado de la barrera que separa la salud de la enfermedad: Mateo Alemán y Pío Baroja fueron antes médicos que escritores. Sin duda la permanente exposición a todo lo humano al desnudo y el ser testigos privilegiados y a diario de los límites vitales que el enfermo puede alcanzar, un territorio psicológico único e intenso, condujeron a la mayoría de ellos a explorar la senda de la ficción. El médico asiste al hombre en sus momentos de mayor vulnerabilidad, experiencia que otras profesiones no pueden proporcionar al que las ejerce; a decir de Somerset Maugham, “No conozco mejor entrenamiento para un escritor que dedicar algunos años a la profesión médica”.

La empatía del escritor enfermo

Del lado de los enfermos podemos destacar a Gabriel Miró, que padeció una terrible lepra que influyó en su narrativa, como se aprecia en Del vivir, El obispo leproso, El humo dormido y Años y leguas, en las que el escritor alicantino revela una gran piedad por los enfermos incomprendidos, en una empatía con el sufriente: “Los males devastan el espíritu, lo agrandan y lo hermosean…”. Fiódor Dostoievski (1821- 1881) es, sin lugar a dudas, el más famoso de los epilépticos célebres y así lo plasmó en numerosos personajes de sus narraciones y novelas, de entre los que destacan el conde Myshkin en El Idiota o Smerdiakov de Los hermanos Karamazov, a los que hizo padecer esta enfermedad. Nietzsche en El Anticristo ya señalaba que en la obra del narrador ruso podían hallarse fácilmente “seres enfermos, conmovedores, poseedores de rasgos de sublime extrañeza, en medio de cosas disolutas y suciamente plebeyas...”. La soledad en Dostoievski se convierte en enfermedad, un mal que también acompaña a la caterva de sus personajes, ateos y creyentes, jugadores y asesinos, orates y románticos convencidos que recorren su obra: “¡...Me siento siempre solo! –escribe– ¡Solo con mi mujer, y solo con la gente! Siempre solo. Es posible que otros me bendigan, siempre solo. Tengo un secreto que, si ustedes lo supieran, en el momento, me darían la espalda”. La enfermedad de la epilepsia fragmentó su ser en dos, el demoníaco y el filosófico, dimensión a través de la que alcanzaba insólitas cotas de clarividencia, un cenit que experimentaba sólo “unos instantes antes de la aparición del ataque”. Esta enfermedad la padecieron también Kierkegaard, Kafka, Nietzsche e Ionesco, con la incidencia y los resultados concretos sobre su producción, manifestados en un atractivo espectro de coincidencias literarias que van de la impotencia a la angustia.

Unamuno y el anhelo de inmortalidad

Miguel de Unamuno (1864-1936) –está pendiente todavía un estudio de literatura comparada entre el autor de Niebla y Dostoievski– preocupado por la condición humana, escribe Del sentimiento trágico de la vida (1912), apasionado ensayo sobre la “enfermedad” de lo trágico, que es algo universal: la lucha entre la fe y la razón. En el capítulo “El hambre de inmortalidad” escribe el filósofo vasco, que admiraba a Carducci y llamó a Leopardi el poeta del dolor y el aniquilamiento, “he de confesar, en efecto, por dolorosa que la confesión sea, que nunca, en los días de la fe ingenua de mi mocedad, me hicieron temblar las descripciones, por truculentas que fuesen, de las torturas del infierno, y sentí siempre ser la nada mucho más aterradora que él. El que sufre vive, y el que vive sufriendo ama y espera, aunque a la puerta de su mansión le pongan el “¡Dejad toda esperanza! », y es mejor vivir en dolor que no dejar de ser en paz”. El anhelo de inmortalidad provoca dolor en el alma del escritor, plasmada en este libro de carácter nosológico: Unamuno define la enfermedad como “una disociación orgánica; es un órgano o un elemento cualquiera del cuerpo vivo que se rebela, rompe la sinergia vital y conspira a un fin distinto del que conspiran los demás elementos con él coordinados. […] Todo lo que en mí conspire a romper la unidad y la continuidad de mi vida, conspira a destruirme, y, por lo tanto, a destruirse”. Para Unamuno, cuando la duda invade y nubla la fe en la inmortalidad del alma, “cobra brío y doloroso empuje el ansia de perpetuar el nombre y la fama”; es decir, para el autor de Vida de don Quijote y Sancho, “del fondo de estas miserias surge vida nueva, y sólo apurando las heces del dolor espiritual puede llegarse a gustar la miel del poso de la copa de la vida” pues “la congoja nos lleva al consuelo”. El lector de Unamuno va intuyendo cómo en el autor el dolor de esa incertidumbre y su lucha “infructuosa” por superarla es la base inequívoca de un ejercicio moral. La fe, al igual que el dolor, se nos imponen al igual que el instinto de conservación: ser hombre es ser enfermo y sentir dolor o, lo que es lo mismo, ser racional. Mas estamos ante una lucha de contrarios: lo irracional exige permanentemente un proceso de racionalización y la razón sólo puede hacerse realidad con el auxilio de lo irracional, con su deseo – Nihil cognitum quin praevolitum (Nada es conocido sin ser antes deseado)–. La sublimación de ese dolor-amor es el amor espiritual, otra variante del amor, que nace “de la muerte del amor carnal” al igual que “del compasivo sentimiento de protección que los padres experimentan ante los hijos desvalidos”. En opinión de Unamuno no hay conciencia más ardiente y palpitante de la vida que la que proporciona el dolor diario, el agudo puyazo que nos hace sentirnos inmortales sólo porque sabemos que vamos a morir, pues la verdadera enfermedad, la “trágica”, es la que “nos da el apetito de conocer por gusto del conocimiento mismo”.

Mann y la enfermedad como símbolo

Thomas Mann (1875- 1955) novela en Los Buddenbrook la catástrofe burguesa, la ruina del padre, que es en realidad metáfora de la caída de la próspera ciudad de Lübeck, baluarte del viejo estilo de la Confederación Hanseática… y del viejo estilo de vida europeo, el decimonónico, que iba a mutar en dos grandes guerras al alborear la siguiente centuria. Otra obra maestra suya, La montaña mágica, viene determinada por la enfermedad de la tuberculosis. Y en Doctor Fausto –poderosamente influida por la obra de Goethe–, protagonizada por un músico teólogo, Adrian Leverkuhn, la gran Alemania agoniza en un manicomio, víctima de la sífilis. Sus peripecias, contadas en un doble plano –el metahistórico y el real o biográfico–, giran en torno al nacimiento, evolución y caída y aniquilación total del genio, a partir de las ideas de Arnold Schömberg. La enfermedad de Adrian no es otra que la de la Alemania del III Reich, representada simbólicamente en la novela en la sífilis, metáfora de la corrupción, la ambición y la malignidad del genio musical, enfermedad-corrupción del amor platónico que conlleva inequívocas connotaciones de pecado y que a Mann le viene como anillo al dedo para convertir en literatura sus propósitos de crítica social; es decir, una enfermedad que comportara una demolición no sólo biológica, sino espiritual, metafísica. Adrian no puede curarse y convive con el dolor tras contraer la enfermedad: uno de los dos médicos que lo asisten muere y el otro es detenido, acusado de haber cometido un horrible crimen. A Mann comienza a interesarle la enfermedad a medida que avanza la novela y el dolor que produce a su protagonista – “los chancros abiertos, la pestilencia y las narices corroídas”–, transformado en iluminación una excusa para que el diablo relate la historia de Alemania, un pretexto para que el enfermo comprenda la maldad del mundo y la suya propia, una oportunidad para la meditación ante la aterradora presencia del mismo Lucifer.

Expresar lo inexpresable

La literatura, sin duda, explica el dolor y trata de darle una respuesta. En su excelente Literatura y ciencia, Aldous Huxley señala que la medicina, al igual que todas las ciencias, trata de establecer unas leyes explicativas que sirvan para aclarar, en función de elementos conocidos, los hechos que desconocemos. En medicina, en función de los síntomas, del dolor –hecho conocido–, se llega al diagnóstico. El hombre de ciencia observa, conceptualiza, ordena conceptos, busca definiciones, prueba, y concluye de forma lógica. En cambio, la literatura no trata de establecer leyes, sino de expresar todo lo inexpresado e inexpresable, lo impensado de los pensamientos, la intemporal mismidad de una infinitud de perpetuas muertes y perpetuos renacimientos, las fronteras mismas del dolor… algo que ni todas las ciencias juntas serían capaces de proporcionar a ningún paciente.©


David Felipe Arranz

Universidad Carlos III de Madrid


 

 

Comprender el dolor

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La ayuda en situaciones de catástrofe, el manejo emocional ante el dolor ajeno, el dolor en las grandes religiones, la representación del dolor en el cine, en definitiva, un mosaico de perspectivas con las que pretendemos comprender el dolor.


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