22Noviembre2017

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Testimonios en torno a la fe y la justicia

Escrito por: Varios autores
Julio - Agosto 2013

LA FE ES MIS MANOS Y MIS PIES

Borja Iturbe Sánchez de Movellán - Músico -.

Todos los años lo mismo: ¿”Fe” lleva tilde? Aunque no se acentúa, mis alumnos de Secundaria e incluso Bachillerato siempre lo dudan. Y esta anécdota repetida, me lleva siempre a la misma reflexión: nuestro mundo le ha quitado el acento a la fe, pero muchos se resisten; queremos acentuarla en nuestra vida, deseamos que nuestro mundo le ponga un acento muy grande, que se note, que esa palabrita tan corta amplíe su horizonte hacia arriba. Porque tener fe amplía horizontes vitales no sólo hacia arriba, sino también hacia fuera. Tener fe es darse cuenta de que cada día ponemos nuestra vida en manos de los demás; la fe supone reconocer que, queramos o no, confiamos en los demás; la fe es la constatación de que venimos de otros y somos para otros.

En el mismo momento que lo reconocemos, lo aceptamos como maravilloso. Y, en ese momento, descubrimos la responsabilidad ante tantas vidas puestas también en nuestras manos.

Pero esta fe esencial, humana y humanizadora, se puede escribir con “F” mayúscula cuando se eleva más, cuando sube a ese Otro absoluto, inicio, fin y sostén de la existencia.

Muchas veces me pregunto ¿por qué tengo esa “Fe”? No lo sé. Es uno de los misterios de mi vida. ¿Por qué otras personas muy cercanas (amigos, familiares) no tienen Fe, y yo sí? No tengo respuesta. Lo cierto es que siento que mi vida está segura, mantenida, sostenida por Dios. Él no me abandonará: nunca me ha abandonado. Lo sé y no necesito demostración. Siempre lo he sabido y lo tengo tan presente como la respiración o el latir de mi corazón. Quizá sea un don gratuito, quizá algo recibido de mi madre, o quizá el resultado de una educación que me ha enseñado a ser agradecido, a reconocer el regalo de la vida, o a valorar lo mucho que recibo de los demás.

¿Es razonable tener Fe? Esta es también una pregunta obligada. Pero no puedo sino contestar con más preguntas: ¿Qué es más razonable: tener Fe, o no tenerla? ¿Es más razonable afirmar que lo que yo veo como orden (leyes físicas, organismo humano, un sentido para mi vida) proviene de un ser superior personal e inteligente que nos quiere, o afirmar que proviene del puro azar? ¿Es más razonable afirmar que todo tiene explicación, o afirmar que hay lugar para el misterio? ¿Es más razonable confiar, o no confiar?

Hubo un año en mi vida en el que viví una fuerte crisis de fe en Dios: ocurrió estudiando Filosofía en la Universidad, el último curso, precisamente cuando profundizaba en el estudio de los llamados “Existencialistas ateos” y, especialmente, Albert Camus. Fue más bien una crisis de sentido a partir de las cuestiones que me presentaba la lectura este honesto escritor. Después de muchos meses acabé formulando que dar un sentido a los acontecimientos de la vida exige no respuestas claras, sino más bien apuesta, riesgo y opción vital.

Porque la fe no es creer en lo imposible, sino creer posible lo que desde algún punto de vista parece imposible. La fe no es afirmar lo irracional, sino hallar razones para defender lo que desde algún punto de vista parece irracional. La fe no es esperar ingenuamente un milagro, sino construir la esperanza y el sueño de que juntos (y quizá con alguna ayuda) podremos lograr un mundo más justo y feliz.

Por todo ello, cuando busco una imagen para expresar el significado vital que le doy a la fe, me aparecen unas manos y unos pies.

La fe, para mí, son unos pies. Pies que nos ayudan a avanzar y superar dificultades. Pies que avanzan el camino hacia el encuentro con el otro, con el diferente, con el necesitado, o con el que te puede dar lo que necesitas. Pies que soportan incansables el peso de una vida. Pies que han aprendido a caminar porque un ser querido le ha enseñado, con mucha paciencia, cómo hacerlo.

La fe, para mí, son unas manos. Son esas manos en las que Dios tiene tatuado nuestro nombre. Son esas manos que tiende un padre o una madre a su hijo. Son manos que sostienen, acarician y regalan. Son manos que crean la belleza de la música, el regalo de la solidaridad, y el camino hacia la utopía.©


LOS HOMBRES Y LAS MUJERES DE DIOS SON INCONFUNDIBLES (Pedro Poveda)

Camino Cañón - Universidad de Comillas, Presidenta del Foro de Laicos -.

Se me pide expresar cómo vivo mi fe en mi realidad cotidiana. Trataré de decir algo con la confianza de que es compartiendo los dones recibidos como unos a otros nos confirmamos en la fe.

Por vocación, mi vida está inserta en la Institución Teresiana, una asociación católica de laicos fundada por San Pedro Poveda hace ahora un siglo, que toma como referentes los primeros cristianos. La frase con que encabezado este escrito expresa su convicción de que los hombres y mujeres que están henchidos de Dios, viven una vida plenamente humana. En la Institución Teresiana he madurado mi fe y he asumido la profesión que ejerzo, como la misión evangelizadora que llena mi vida. En ella he tejido lazos de fraternidad y de amistad, he desarrollado proyectos, he asumido responsabilidades, y con todo ello he intentado contribuir a mostrar que con lazos nacidos de la fe y el amor mutuo pueden crearse espacios donde la vida se comparte y se gasta intentando que la vida abundante que Jesús vino a regalarnos alcance a muchos. Voy a tomar unas palabras de Benedicto XVI en su encíclica Spes Salvi como hilo conductor de lo que quiero expresar en estas páginas. Presenta la esperanza que nace de la fe como la fuerza que cambia la vida de los cristianos, y hace fecundas aquellas comunidades primeras en los inicios de la Iglesia. Les lleva a saberse libres, a reconocer que “la sociedad actual no es su ideal; ellos pertenecen a una ciudad nueva, hacia la cual están en camino y que es anticipada en su peregrinación”(nº4). Pues esa fe no tiene sólo que ver con lo que ha de venir, “nos da ya ahora algo de la realidad esperada, y esta realidad presente constituye para nosotros una “prueba” de lo que aún no se ve. El hecho de que este futuro exista cambia el presente y a su vez el presente está marcado por la realidad futura”( nº7).

Benedicto XVI, en el texto citado, nos recuerda a los cristianos que en este mundo complejo tenemos que “aprender de nuevo en qué consiste realmente nuestra esperanza, qué tenemos que ofrecer al mundo y qué es por el contrario lo que no podemos ofrecerle”.

Y señala varios lugares que denomina de “aprendizaje y del ejercicio de la esperanza”. Recojo tres de ellos: la oración, el sufrimiento y la acción humana para expresar en cada uno como cómo percibo las señales de esperanza y cómo me siento movida a generarlas, a hacerlas asequibles a otros.

En la espiritualidad de Encarnación propia de la Institución Teresiana, la oración y el estudio son los dos medios para desarrollar la misión a la que me he sentido convocada. Alguien puede preguntarse ¿Cómo puede un espacio en el que “tratamos de amistad con quien sabemos nos ama”- en expresión de Teresa de Jesús-, ser un lugar privilegiado para el discernimiento de las señales de esperanza en nuestro mundo? ¿Cómo puedo presentar un espacio en el que se cultiva la intimidad, como lugar de visión y encuentro de las realidades más varias de nuestro mundo global?

Para Teresa de Jesús ese trato de amistad es precisamente el aprendizaje de ensanchar el corazón hasta que los intereses del Amigo le sean familiares, hasta reconocer en los acontecimientos, las huellas y los reflejos de su paso, hasta aquietar el corazón para que su sensibilidad y sus intereses se descentren de sí y se abran a los intereses del Señor. Nada humano resulta ajeno. Las percepciones de las cosas cobran nuevos matices, salen de la oscuridad. Emergen las señales de esperanza, las posibilidades de vida y de bien se presentan con una fuerza suave, capaz de guiar la voluntad y de mover el entendimiento a conocer mejor cómo y de qué manera implicarse en darles forma, en hacerlas realidad. Decía Poveda que “Somos más fuertes,… se hace positivamente bien, allí donde se ora.” La oración es así para mí, como lo es para muchos cristianos, un lugar privilegiado para acoger la fuerza que transforma mi vida. Un lugar para interiorizar la luz y la Palabra. Me posibilita nombrar las realidades con palabras sacadas del fondo común de esa Palabra que nos ha sido regalada y que genera comunión entre los cristianos y horizonte de reino de Dios para todos. Una oración vivida en las condiciones ordinarias de la vida y reforzada con algunos tiempos fuertes cada año. El segundo escenario generador de esperanza, mencionado por Benedicto XVI, es el sufrimiento. El sufrimiento es sin duda, la experiencia humana más universal y a evitarlo se concitan las mejores energías de todas las sociedades. Su presencia en la vida humana es tan constitutiva que negarlo o darle la espalda es siempre un camino de destrucción y una fuente de mayor dolor. El sufrimiento compartido desde la hondura de la fe, es hoy una señal de esperanza porque transforma nuestra mirada sobre el hombre y sobre el mundo y nos devuelve a la visión de allí dónde radica la importancia del ser y del vivir.

En estos últimos trece años he vivido una experiencia personal que me permite hablar en primera persona de lo que acabo de decir. Durante ocho años he acompañado simultáneamente a mis padres enfermos y a mi única hermana, los tres, con enfermedades incurables. Mis padres murieron hace cinco años, mi hermana está actualmente en una residencia de enfermos de Alzheimer y allí la visito a diario. Durante todo este tiempo ha cobrado vida en mí una frase del Cardenal Martini, que quizás en otro momento hubiera pasado desapercibida. En un libro titulado: ¿Qué belleza salvará al mundo? (Estella, Verbo Divino, 2000), contesta a esta pregunta el Cardenal, diciendo: “La belleza que salvará al mundo es el amor que comparte el dolor”.

En este tiempo he podido encontrar mucha belleza contemplando el amor con que muchas personas comparten el dolor de sus seres queridos enfermos. Quizás por eso, he encontrado señales de esperanza que me han ido acompañando en este camino, y que tienen que ver con la transformación que he percibido y percibo, tanto en mis enfermos como en otros cercanos, cuando nos aproximamos a ellos personas que les queremos. Personas deterioradas físicamente aparecen con un brillo especial, sus rostros gastados aparecen con nueva luz a través de la mirada de las personas que las queremos y las cuidamos.

Por eso, quiero subrayar aquí la fuerza de la mirada, su carácter performativo, es decir, “su capacidad de hacer cosas”, como fuente de esperanza. Tanto mi padre, como ahora mi hermana, los dos perdieron el habla. La mirada ha tenido en la comunicación con ellos el poder de “hacer cosas”, de comunicar cercanía, de hacerles saber que están vivos y que son profundamente queridos; y esto genera alegría y paz profunda. La mirada tiene poder, como tuvo poder la mirada y la palabra de Jesús para atraer hacia sí, sanar o para detener el oleaje.

Por último, la acción humana en sus diversas modalidades es también lugar donde sembrar esperanza. Diré unas palabras sobre mi trabajo y sobre algunos otros aspectos de mi actividad.

Desarrollo mi profesión docente e investigadora en la Universidad, en un ámbito privilegiado: formación de jóvenes con vocación filosófica, y algunos de ellos también vocación teológica. Dentro del currículum académico me corresponde contribuir a que cada alumno desarrolle sus mejores capacidades racionales en su dimensión lógica, adquiera instrumentos teóricos para analizar las ideas propias y las de otros, para cincelar con rigor su propio pensamiento, para comunicar sus búsquedas con fidelidad a la verdad. Acompañar estos procesos posibilita reflexionar en voz alta acerca de potencialidades y límites de la razón, sacar a la luz otras dimensiones del ser humano, diferenciar ámbitos del lenguaje, etc., es un ejercicio que lo vivo como experiencia de colaborar con Dios creador en el desarrollo de su obra en cada una de las personas que se sientan en el aula. A la vez, en el modo de hacerlo, intento que cada cual se sienta respetado y potenciado en su singularidad tanto por mí como por sus compañeros.

Es un modo indirecto de acercarles al misterio de cada persona, la propia y la de los demás. En el ámbito de la investigación, en estos últimos años de mi vida académica estoy centrada en cuestiones relacionadas con la temática de ciencia y tecnología y religión. Son cuestiones que me han interesado siempre, y que ahora tengo la oportunidad de pensarlas con otros, darles forma escrita y proponerlas para la reflexión en foros públicos. Voy constatando que en nuestra sociedad hay muchas personas que se plantean de una u otra manera cuestiones de este tipo, y que buscan espacios y personas para contrastar sus inquietudes y sus búsquedas. Vivo esta tarea como una oportunidad para contribuir a buscar imágenes y formulaciones para el contenido de nuestra fe, de modo que quienes se pregunten como Nicodemo, cómo es posible nacer a la fe en esta cultura científico técnica, encuentren expresiones donde descansar en sus búsquedas.

Por último, quiero mencionar el servicio que en estos últimos cuatro años he tenido la oportunidad de realizar como presidenta del Foro de Laicos de España. Ha sido un privilegio poder acercarme y saber la acogida en encuentros y celebraciones de más de 50 movimientos y asociaciones católicas de nuestro país. La diversidad de carismas, de modos de ofrecer la Buena Noticia de Jesús en nuestra sociedad, es verdaderamente un tapiz en el que cualquier persona puede encontrar el hilo y el color con que tejer lo mejor de su experiencia de crecimiento personal en servicio los demás. Sólo me queda agradecer la oportunidad que se me da para compartir tanto bien recibido, y expresar el deseo de que quien lea estas páginas se una a mi acción de gracias y se sienta invitado o invitada a compartir con otros la experiencia de su fe vivida.©


"NO TENGO FE, SOY MI FE"

Charo Moreno - Directora del colegio Mayor Santafe. Universidad de Granada -.

Hace ya mucho tiempo leía un testimonio sobre la fe de Jacques Leclercq, venía a decir algo así: “yo no tengo fe, yo soy mi fe”. Desde entonces ese testimonio ha sido y es como un poste indicador para la vivencia de mi fe. Fe que día a día va configurando mi ser (“yo soy mi fe”): mi pensar, mi sentir, mi actuar, mi manera de entender la vida.

Fe en Jesús de Nazaret, Dios encarnado. Dios se hace hombre y nos muestra el camino para humanizarnos y humanizar la humanidad. Dios está con el hombre, con la mujer y es fuente de vida, de justicia, de plenitud. Esta es mi fe.

Fe en Jesús de Nazaret que proclama que ha sido enviado por Dios “a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación de los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos…” (Lc 4, 18)

Dios se hace hombre: ser hombre, ser mujer es una maravilla. Este es mi destino, mi libertad, mi amor, mi justicia, mi fe.

Mi fe es fe en el hombre, en la mujer porque “todos llevamos su soplo incorruptible” (Sb11, 26-21,1) “lo que hicisteis a unos de estos pequeños a mi me lo hicisteis” (Mt 25,40)

Tener-ser fe es aceptar ser amada y aceptar que todo ser humano es amado sin límite porque “Dios es amor” (1ª carta de Juan). Juan nos revela un Dios que ama y a partir de ahí la Historia humana recobra un sentido de eternidad porque el amor no muere. Y una exigencia ética desvelada en el rostro de cada ser humano. Esta es mi fe, mi justicia y mi esperanza.

Tener-ser fe es creer en Alguien e implica amor y libertad, es esencialmente adhesión libre de mi persona a la persona de Jesús, revelación de Dios, y esta relación amorosa compromete todo mi destino. Tener fe es una ternura y a veces una locura, es saber que estás salvada, que estamos todos salvados, y vivir.

Fe viva que es sed de absoluto, sed insaciable de amor, de justicia, de paz, de libertad, de vida. Esta sed encuentra su verdadera dimensión en Jesús, pura relación con Dios–Padre, que ama y salva, que es pura compasión para con todos. “El que venga a mí, no tendrá hambre, el que crea en mí no tendrá nunca sed” (Jn 6,35).

La fe es fuente de libertad. “La verdad os hará libres… si el Hijo os da la libertad seréis realmente libres” (Jn. 8,32-36)

La fe es fuente de justicia. “Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lc. 52-53)

Fe-libertad-amor.”Vosotros hermanos habéis sido llamados a la libertad; pero no toméis esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos unos a otros por amor” (Ga.5, 13)

La fe me libera del miedo. “No temas….” (Is. 43,10; Mt 6,25-27)

La fe es confianza en que este mundo tiene salida porque Alguien en quien creo y de quien me fio ha dicho “yo soy la puerta” (Jn. 10,9)

La fe me cuestiona incesante e insaciablemente y es provocación permanente a salir de mí. La fe no es algo adquirido, ni un resultado obtenido una vez por todas, es tensión permanente.

La fe es con frecuencia oscura, y a veces da vértigo, es sufrimiento, pero un día, un instante de gracia y la fe te invade de plenitud y entonces es certeza.

Para mí la fe no es un problema, Dios, Jesús, el Evangelio, la Iglesia no es un problema es un Misterio.

Mi fe no es una simple adhesión a unas creencias: los dogmas, la doctrina, la tradición teológica, los ritos, los sacramentos, ¡no! ellas han vehiculado mi fe y en la medida que la nutren son importantes y necesarias, pero son segundas con respecto a mi fe.

Mi fe es frágil y grita desde dentro ¡Aviva mi fe!

Mi fe es suplicante y “por eso doblo mis rodillas ante el Padre de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra para que os conceda, por la riqueza de su gloria, fortaleceros interiormente, mediante la acción del Espíritu; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento, y os llenéis de toda la plenitud de Dios.(Ef 3,14-19) ¡Esta es mi fe, fundamento y exigencia de justicia!©


QUITEMOS LA VENDA DE NUESTROS OJOS

Mª Inmaculada González Villa - Presidenta de la Asoaciación Ecuménica Internacional -.

Pregunta hiriente para la conciencia personal y colectiva en estos momentos de la historia. ¿Desde dónde me pregunto: qué significa para mí ser una mujer creyente que quiere sumar fuerzas en la lucha por la justicia?

Sin duda, me planteo esta cuestión desde una conciencia de creyente amplia, fruto de la experiencia en el diálogo ecuménico e interreligioso, y también con gente de buena voluntad, sin una fe claramente definida, pero que cree en el amor y la compasión; y, a la vez, con una conciencia personal iluminada por la palabra y la vida de Jesús de Nazaret. Ya no sé vivir la fe de otro modo, al conocer que esa última realidad, que muchos llamamos Dios, y que Jesús nos enseñó a llamar “Padre de todos”, nos llama a todos a colaborar con él para hacer de este mundo una “bella ecumene”, donde todos los pueblos –hombres, mujeres y niños– puedan vivir en paz y esperanza.

Para los cristianos, la espiritualidad ecuménica debería trasparentar en nosotros un modo de vivir la fe cristiana: sumergidos en la confianza plena en Dios y en su promesa, porque esta espiritualidad no busca sólo la unidad visible de los cristianos, significa también cooperar a favor de la justicia, de la paz, de los derechos del ser humano, y de la conservación de la naturaleza1. Esta espiritualidad va más allá, busca también hacernos conscientes de que los cristianos somos semilla del Reino, y, por ello, todos estamos llamados a unir nuestros esfuerzos allí donde estemos, para colaborar en la creación de un mundo más justo, donde el odio y la violencia sean superadas por el perdón y la reconciliación evangélica; donde se respete la dignidad de cada persona, donde sea posible la paz y la justicia, y podamos vivir como hermanos, hijos del mismo Padre.

Lo que nos convoca va más allá de nosotros mismos. El movimiento ecuménico es fruto de la oración de Jesús en la noche de su entrega. La fuerza de su oración, y su espíritu permanecen en el tiempo, y nos orientan y sostienen en nuestro caminar a lo largo de la historia.

Este año, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos ha tenido un lema exigente y muy comprometido, sacado del profeta Miqueas, el cual, ante la aflicción de su pueblo, invita a su pueblo a peregrinar al monte del Señor, para que el Señor les indique el camino, y puedan así caminar por sus sendas (4.2), sendas de salvación, orientadas por la justicia y la paz (6,1 a 7,7). Miqueas nos enseña que las relaciones de Dios con la humanidad se establecen en la justicia y la paz. Dios salvó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, y lo llama, a través de la Alianza, a vivir en una sociedad construida en el respeto de la dignidad de cada persona, en la justicia y la equidad.

Para Miqueas, la salvación que Dios ofrece para salir de la esclavitud y de la humillación cotidiana exige ir más allá del culto y de los holocaustos (6,7). Por eso dice que lo que Dios quiere de nosotros es que respetemos el derecho, practiquemos con amor la misericordia y caminemos humildemente con nuestro Dios (6,8). El deseo de Dios expresado por las palabras de Miqueas, podemos traducirlo en esta ocasión como: que la justicia y la misericordia estén en el centro de nuestra vida, de nuestra búsqueda de unidad, de nuestra religión y de nuestros ritos.

Mientras vivimos sobre nuestro planeta, estamos llamados a caminar no sólo como hijos de Dios, sino también como hijos de la Tierra. Esto nos invita a tomar conciencia de que todos formamos parte de la misma Creación, y, por ello, estamos unidos los unos a los otros, dependemos de la tierra, y, a la vez, somos interdependientes entre nosotros. Nos urgen al cuidado de la tierra, y a colaborar en la justa gestión y distribución de sus frutos y recursos. Nuestro planeta, hasta ahora, posee bienes suficientes para erradicar el hambre, y evitar que la gente muera de sed. Sin embargo, la mala gestión, el despilfarro y la desigualdad en el uso y reparto de estos bienes hacen que el escándalo de la pobreza sea cada vez más grande y más cercano. La llamada del mundo de la pobreza, para un cristiano, no puede esperar.

Desde hace tiempo, las Iglesias, y, a título personal, muchos cristianos más sensibles a esta realidad, vienen invitándonos a dejar que Jesús nos quite la venda de nuestros ojos para que podamos ver, con la luz de su mirar, la realidad que nos rodea. Pero, a veces, no estamos dispuestos a escuchar, con toda su fuerza, la llamada de esta voz.

El año pasado, la celebración del Día Mundial de Oración (DMO), preparado por las mujeres de Malasia, tenía también como lema esta urgencia: Que prevalezca la justicia. Este año, el comité interconfesional del DMO de las mujeres de Francia, pone ante nosotros el tema de la emigración: Fui forastero y me acogiste, inspirado en el capítulo 25 de Mateo. Tanto los mensajes del Consejo Mundial de las Iglesias como los del papa Francisco o el patriarca Bartolomé I, nos urgen a los cristianos a vivir y desplegar en nuestro mundo la espiritualidad samaritana.

¿Qué pasos podemos dar en nuestros contextos para avanzar ante esta llamada? ¿Quiénes son nuestros prójimos abandonados en el camino que mueven nuestras entrañas y nos piden un mayor compromiso con el querer de Dios?

¿Quiénes son esos bandidos de nuestro mundo, que asaltan a los más débiles dejándolos extenuados en medio del camino? El mal no actúa solo, se rodea de aquellos que están dispuestos a la codicia, al robo, a la opresión, a la explotación del otro. Estos bandidos pueden ser, a veces, una persona concreta, pero, otras, son grupos organizados, mafias, mentalidades, estilos y modos de vida sin escrúpulos en el despilfarro, ante los cuales, los débiles y los pequeños no importan, porque no tienen valor.

El reto más fuerte que los creyentes tenemos dentro y delante de nosotros –dice Vincenzo Paglia– es la falta de amor que se manifiesta en nuestra sociedad.Nos lo ha dicho Jesús: “por cómo os améis reconocerán que sois mis discípulos”. Lo que vieron y palparon los primeros seguidores de Jesús es que con Jesús había llegado el Amor a la tierra.

Dios es Amor… y si uno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano pasa necesidad, le cierra las entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hijos, no amemos de palabras y de boquilla, sino con obras y de verdad. (1 Juan 3, 17- 18).

Y, ante esto, nos podemos preguntar con Miqueas: ¿Como creyentes, qué exige Dios de nosotros?

Como elegidos de Dios, nos dice Pablo en la carta a los Colosenses 3, 12, revestíos de entrañas de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre, 

¿Seremos capaces de encontrar entre todos, creyentes de diferentes confesiones cristianas y tradiciones religiosas, junto a gente de buena voluntad, gestos proféticos con los que anunciar la llegada del Reino para toda la humanidad, especialmente, para aquellos que son víctimas de la exclusión y el abandono? ¿Seremos capaces de abrir puertas a la esperanza para nuestro mundo?

Quiero terminar estas reflexiones con unas palabras que leía en estos días a propósito del texto de Miqueas: Ojalá que las sandalias de la fe cristiana se conviertan para nosotros en sandalias que nos hagan caminar humildemente con nuestro Dios por la senda de la justicia, y que el Dios de justicia, unidad y paz nos capacite para ser signos auténticos de solidaridad humana, fortaleciéndonos para hacer, en nuestras realidades, lo que Dios quiere y exige de nosotros. ©

1. Santiago Madrigal: Espiritualidad y ecumenismo: reflexiones al hilo de Unitatis redintegratio, 8. En Pastorall Ecuménica,nº 88, páginas 9-30. Madrid, Centro Ecuménico “Misioneras de la Unidad”, 2012
2. Vicenzo Paglia; De la compasión asl compromiso. La parábola del Buen Samaritano. Madrid, Editorial Narcea, 2009


DE CANCIONES Y UTOPÍAS

Luis Guitarra - Cantautor -.

Fe es cuando una persona dice que va a subir el Everest y su corazón ya ha llegado a la cima

La frase no es mía. La acabo de leer en la hoja dominical de mi parroquia. Pertenece a un “vocabulario de la vida” que se va desgranando domingo a domingo, entre las lecturas del día y los avisos parroquiales de cada semana.

Tampoco es mía esta otra cita: Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es locura ni utopía, sino justicia. Me ha llegado por facebook y viene atribuida al Quijote aunque en realidad, y según los expertos, es una atribución errónea, pues en esta obra de Cervantes –que incluye 22.939 palabras diferentes– no aparece ni una sola vez el término “utopía”.

En mis canciones, en cambio, sí que aparece y también las palabras “fe” y “justicia”. Son conceptos que he tenido siempre rondándome el corazón y por eso, se me cuelan fácilmente en las letras que escribo. En 1999, se desarrolló en muchos países una campaña internacional que planteaba a la ciudadanía y a los distintos gobiernos, la condonación de la Deuda Externa que asfixiaba las economías de la mayor parte de los países empobrecidos.

Recuerdo una gran movilización social a mi alrededor y también una gran movilización en mi conciencia. Miles de personas, (millones en todo el mundo) nos sumamos a una misión casi tan difícil como ascender al Everest, imaginando y creyendo que era posible hacer un mundo distinto donde todos viviéramos felices. Nos podían llamar locos, pero sabíamos que no había otro camino para el bien común.

A unos les movía la fe, a otros el idealismo, o la búsqueda de una mayor justicia social. A la mayoría, la certeza interna de saber que es injusto e inmoral el enriquecimiento de unos pocos cuando ese enriquecimiento provoca la miseria y el hambre a millones de seres humanos. En las calles, se acampaba y se coreaban verdades y lemas como donde hay justicia no hay pobreza, que ya Confucio escribió en el siglo V a.C.

Por aquellos años, en un encuentro de jóvenes en Zaragoza, me pidieron que compusiera alguna canción sobre esto. Allí, con un grupito de siete chavales, nació la canción “Todo es de todos” inspirada en un pasaje de las primeras comunidades cristianas. (He. 2, 44-46)

Si todo es de todos… la deuda del mundo es una injusticia.
Si todo es de todos… los que tienen tanto que no pidan más.
Si todo es de todos… ¿por qué hay tanta gente que no tiene nada?
Si todo es de todos… las deudas eternas tendrán un final.

Poco a poco y al cantarla en cada concierto, he ido comprendiendo de verdad que, cambiar este mundo, es tarea de todos, pero que además y principalmente, cada uno tiene su propia tarea personal. Y si esa propia tarea no me cuestiona a mí cada día, o no me transforma profundamente haciéndome vivir de una manera más austera es que he empezado a acomodarme de nuevo en el bienestar, la rutina, el orgullo, la indiferencia…

Desde entonces, he escrito otras muchas canciones y justo hace un par de días terminé la más reciente. Esta mañana al releer las últimas frases he sonreído.

Hay ventanas en mitad de mi ciudad, 

hay palabras en el aire, 

que nos hacen confiar.

Y certezas que nos dan la libertad que nos hablan de utopías, 

que contagian valentía, 

que nos muestran un camino por andar. 

Mi corazón ya se ha puesto en camino.©


EL ABISMO DEL AMOR

Nerea Alzola Maiztegui - HUHEZI - Mondragón Unibertsitatea -.

Vivo la sencillez del día a día en una vida normal y corriente. Sin embargo, una vida corriente, enormemente privilegiada e inmensamente amada.

Días corrientes, años corrientes, en los que conviven la pasión y la monotonía, el miedo y la confianza, el ánimo y el desánimo, la soledad y la compañía, el negro, el gris y el blanco, en una vida amada y que aún no conoce lo tan amada que ha sido, lo tan amada que es y será, pues todavía el abismo del Amor me es insondable. Inmersa en el amor, sedienta del amor, hacedora del amor, traidora del amor, herida del amor, de tu amor, Amor, vivo.

En tu gratuidad, Amor, “inclino el oído de mi corazón” (Prólogo Regla de San Benito) y quiero educar mi hospitalidad para aprender a ver lo que no se ve, a ejercitarme en mirar a quien me cuesta mirar, a mirar a los ojos al otro, a considerar el envés de la apariencia, a mirar con ternura, a regalar tiempo y vida, a curar mi ceguera y a vivir despierta.

En tu acogida, Amor, atiendo el “no cerréis vuestro corazón” (S. 94) y deseo cultivar la paciencia del oyente, aprender a diferenciar la palabra auténtica del engaño, a escuchar el silencio y la música y, también, los sonidos disonantes. Quiero cultivarme en la escucha del eco del viento en las entrañas del cosmos y en las entrañas de cada brizna de hierba. Quiero educarme en la bondad del corazón.

En tu palabra, Amor, me estremece “el que tenga oídos escuche lo que el espíritu dice…” (Ap. 2), y quiero que mi habla sea canto de comunicación, de comunión, de palabra dada y que se junte con otras lenguas para rebelarse en un lenguaje tenaz ante la mentira, el maldecir, la división. Quiero acoger todas las lenguas, cada una de las lecturas de la realidad y aprender de ellas. Quiero que mi lengua también descanse y se abandone a tu silencio susurrante.

En tu sabor, Amor, paladeo el “gustad y ved” (S. 33) y quiero oler el sentido de las cosas y distinguir entre el aroma de la honestidad y el hedor de la corrupción. Deseo gustar la fragancia de lo cotidiano, apreciar el olor de la gente honrada, estimar el aroma de un trabajo bien hecho. Bañada en tu perfume, quiero degustar la belleza y saborear el placer de la vida buena.

En tu tacto, Amor, descanso y quiero abrazar la vida, acariciar las arrugas de una anciana, apartar el mal, curar y animar, masajear unas piernas doloridas, amasar el pan del banquete compartido y entrelazar mis manos con otras en signo de amistad.

En tus pies, Amor, deseo educar los míos y correr “antes de que nos sorprendan las tinieblas de la muerte” (Prólogo Regla San Benito), para dar pasos hacia la luz de la justicia, para ponerlos bien en tierra, para andar a mi ritmo, para danzar con otros, para caminar de puntillas cuando otro duerme, para permanecer pacientemente, para marchar con determinación a través de las sombras, para vivir de pie.

Días corrientes, años corrientes de una aprendiza amada, con la experiencia de que se aprende más y mejor cuando una se siente digna de confianza. Yo quiero aprender, deseo aprender, otros también quieren aprender y el regalo que recibo para mi cumpleaños, año tras año, es la vivencia de que “aun siendo el más pequeño entre los pueblos” (Dt. 7,7,) el Amor me dice: te amo, os amo, les amo. Y yo, aunque el misterio me sea insondable, lloro agradecida.©


CONSTRUIR UNA CIVILIZACIÓN QUE RECHACE LA ACUMULACIÓN

Santiago Álvarez Cantalapiedra - Director FUHEM Ecosocial y de la revista PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global -.

No vivimos en el mejor de los mundos posibles. La civilización capitalista, basada en el dinero convertido en capital o que aspira serlo, promueve la codicia (¡acumulad! he ahí la ley de los profetas) y la idolatría (el culto al becerro de oro). Es una civilización que no civiliza porque confunde la creación de riqueza con el enriquecimiento de unos pocos y la desposesión de la mayoría. El capitalismo no tiene entrañas de misericordia: pone a las personas al servicio de la economía y no al revés. Ha hecho de la humanidad una comunidad escindida, marcada por la dialéctica del amo y el esclavo, y su hogar (el planeta Tierra) se parece cada vez más a una viña devastada por jabalíes financieros. En medio de esta injusticia, el “pueblo crucificado” (Ellacuría) y la “Tierra empobrecida” (Boff) son el gran signo de los tiempos, porque las dos realidades surgen de la misma lógica depredadora y ambas únicamente pueden ser sanadas si se contiene a la hybris (desmesura o exceso procedente de la arrogancia de la especie homo transmutada hoy en el homo economicus del individualismo propietarista y competitivo).

La hybris, la desmesura procedente del orgullo, sólo se contiene venciendo al yo prepotente, esto es, mediante la “negación de uno mismo” (Lc 9:23). Jesús puso esa condición como necesaria para su seguimiento. Renunciar a uno mismo es luchar contra el orgullo para no devolver nunca mal por mal y resistirse a dañar al prójimo (como insistía el viejo Tolstoi); y es también desprenderse de lo superfluo para que a nadie le falte lo necesario (como defendía Gandhi).

Por ello la lucha por la justicia tiene hoy un doble sentido: es movimiento interior que transforma la persona y movimiento exterior que transforma la sociedad. La “metanoia” cristiana abarca el interior y el exterior, la persona y la sociedad. Ambas están relacionadas, llevando la una a la otra. A eso mismo se refería el filósofo marxista Manuel Sacristán en una conferencia impartida en 1983: “Un sujeto que no sea ni opresor de la mujer, ni violento culturalmente, ni destructor de la naturaleza, no nos engañemos, es un individuo que tiene que haber sufrido un cambio importante. Si les parece, para llamarles la atención, aunque sea un poco provocador, tiene que ser un individuo que haya experimentado lo que en las tradiciones religiosas se llamaba una conversión”. Un movimiento combinado (interior y exterior) capaz de contener a un capitalismo que no entiende de restricciones morales, sociales y naturales por ser incapaz de concebir que su expansión pueda tener algún límite y que conforma el individualismo propietarista y competitivo de nuestros días ciego a la cooperación, a la búsqueda del bien común y a la preservación de la madre naturaleza.

Luchar por la justicia es sinónimo de trabajar por construir una civilización que rechace la acumulación del capital como motor de la historia y la posesión-disfrute de la riqueza como motivación principal de las personas, poniendo la satisfacción universal de las necesidades básicas, la solidaridad y la sostenibilidad como fundamentos de la humanización. ©


CUANDO LA JUSTICIA ES TU FE

Verónica Macedo* - Actriz y profesora de teatro y de Clown -.

De pequeña me enseñaron que la fe era un don. Un don era algo que venía con nosotros, o no, desde el nacimiento y que en el caso de mis clases de catequesis suponía creer en los dogmas de la Iglesia. Si no tenías esa fe, sin ese don, eras un ser desafortunado. Todo lo que teníamos que creer era cuestión de fe. Mis preguntas, por tanto, eran una cuestión de falta de fe… No estoy hablando de hace un siglo. Estoy diciendo lo que me pasó hace 25 años… Y sé que todavía hay quien entiende la fe así.

Sin embargo, tuve una maravillosa crisis. Con 19 años, y ya en la universidad estudiando dos carreras en dos universidades públicas, me encontré con cátedras completamente opuestas en su concepción del mundo. Empecé a entender que nos regimos por paradigmas, algunos muy diferentes, y que no tenía que sentirme mal ni condenada por cuestionarme el mundo.

Sin embargo, frente a cada avatar y desafío, siempre hubo una gran ayuda en mi vida. A veces una persona, un familiar, un conocido, un amigo, una circunstancia y hasta muchas casualidades me traían esa fuerte convicción de que había algo mucho más allá de mí, de mis dudas, de mis miedos…, algo muy grande que estaba protegiéndome, cuidándome y amándome sobre toda catástrofe y que se me hacía un regalo asombroso cada vez que conocía a alguien…

En mi vida siempre estuve rodeada de gente de fe. Personas extraordinarias que, sólo por su ejemplo, te hacían desear vivir, pensar y sentir como ellas.

Pero, sobre todas las cosas, la fe ha llegado a mí a través de los milagros. Sí, los pequeños milagros cotidianos…, el abrazo oportuno de un niño, por ejemplo, es uno de esos milagros. La sonrisa que alguien defiende pese a todas sus tristezas, ese es un gran milagro. Ésos momentos, y no los dogmas, son mi fe cotidiana. La oportunidad de hacer algo por el mundo y ver que no estoy sola para hacerlo, ésa es mi gran fe.

He de decir que hay personas que admiro desde las entrañas por su tremenda entrega hacia el mundo y su inmensa capacidad de sacrificio: Esas personas que vi dando su vida en África, pudiendo estar en Europa, o esas personas que invitan a África a su casa, para romper las barreras de la injusticia social… ésas personas son mi utopía. Son la verdadera fe encarnada y yo creo en ellas, como ellas en Jesús de Nazaret.

Antes de acabar, pido a quienes quieren trasmitirla que no presuman de la fe, que la compartan como el agua fresca…

Finalmente voy a compartir una frase de un cuento donde una niña sueña con ser locutora deportiva de radio para que al gritar los goles la gente salte de alegría. Ella es ciega pero sabe cómo hacerlo: su abuelo le irá contando al oído lo que pasa en el partido para que ella lo pueda trasmitir… y cuando le dicen que eso no será posible ella responde: “Lo imposible es la meta de los que creen”. ¡Brindo por los que creen! ©

*Directora de Saniclown para la Sanidad Ponente de Clownfusiones veromacedo@hotmail.com


LA FE, UNA EXPERIENCIA DE VIDA Y COMPROMISO

Mercedes Ruiz Giménez - Presidenta de la Coordinadora de ONGD España

No me es sencillo explicar lo que es la fe. Es una experiencia vital, compleja de transmitir con palabras y, más aún, en unas líneas. Se vive y se transmite sin palabras vacías, a través de lo que uno es, en coherencia entre lo que se cree y lo que es la vida cotidiana, en las relaciones con otras personas, creyentes o no. Las obras dan testimonio de lo que somos y creemos. Sin embargo, voy a intentar compartir algo de lo que es mi fe, de cristiana de base, de persona de a pié, normal. No soy teóloga pero sí una mujer creyente y apasionada por la vida y comprometida en hacer posible que otras personas vivan con dignidad, con derechos y sean felices.

Para mí la fe es una experiencia de vida en la que entra en juego todo mi ser, mi identidad, mi actuar. Es la estructura constitutiva de mi existencia. La comparo con el aire que nos envuelve, que nos permite respirar y vivir. Cuando nos falta nos ahogamos. Sin fe me sería imposible vivir con paz y alegría.

Me pregunto muchas veces: ¿se puede vivir sin fe? Y la respuesta es que sin fe mi existencia no tendría sentido. Una de las experiencias fundamentales de la persona y uno de los aprendizajes que nos van conformando, esenciales para desarrollarnos con equilibrio y felicidad, es la confianza y el amor que vamos adquiriendo, desde que nacemos, en las personas que nos rodean y en la vida misma. Sin esta confianza no podríamos dar un solo paso, nos aislaríamos totalmente y el temor nos invadiría, abriéndonos al sin sentido y a la desesperanza.

Mi fe, como las dos caras de una misma moneda, es una fe entendida como valor humano y es inseparable de la otra cara que es la fe cristiana. La fe cristina, además de ser una adhesión al Dios de la Vida, es fe y adhesión a lo humano. No es posible la fe sin creer en los valores humanos.

Entender y vivir la fe como un proceso de experiencia personal me llevó a emprender una búsqueda del rostro de Dios y a pedirle que aumentara mi fe.

Para mí la fe constituye un itinerario que empezó con mi nacimiento y que seguirá abierto hasta mi muerte. No solamente hay un camino que recorrer para llegar a la fe, sino que debemos seguir caminando una vez llegados a ella. La fe no es una opción que tomamos de una vez para siempre, sino una opción que hacemos cada día ante un Dios que frecuentemente nos desconcierta. Por lo tanto, la cuestión no es sólo llegar a la fe, ni siquiera mantenerse en ella, sino mantenerse siempre abiertos a lo sorprendente e imprevisible de Dios.

Estoy abierta al HOY de Dios e intento reinterpretar el significado profundo de esta vivencia que me ha permitido distinguir entre la fe y las creencias que a lo largo de la historia han ido distorsionando y desdibujando nuestra fe cristiana.

Distingo entre lo que es la fe que me habita y me da vida y lo que son las creencias que en mí han ido evolucionando y cambiando a lo largo de la vida. Me he dado cuenta de que existen tantas falsificaciones de Dios que necesitaríamos precisar bien en qué Dios creemos y qué ideas sobre Dios rechazamos.

La fe se me ha convertido en libertad. He vivido un proceso de reconversión y de liberación para entender que las creencias suponen un asentimiento intelectual a ciertas verdades y hablar de fe es vivir una relación personal e intransferible con el Dios de Jesucristo, un Dios que se hace hombre y pone su “tienda” y hace ruta junto a las mujeres y los hombres de nuestra historia.

En este itinerario me han ido acompañando las dudas y las dificultades ante ciertas imágenes de Dios o ídolos que nos hemos ido fabricando. Las dificultades con las creencias señalan la muerte de unas imágenes concretas de un dios que nos habían transmitido, incluso en el Catecismo que aprendí de pequeña. Pude superar la fe del carbonero de mi infancia, adolescencia y juventud enmarcada en una España del nacional catolicismo. A pesar de este marco histórico, tuve la gran suerte de aprender de mis padres que la fe no era ajena a la vida y que tenía mucho de compromiso.

Una etapa de mi itinerario en la fe fueron los años que viví en Bélgica, en el marco de la Universidad Católica de Lovaina, donde descubrí que existían dioses en los que no debía creer y empecé a distinguir entre fe y creencias. Allí conocí más en profundidad al Jesús de los evangelios como norma de mi vida. Se me hizo cercano un Jesús que “pasó haciendo el bien” y dando siempre la mano para levantar y dar vida a aquel que lo necesitaba. Y mi fe se fue purificando y creciendo.

Pero cuando viví más en profundidad lo que suponía y entrañaba la fe como encuentro con Dios fue en los años que compartí mi vida en África y aprendí de aquellas gentes a buscar y encontrar el rostro de Dios, que se me hizo germen de vida a pesar del dolor y del sufrimiento de la humanidad y cercanía cotidiana a través de lo pequeño. Resonaban en mi las palabras bíblicas de “Te llevaré al desierto y te hablaré al corazón” Viví la experiencia de que “el grano de trigo tiene que morir para dar vida”. Entonces me olvidé de muchas otras cosas y mi vida de fe dio un giro.

Posteriormente en los años vividos en América Latina, de sus hombres y mujeres aprendí su fe liberadora en el Dios de la Vida, el Dios que opta por los más excluidos/as, el Dios Amor y misericordia, el Dios jovialidad, el Dios de los pobres que se hace presente en nuestras historias. Liberar es dar vida.

Dios ama la vida y por eso yo entiendo que mi fe es también pasión por la vida, una vida digna, mi propia vida, la vida que me rodea, la de las otras personas, la vida de la Madre Tierra y, sobre todo, la vida de las personas más excluidas de nuestras sociedades. La fe me compromete a defender la justicia y la vida de los más frágiles de la sociedad, compromiso con quienes ven sus derechos a una vida digna violados permanentemente.

Por eso vivo mi fe como un compromiso político compartido con muchas otras personas, organizaciones y movimientos que luchan por la justicia y los derechos humanos de todos y todas, en contra de la desigualdad, exclusión y pobreza que cada día afecta hoy a más personas. Esto sólo podremos alcanzarlo si luchamos juntos y juntas contra la especulación y acumulación de la extrema riqueza y avaricia de unos privilegiados, que empobrece a grandes mayorías. La fe en Dios, me decía un maestro y amigo peruano de la Teología de la Liberación y testigo comprometido, Gustavo Gutiérrez, “nos debe llevar a eliminar el hambre de pan de tantas mayorías pobres”. Esto significa actuar e incidir en la transformación social y económica a niveles globales y locales porque creemos que “Otro Mundo es posible”. Con fuerza resuena en mí que “la fe sin obras de nada sirve”. ©


DESDE EL SILENCIA Y LA CONSTANTE BÚSQUEDA

Siro López - Artista -.

Escribir precisamente sobre estos dos términos, la fe y la justicia, es siempre difícil, pues es como acotar en palabras una realidad sin fronteras, flexible, profunda y siempre interpelante.

En la actualidad, ambas palabras están necesitadas de sentido. Han sido burladas y prostituidas con demasiada frecuencia, usadas para enmascarar el poder de no pocos.

Personalmente, desde el silencio y la constante búsqueda, trato de aprender de quienes respiran la creencia y se esfuerzan por construir un mundo más justo y más humano. Son muchas las personas que me ofrecen sorbos de esperanza y alegría. Es en ellos, precisamente, donde descubro la fragilidad y la profundidad de la palabra fe. No es fácil pero basta contemplar para percatarse de la vida dada que en el día a día acontece a borbotones. Pequeñas y grandes causas que hacen real la justicia tan necesitada de veracidad.

Quizás la justicia simbolizada en una mujer vendada en los ojos y boca cerrada, debiera ser un gran colectivo de mujeres y hombres con ojos y orejas bien abiertos y manos disponibles para construir un bien común. Y es aquí donde me ilusiona constatar que están surgiendo numerosos grupos y colectivos que abogan por la justicia, por la dignidad, por el respeto, por la libertad, por la ternura. Y lo que muchos no saben es que este sendero es agotador pero también muy divertido y creativo.©

*Artista polifacético. Conjuga el mimo, la expresión corporal, el teatro, la pintura, la fotografía y el diseño. Especializado en dinámicas comunicativas. Tiene itinerante una exposición de pintura sobre Derechos Humanos y ha actuado en diferentes países, en teatros, hospitales, campos de refugiados, cárceles, etc.
www.sirolopez.com
www.blog.sirolopez.com 

La fe que practica la justicia

La fe que practica la justicia

Con motivo de la celebración del Año de la Fe 2012 - 2013, la revista Crítica ha dedicado el monográfico de su número de julio - agosto a tratar sobre el tema de la Fe y la Justicia.


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