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Terror en la gran pantalla

Escrito por: Cecilia García
Enero - Febrero 2012

Drácula, Frankenstein, espíritus, asesinos en serie… El cine bebió del terror desde sus inicios como séptimo arte. El miedo y el terror son géneros capitales en la historia del cine como el “western”, el cine negro o el “thriller”. Su evolución a lo largo de las décadas se ha manifestado desde los títulos del cine mudo como Nosferatu a la sofisticación de El silencio de los corderos. Y siempre ha sido un cine de culto, tanto por su factura estética como por sus personajes, terriblemente humanos.

No es cine, pero casi

El vídeo de Michael Jackson se ha convertido en una de las referencias de los ochenta. En él, el artista salía del cine con su novia después de ver una película de terror y se desencadenaba una trama al más puro cine clásico con los medios tecnológicos de los años 80 dirigida por John Landis, uno de los referentes de este género. Cabría preguntarse por qué el miedo resulta tan atractivo, por qué se llega a disfrutar de él en la gran pantalla. Los vampiros, el miedo a la oscuridad, los espíritus, lo sobrenatural, seres desnaturalizados psíquicamente, zombis, hombres lobo… Según se apuntó en una de las ediciones del Festival de Sitges, especializado en el género, todas las personas sienten miedo y es cuestión de cada cual saber gestionarlo. El cine se convierte en el catalizador de esos miedos cotidianos. Con una diferencia, como apuntaba el investigador de ciencias cognitivas Óscar Vilarroya y la química Eva Loste: “Se llega a disfrutar de la emoción del miedo siempre desde una posición de control, como la que transmite el cine”. Con todo, hallamos placer en sensaciones como el terror, el desasosiego y la incertidumbre que procuran miles de títulos desde los inicios del cine.

Género cinematográfico esencial

El cine de terror nació con el cine, insisto. Se convirtió rápidamente en un género cinematográfico universal, no sólo exclusivo de Hollywood, nacido de la ambición de provocar pavor, miedo, disgusto, incomodidad, repugnancia y estados psicológicos cercanos a las crisis de pánico a partir de situar en una situación aparentemente cotidiana alguna fuerza, circunstancia o personaje de naturaleza maligna a menudo de origen sobrenatural o criminal. El cine de terror se caracteriza por sumergir al espectador en la paradoja de vivir a través de los personajes de la película una situación natural que se convierte en excepcional por un elemento externo, o uno interno que, de repente sale a la luz, hasta desencadenar una sucesión de situaciones no previstas y aparentemente sin explicación.

El cine de terror bebe de las fuentes de la literatura y de las supersticiones orales y leyendas tradicionales que han sobrevivido a los siglos sin que sus efectos en el ser humano se desactivasen. La novela de terror, que tuvo su mayor esplendor en el siglo XVIII y las tradiciones orales del cuento del miedo –desde el primitivo “hombre del saco” hasta brujas, zombies o vampiros- conforman el corpus de lo que los directores de cine sacaron su materia prima.

Desde el punto de vista técnico, desde los inicios del séptimo arte, las películas de terror se han caracterizado por una puesta de escena muy singular e identificable: la iluminación, que tiende a inspirarse en la pintura romántica del siglo XIX e incluso en pintores como Tintoretto, Turner o Rembrandt, que se caracteriza por el uso frecuente, casi obsesivo del claroscuro, hasta llegar al contraste y los tonos de penumbra, efectos que encuentran su mejor ejemplo en el cine expresionista alemán de los años 20, representado por Murnau –una de cuyas obras magnas fue Nosferatu (1922)– y Fritz Lang, que dirigió un clásico del género como M, el vampiro de Düsseldorf. Los escenarios más recurrentes serán la noche, los cementerios, la oscuridad, la casa abandonada, el castillo, las ruinas, un laboratorio lúgubre y un bosque, aunque en los títulos del siglo XX y XXI las cárceles, la soledad de las grandes ciudades, los hospitales también se convertirán en elementos externos para causar miedo. Otro de los elementos característicos de este género es la importancia de la banda sonora, como se puede comprobar en títulos como El silencio de los corderos, de Jonathan Denme; El resplandor, de Stanley Kubrick; Tiburón, de Spielberg; Encuentros en la tercera fase, también de Spielberg; Poltergeist, de Tobe Hooper, y El exorcista de William Friedkin.

Pero es conveniente empezar por el principio, el cine de terror tiene muchas ramificaciones que suelen converger pero que es conveniente despedazarlas desde el cine mudo hasta nuestros días. El miedo hacia lo desconocido personificado en figuras: el conde Drácula, Frankenstein, vampiros, Alien,
Depredador…

La pérdida de identidad y el miedo a la locura: es una temática heredara del siglo XX y proyectada en este siglo. Ejemplarizante es La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), en la que seres misteriosos se apoderan de la personalidad de humanos normales; El exorcista (William Friedkin), en la que el diablo se apodera de una niña; La semilla del diablo (Roman Polanski), una mujer gesta un niño en una vivienda donde desde su esposo hasta sus vecinos están conjurados para que el ser que nazca sea una reencarnación del demonio; la transformación del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde que saca a la luz una doble personalidad.

El miedo a lo desconocido

El cine clásico encontró un filón en el género de terror. En sus inicios tuvo correspondencia en cintas y películas que buscaban crear inquietud y miedo en el espectador. En 1910, los Edison Estudios produjeron la primera adaptación del mito de Frankenstein. Después llegaron, en plena época del cine mudo obras maestras como El Golem (Paul Wegener, Carl Boese), Drácula de Tod Browning y El jorobado de Notre Dame, de Wallace Worsley. Sin duda el director más importante en los inicios del siglo XX fue el cineasta alemán F. W. Murnau. Bajo la estética del expresionismo filmó títulos capitales del género como Nosferatu, el vampiro (1922), basada en el libro Drácula, de Bram Stoker. Éste tílulo ha sido una de las referencias más recurrentes para el género, ya que ha conocido innumerables adaptaciones, de las que cabe destacar Nosferatu, vampiro de la noche (1979), del alemán Herzog y la gótica y deliberadamente romántica Drácula de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola.

En la década de los 30 fue para el cine de monstruos de naturaleza maligna y torturada. De nuevo aparece Drácula en la celebrada cinta Drácula, de T. Browning, El doctor Frankenstein, de James Whale, La momia, de Freund, La parada de los monstruos, de Tod Browning y King Kong, de Merian C. Cooper y Schoedsack. Cabe subrayar que, a pesar de estar en los inicios del cine son cintas muy elaboradas desde el punto de vista estético y también argumental. Especialmente recomendable es La parada de los monstruos, una cinta que explora con lucidez y sensibilidad a los seres humanos distintos y con un físico deforme que poblaban los espectáculos de circo.

En los años 40, la productora Universal produjo El hombre lobo y secuelas de Frankenstein, pero fue la RKO quién hizo propio el género y avaló títulos tan recomendables como La mujer pantera, de Jacques Tourneur –una obra maestra sin discusión–, Yo anduve con un zombie, también de Tourneur. Los años 40 no fueron singularmente reseñables para el cine de terror.

Ya en los años 50 y 60 se antoja imprescindible reseñar la contribución al género de la productora británica Hammer que a lo largo de estas dos décadas facturó una avalancha de títulos de distinta calidad, aunque cabe reseñar por su factura visual y su argumento La maldición de Frankenstein, Drácula y La momia. Su director estrella fue Terence Fisher. Hammer raramente arriesgó con nuevas tramas y distintos personajes, ya que se ciñó a revisitar a los clásicos. En Estados Unidos destaca la presencia de Roger Corman, director de películas de serie B al margen de los grandes estudios, que hizo unas memorables adaptaciones de los clásicos de Edgar Allan Poe como La caída de la casa Usher, El cuervo o La máscara de la Muerte Roja.

De Hichcock a Scott

Mención aparte por su excelencia cinematográfica merece Alfred Hichcock. El genio del suspense se adentró como pocos en las entrañas del terror moderno, que se aparta de las adaptaciones de clásicos del género para ofrecer dos obras cumbres como Psicosis, en la que por primera vez aparece como mecanismo generador del miedo un psicópata y en la que hay que subrayar en el colmo de la sugerencia fílmica y en la capacidad de generar terror en el espectador la inolvidable secuencia de la ducha. Firmó obra maestra del género en Los pájaros, a cuya atmósfera de terror contribuyó sobremanera una banda sonora en la que sustituyó la música por el intenso y repetitivo graznido de los pájaros. A la década de los 60 también pertenecen dos títulos sobresalientes como Suspense, en la que es capital el terror psicológico, y La mansión encantada.

En los inicios de los años 70 irrumpió con un gran éxito de público y de crítica “El exorcista”, de William Friedkin. Con una banda sonora de Mike Olfield, adentraba al espectador en una pesadilla que tenía como protagonista a una niña poseída por el diablo. A pesar de algunas escenas efectistas es un clásico del género, como también lo es la más austera formalmente La semilla del diablo, de Roman Polanski, un ejercicio sofisticado de terror psicológico donde se pasa más miedo por lo que sugiere que por lo que muestra. El miedo que genera la presencia del diablo, y más aún si se encarna en un niño, se explotó a conciencia en La profecía, otro clásico del género.

Spielberg también dio una vuelta de tuerca al género con Tiburón. En esta película no son criaturas malignas y espíritus los detonantes del miedo. Siguiendo la estela de Hichcock en Los pájaros, el terror lo desencadenan animales que están en la cotidianeidad y que se convierten en fieros enemigos del ser humano. En esta década también se arrogó un protagonismo imprevisto las cintas que tenían como “leiv motiv” los fenómenos paranormales. La obra cumbre en esos años fue Carrie, dirigida por Brian de Palma, que adaptó una novela de Stephen King. El cine de terror de factura italiana estuvo muy presente en esta década de la mano de Dario Argento. Aunque su factura es algo rudimentaria y sus argumentos están un poco inflados, lo cierto es que tuvo bastante éxito entre los espectadores títulos como Suspiria. Ridley Scott marcó otra senda para el género con Alien en la que el terror y la ciencia ficción se unen para llevar al espectador en volandas a una sensación de pánico a partir de la existencia de un monstruo extraterrestre que se hace con un carguero espacial. La cinta tuvo varias secuelas, todas ellas protagonizadas por Sigourney Weaver.

Terror adolescente

Los años 80 están marcados por la producción en serie de películas de terror adolescente. Sin ninguna pretensión artística, sólo económica, están dirigidas a un público muy determinado y con unos argumentos muy primarios que encuentran su clímax en escenas muy básicas. Hay que destacar títulos como Viernes 13, embrión de una saga de películas que tienen como protagonista a un asesino que actúa en la oscuridad, Pesadilla en Elm Street, firmada por otro especialista del género como Wes Craven, Halloween, Cumpleaños mortal y El muñeco diabólico. Sin embargo no todas fueron películas concebidas exclusivamente para tener éxito en la taquilla. También está presente el cine de autor con obras magnas como El resplandor, de Stanley Kubrick, en la que un sobreactuado Jack Nicholson, encarna a un hombre que es poseído por los habitantes de la mansión que alquila para escribir. Algunas de sus escenas ponen los pelos de punta y exacerban el terror psicológico. El canadiense David Cronemberg irrumpió en el género con la excepcional La mosca, “remake” de una cinta de los años 50, y la inclasificable, por su complejidad argumental y su poderío visual, Inseparables.

Los años 90 estuvieron marcados por un fenómeno cinematográfico de cinco Oscar: El silencio de los corderos, de Jonathan Demme. El personaje de Hannibal Lecter, un psiquiatra que es un asesino en serie, se ha quedado grabado a fuego en la mente de cualquier cinéfilo. Demme supo manejar con maestría el terror psicológico. Neil Jordan volvió al cine de vampiros con la notable, por distinta, ya que se apartaba de algunas coordenadas del género para avanzar dramáticamente por terrenos insospechados, Entrevista con el vampiro.

En esta década se insistía en la producción de facilonas películas de terror para adolescentes como Screamy Sé lo que hicisteis el último verano. Con todo no hay que olvidar algunas aportaciones dirigidas a un espectador menos acomodaticio como El sexto sentido y Los otros, de Alejandro Amenábar.

Cine en español

Los inicios del siglo XXI están marcados por la eclosión del cine de terror de factura asiática con cintas como la japonesa The Ring, la serie Juon o El grito. Desde México nos llegó Guillermo del Toro que triunfó con Cronos, pinchó en su aventura en Hollywood con Mimic y se volvió a reivindicar como un director de altura creador de atmósferas inquietantes y perturbadoras con El laberinto del Fauno. En España el género se está revitalizando –tras la década de los 60 y los 70 en las que Paul Naschy fue clave en el género del terror patrio con sus adaptaciones de El hombre lobo– con los trabajos de Jaume Balagueró, Los sin nombre y REC, Juan Carlos Fresnadillo 28 semanas después y Juan Antonio Bayona con la premiada El orfanato.

Se puede afirmar que el cine de terror goza de una excelente salud, ya sea desde el punto de vista comercial, con títulos poco exigentes y muy facilones, como por las aportaciones de grandes directores que se han especializado en este género, generando historias con una brillante puesta en escena. El cine de terror, como el terror en sí mismo que sentimos los humanos se ha sofisticado hasta llegar a complejidades antes nunca imaginadas.©


Cecilia García

Crítica de cine


 

 

Repaso a nuestros miedos

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¿Qué es el miedo? ¿Cuál es su origen? ¿Son diferentes los miedos de la mujer y del hombre? La construcción social del miedo; El miedo en niños y adolescentes; El miedo desde la perspectiva de la fe; Miedo y pobreza; Miedo y vejez; El cine y el miedo; Miedos cotidianos; El miedo a la muerte, al fin del mundo... En éste monográfico trataremos de dar respuestas a los interrogantes y tratar el miedo desde todas las vertientes.


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